Para el desarrollo del conocimiento dialéctico, parte I: Los tres modos de abstracción en Marx

*Este post reúne una serie de apuntes sintéticos basados en un estudio de aproximadamente dos años sobre el método dialéctico en Marx, en base a la lectura del mismo, y de autores como Bertell Ollman, Georg Lukács, Juan Iñigo Carrera, Enrique Dussel, Henri Lefebvre, David Harvey, entre otros.

Por Patricio De Stefani

Dussel, REPRESENTACIÓN ESPACIAL APROXIMADA DE LOS DIVERSOS MOMENTOS METÓDICOS_fig4

Representación espacial aproximada de los diversos momentos metódicos (Enrique Dussel, 1985)

[El método dialéctico] no parte de enunciar [conceptos mutuamente excluyentes], para luego ponerlos en relación necesariamente exterior. Parte de enfrentarse al concreto mismo, remontándose hasta su forma [determinación] más simple, para acompañar idealmente desde allí el desarrollo de su necesidad.[1]
El punto de arranque de cualquier pensamiento son las manifestaciones reales del ser social. Pero esto no significa empirismo de ningún tipo (…) La ontología del ser social en Marx se funda en esta dialéctica materialista (plenamente contradictoria) unidad de ley y hecho (que incluye naturalmente proporciones y relaciones). Aquélla se realiza en éste; éste contiene su determinación concreta, su modo de ser, según el modo que de aquélla se impone en las recíprocas interacciones.[2]

 

La abstracción puede ser entendida, en Marx, al menos en cuatro sentidos distintos: 1) como la actividad mental de subdividir y aislar momentáneamente aspectos de la realidad (verbo abstraer); 2) como el resultado del proceso de abstracción, construcciones mentales o categorías con distinta extensión y nivel de generalidad (sustantivo abstracción); 3) como conceptos fetiche, unilaterales y exteriores, centrados en las apariencias y que generan inversiones ideológicas o imaginarias de la realidad; y 4) como abstracciones reales o concretas que operan objetivamente en la realidad social (ej: mercancía, trabajo, valor, dinero, capital, renta, espacio, etc.).[3]

ABSTRACCION: en tanto verbo, es el acto analítico que separa de la representación caótica y pre-científica de la realidad, una parte o un momento de la totalidad y la considera en sí misma como un complejo orgánico, estructurado e internamente conectado. En tanto sustantivo, la abstracción puede ser un concepto, es decir, una unidad elemental de pensamiento definida a partir del acto analítico de separación metódica, o, una categoría, es decir, ese mismo concepto considerado como instrumento en conexión orgánica con otras en tanto expresan relaciones sociales reales (pueden ser categorías económicas, políticas, jurídicas, etc.).[4]

Principalmente, podemos distinguir tres tipos de abstracciones en el proceso de conocimiento expuesto en la obra de Marx[5]:

FORMA: es una abstracción espacial o aislación espacial de una interacción que involucra cierto aspecto de una relación social, es decir, cierta apariencia (o cualidad específica) y cierta función (o rol en la totalidad social). Ej: forma-valor, forma-mercancía, forma-dinero, etc.

MOMENTO: es una abstracción temporal o aislación temporal de un proceso social que determina formas concretas. Ej: momento de la producción, momento de la circulación, momento de la distribución, momento del consumo, etc.

DETERMINACION: son momentos o condiciones necesarias de existencia social expresadas conceptualmente a través categorías abstractas o concretas, simples o complejas, simple-concreta (mercancía) o simple-abstracta (valor), compleja-concreta (estado/mercado mundial), compleja-abstracta (producción). Las determinaciones son el proceso mediante el cual la necesidad contenida en una forma social abstracta se realiza, negándose a sí misma, en una forma social concreta.[6]

El establecimiento de límites y la puesta en foco de diversos aspectos de la realidad se dan, en Marx, simultáneamente en tres registros o modos[7]:

1. Alcance de la extensión: cada abstracción posee cierta extensión según la parte o momento abstraído, y esto aplica tanto espacial como temporalmente. Al limitar el alcance espacial, se pone límites a la interacción mutua que ocurre en un momento dado del desarrollo histórico. Mientras que al limitar el alcance temporal, se ponen límites al desarrollo histórico y posible específico de cualquier parte. Posee tres sub-movimientos que componen el doble movimiento del modo de producción capitalista (orgánico/histórico):

  1. Cantidad-cualidad: cambios cuantitativos derivan en cambios cualitativos (ej: transformación de la mercancía en dinero y del dinero en capital).
  2. Metamorfosis: transferencia de cualidades de una forma a otra (ej: atributos del valor en atributos de la mercancía, del dinero, del plusvalor, del capital, de la ganancia, etc.).
  3. Contradicción: relación orgánica constituyente (mutuo socavamiento, despliegue inmanente, metamorfosis de la contradicción, resolución parcial o total).

2. Nivel de generalidad: en el cual nos focalizamos en distintos niveles de abstracción tanto espacial como temporal, uno dentro del otro, en un movimiento desde lo más específico y concreto (ej: aspecto único que lo distingue de todo lo demás como la mercancía, una coyuntura, etc.) hasta lo más general (ej: determinaciones o aspectos comunes que el pensamiento generaliza como la producción universal, la condición humana, el trabajo, etc.). Operando como una especie de microscopio con distintos grados de magnificación, este modo de abstracción nos permite distinguir las cualidades específicas de cualquier parte, o las cualidades asociadas a su forma y función en el capitalismo, o las cualidades que pertenecen a nuestra condición humana como especie.

  1. Singular: coyuntura, caso, individuo, objeto (lo único y específico).
  2. Particular: periodo, etapa, fase, región, país, sujetos, objetos.
  3. General 1: producción social, leyes del modo de producción capitalista.
  4. General 2: sociedades de clase (esclavista, feudal, capitalista).
  5. Universal 1: producción universal, metabolismo social ser humano-naturaleza.
  6. Universal 2: mundo animal, ecosistema, seres vivos, biosfera.
  7. Universal 3: naturaleza como totalidad, cosmos.

3. Lugar de observación: significa analizar las partes/momentos interrelacionados que componen la totalidad desde una cierta perspectiva o lugar de observación (ej: desde los medios de producción material de la sociedad). Observamos la misma relación pero desde lugares distintos (ej: relación de explotación desde el capital o desde el trabajo), o bien el mismo proceso desde momentos distintos (ej: proceso de producción de plusvalía, desde el momento de la producción [capital constante/capital variable] o desde el momento de la circulación [capital fijo/capital circulante]).

Abstracciones ideológicas

El mecanismo ideológico de construir abstracciones fetichistas es aquél proceso mental derivado del fetichismo de la mercancía, en que la abstracción reproduce únicamente el nivel de las apariencias fenomenales de la realidad generando inversiones idealistas o ideológicas de las relaciones reales. Usualmente, esto lleva a que dichas formas aparentes de la realidad sean tomadas por la causa que explica sus diversos aspectos y funcionamiento, invirtiendo así la relación entre el contenido real y la forma concreta en la que éste se realiza.

Comúnmente, al concebir el proceso de abstracción limitándose a las apariencias inmediatas de lo concreto, el alcance la extensión es reducido tanto espacial como temporalmente, no permitiendo entender ni explicar las interacciones entre las formas concretas de la realidad ni el proceso de su devenir como parte de la producción social.

Asimismo, la atención desmedida hacia las apariencias lleva a que se manejen niveles de generalidad muy específicos y empíricos o muy universales y abstractos, conectando ambos niveles directamente de manera lógica y, por ende, obviando los niveles intermedios o mediaciones que dan cuenta de la especificidad histórica de las formas y relaciones en cuestión (ej: pasar del individuo aislado [robinsonada] directamente a afirmaciones acerca de la naturaleza o la “esencia” humana).

Por último, cuando el lugar de observación se torna unilateral y sin variación alguna, se producen asimetrías que luego se subsanan artificiosamente a través de vínculos conceptuales dictados por la necesidad ideal de la representación lógica. Generalmente, esto resulta en la subvaloración de las condiciones objetivas de la sociedad, la invisibilización de los procesos sociales responsables por la cualidad y función de las formas concretas, y la generalización de las apariencias observadas unilateralmente.[8]

El orden de las categorías

Es necesario establecer el orden de las categorías, es decir, determinar la posición orgánica de cada una respecto de la otra al interior de la totalidad, previamente al desarrollo de la exposición –sea teórico-histórica o histórico-teórica. En esta tarea debemos distinguir entre las categorías que actúan al nivel 3 (General 1), las cuales pertenecen a una modalidad principalmente sincrónica de análisis, llevada a cabo por la economía política; y las categorías que actúan en el nivel 2 (Particular) que son parte de una modalidad esencialmente diacrónica de análisis, llevada a cabo por campos como la historia, la geografía y la geopolítica.[9]

Sin embargo, en el establecimiento del orden categorial debe primar siempre el criterio sincrónico, es decir, establecer el alcance de su extensión, su nivel de generalidad y su lugar de observación en el presente, en tanto condiciones resultantes y síntesis del proceso histórico. Ordenar las categorías según el orden histórico en que emergieron las condiciones reales que estas designan, es un error analítico que Marx le imputó a Proudhon, entre otros, en el capítulo sobre “el método de la economía política” de su Contribución.[10]

 

Notas

[1] Juan Iñigo Carrera, “Acerca del carácter de la relación base económica – superestructura política y jurídica: La oposición entre representación lógica y reproducción dialéctica”, en Relaciones económicas y políticas. Aportes para el estudio de su unidad con base en la obra de Karl Marx, comp. Gastón Caligaris y Alejandro Fitzsimons (Buenos Aires: Universidad de Buenos Aires, Facultad de Ciencias Económicas, 2012), 12. [Énfasis añadido]

[2] Geörgy Lukács, Marx, ontología del ser social (Madrid: Akal, 2016), 126.

[3] Bertell Ollman, Dance of the dialectic: Steps in Marx’s Method (Chicago: University of Illinois Press, 2003), 61-62.

[4] Enrique Dussel, La producción teórica de Marx. Un comentario a los Grundrisse (Mexico: Siglo XXI, 1991), 51.

[5] Ollman, Dance of the dialectic, 67-68.

[6] Juan Iñigo Carrera, El Capital: razón histórica, sujeto revolucionario y conciencia (Buenos Aires: Imago Mundi, 2013), 281.

[7] Ollman, Dance of the dialectic, 73-75.

[8] Ibid, 102-104.

[9] David Harvey, “History versus Theory: A Commentary on Marx’s Method in Capital”, Historical Materialism 20.2 (2012): 7-14.

[10] “Sería, pues, impracticable y erróneo colocar las categorías económicas en el orden según el cual ha tenido históricamente una acción determinante. El orden en que se suceden se haya  determinado más bien por la relación que tienen unas con otras en  la moderna sociedad burguesa, y que es precisamente lo contrario de lo que parece ser su orden natural o de lo que corresponde a su orden de sucesión en el curso del desarrollo histórico. No se trata de la posición que las relaciones económicas asumen históricamente en la sucesión  de las distintas formas de la sociedad. Mucho menos de su orden de sucesión “en la Idea” (Proudhon), (que no es más que una representación falaz del movimiento histórico). Se trata de su  conexión orgánica en  el  interior  de la moderna sociedad burguesa.” Karl Marx, Contribución a la Crítica de la Economía Política (México: Fondo de Cultura Popular, 1970), 267.

 

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Implicaciones Políticas del ‘Giro Espacial’ en la Arquitectura

*Publicado en Primer Encuentro Nacional de Teoría e Historia de la Arquitectura (2016)

Por Patricio De Stefani                                                                                        DESCARGAR PDF

Resumen

El llamado ‘giro espacial’ de las ciencias sociales ha colocado a la arquitectura en una disyuntiva que sugiere un desplazamiento de su propia base ontológica desde su configuración material al acto social que la produce. Hacia fines del siglo XIX, psicólogos, historiadores del arte y teóricos de la arquitectura desarrollaron el concepto moderno de espacio como un vacío/volumen neutral y autónomo, divorciado de las prácticas sociales y políticas que lo producen. La reducción del espacio a este estado apolítico-visual-estético, o puramente empírico, cumplió una nueva función social: garantizar la reproducción de las relaciones sociales de producción. Sin embargo, las contradicciones internas al desarrollo del capitalismo moderno se incrementaron al nivel espacial como una tendencia simultánea hacia la homogeneización y la fragmentación. El espacio y la arquitectura se han convertido así en abstracciones concretas, en objetos aparentemente autónomos y racionales, que pretenden homogeneizar todo lo que se coloque frente a las fuerzas de la acumulación, paradójicamente, a través de su extrema fragmentación. Si el espacio puede servir a fines políticos y económicos mediante la reproducción de las relaciones de producción, ¿podría servir como un dispositivo para confrontarlas?

Palabras clave: giro espacial, espacio abstracto, capital, abstracción concreta, producción de la arquitectura.

 

En tanto que no nos desembaracemos
de las nociones falsas o confusas de “espacio”,
en arquitectura será imposible
obtener una idea justa de esta disciplina.
–Juan Borchers

 

Es un hecho común que en el ámbito de la arquitectura se nos presente a la categoría ‘espacio’ como la quintaesencia de la disciplina. Poco se nos dice acerca de los orígenes históricos de este concepto, por lo demás, relativamente reciente en la teoría y la historia de la arquitectura. Se da por sentado que la categoría ‘espacio’ y más específicamente la de ‘espacio arquitectónico’ son evidentes en sí mismas y, más aún, que trascienden a toda la historia de la arquitectura. En las escuelas se instruye a los estudiantes en cuanto a las propiedades geométricas, aritméticas, topológicas del espacio. Se presenta al espacio como el principal elemento de trabajo del arquitecto sin mayor indagación sobre su naturaleza y sus alcances más allá de una que otra especulación con pretensiones filosóficas, abstracta y a menudo pobre en su rigor conceptual. Los arquitectos se muestran seguros de sí mismos al hablar del espacio arquitectónico como si fuera una subespecie dentro de muchos otros espacios posibles (geográfico, económico, literario, político, etc.). Su definición y alcances se les aparecen obvios e incuestionables.

A partir de las décadas de los 70 y madurando a fines de los 80, se ha denominado como ‘giro espacial’ de las ciencias sociales (a la manera del ‘giro lingüístico’ filosófico) al cambio de paradigma que viene a irrumpir en los debates interdisciplinares que, en general, problematizan las limitaciones e imprecisiones del concepto de espacio de la disciplina arquitectónica.

Existen escasos precedentes al interior de la disciplina en torno a la crítica de la noción de ‘espacio arquitectónico’. Robert Venturi y Denise Scott-Brown (1992) criticaron, por ejemplo, el concepto moderno de espacio como una abstracción y propusieron la idea de la arquitectura como signo, como mensaje y como sistema (Stanek, 2012, p. 49). Bernard Tschumi y sus ‘preguntas sobre el espacio’ (Tschumi, 1996, p. 53-64) ciertamente abordaron los debates surgidos a partir del ‘giro espacial’, especialmente en autores como Lefebvre y Foucault. En el ámbito nacional podemos encontrar las lucidas críticas de José Ricardo Morales, quien argumentara a favor de la noción de ‘lo espacial’ en reemplazo del espacio denunciado como abstracción puramente filosófica (Morales, 1969, p. 139-152). Asimismo, críticas más profundas y radicales las podemos encontrar en Juan Borchers, quien abogó por la eliminación del concepto moderno de espacio de la enseñanza de la arquitectura criticando su cosificación heredada de la tradición filosófica: “Por una inaudita reversión, los arquitectos se aplicaron a concebir el espacio como esencia de la arquitectura (…) y a ignorar la arquitectura” (Borchers, 1968, p. 54). A partir de esta crítica, Isidro Suárez escribe un breve libro intitulado ‘La refutación del espacio como sustancia de la arquitectura’ (Suárez, 1986) a principios de los 80.

Al interior de las ciencias sociales, especialmente de la geografía humana crítica y la sociología urbana, este ‘giro’ surge principalmente a partir de los escritos de diversos autores tales como Lefebvre, Bachelard, Foucault, Bourdieu, David Harvey, Doreen Massey, Edward Soja, Derek Gregory, Fredric Jameson, y Michel de Certeau, por nombrar solo algunos. Pero es definitivamente a partir del impacto de la teoría de la producción social del espacio, que Henri Lefebvre (1991) expusiera a mediados de los 70, que se daría inicio a un nuevo concepto relacional del espacio. Este impacto sobre las ciencias sociales y particularmente sobre la arquitectura y el urbanismo no ha logrado aún ser dimensionado y todavía se encuentra lejos de ser asimilado al interior de estos campos disciplinares. A continuación pretendo centrarme particularmente en las implicaciones que esta teoría tiene para la disciplina y la práctica de la arquitectura. Es de especial interés rastrear los orígenes históricos y sociales de dos conceptos muy distintos de espacio: el proveniente de la tradición lógico-epistemológica y que se extiende por medio de la psicología experimental al campo del arte y la arquitectura a fines del siglo XIX; y el proveniente del giro crítico de las humanidades hacia la ‘espacialización’ de los procesos sociales e históricos.

El espacio social, y la arquitectura en particular, son para Lefebvre simultáneamente la condición y el resultado del intercambio orgánico (de energía y materia) entre los seres humanos y su medio circundante. Este intercambio (trabajo humano) es la práctica social efectiva y constitutiva tanto de los seres humanos como de su medio. Bajo esta lógica, no es que los seres humanos transformen la naturaleza o su medio a través de su trabajo –como si éstos fueran entidades preexistentes–, sino que el acto mismo de la transformación los produce a ambos. Siguiendo a Hegel y Marx, para Lefebvre la actividad humana es propiamente el ser de los humanos. Ni los seres humanos ni su medio preceden a su relación, sino que es precisamente la modalidad material, social e histórica de dicha relación la que los constituiría en cuanto tales.

Como señala Stanek (2012, p. 50), la teoría de Lefebvre también se articula sobre tres opciones teóricas clave: primero, un desplazamiento del objeto de estudio desde el espacio en sí mismo al proceso socio-productivo que lo genera; segundo, la identificación de la diversidad de prácticas sociales involucradas en la producción del espacio y sus respectivos roles; y tercero, el reconocimiento de las contradicciones sociales implicadas en los procesos de producción del espacio.

El espacio social y el espacio abstracto

Una de las primeras cosas que distingue el concepto de espacio introducido por Lefebvre del resto de las ciencias –que en mayor o menor grado lo han tomado como objeto de estudio– es su inseparabilidad del concepto de producción: el espacio es siempre un producto social, por lo que, paradójicamente, “el concepto de espacio no está en el espacio” (Lefebvre, 1991, p. 299). El espacio como una abstracción vacía y homogénea, como vacío o volumen neutral, es reemplazado por la noción de espacio social, de espacio como relación social. Este carácter le asigna una función fundamental dentro de la sociedad: no sólo es un producto social, sino una condición básica para la producción misma, es “a la vez resultado y causa, producto y productor” (Lefebvre, 1991, p. 142). Si la producción es lo que da a la idea de espacio su significado social, la propia actividad productiva, a saber, la práctica social del trabajo, se encuentra en el núcleo de la comprensión del espacio social: es la praxis humana la que constituye la raíz de nuestro entorno humano objetivo. En este sentido, la producción va siempre más allá de la mera fabricación de bienes manufacturados, ya que incluye la producción y reproducción de las relaciones sociales (Fine, 2001, p. 448).

Según estas definiciones, un proceso histórico de abstracción del espacio se ha desarrollado estableciendo las condiciones para la progresiva abstracción de la arquitectura, primero a través de la industria de la construcción, en relación a los cambios globales en la producción, y más tarde en las teorías modernas de las vanguardias artísticas y arquitectónicas, que reflejaron esta realidad y cuyas concepciones influyeron de manera decisiva en la producción del espacio a lo largo del siglo XX.

Según Lefebvre (1991), el espacio social siempre ha sido el producto de la actividad humana, pero la conciencia de que éste ha entrado de lleno en la producción de mercancías y plusvalía, sólo surge en los albores del mercado mundial, durante la Primera Guerra. Los artistas y arquitectos de las vanguardias promovieron la idea de que el arte y la arquitectura debían producir un nuevo espacio y no simplemente representar o reproducir el espacio existente (de Solà-Morales, 2003, p. 169-173). Debido a su condición ‘práctica’, las contradicciones en la arquitectura fueron más pronunciadas que en el resto de las artes. Por ejemplo, bajo la dirección de Hannes Meyer, la Bauhaus proclamó liderar una revolución anti-burguesa en el diseño mediante la fusión de los requisitos funcionales del Estado capitalista con una ideología proletaria y socialista (Lefebvre, 1991, p. 304). El resultado sería, como afirma Stanek (2011, p. 148), que “los nuevos procedimientos de la planificación y los nuevos sistemas de representación del espacio introducidos por las vanguardias arquitectónicas fueron esenciales para el desarrollo del capitalismo”.

El paralelo que Lefebvre establece entre el concepto marxiano de trabajo abstracto[1] y el de espacio abstracto le llevó a rastrear el momento histórico específico en que el concepto moderno de espacio comenzó a ser formulado sobre la base objetiva de las nuevas relaciones de producción impuestas por el capitalismo moderno (Stanek, 2011, p. 146). Con el surgimiento de la Bauhaus, luego de la derrota de la revolución alemana y el establecimiento de la República de Weimar en la década de 1920, los artistas y arquitectos de la vanguardia formularon un concepto universal de espacio y establecieron una relación explícita entre industria y desarrollo arquitectónico y urbano (Lefebvre, 1991, p. 124). A pesar de que el espacio ha sido objeto de la filosofía y la ciencia desde la antigüedad, su conciencia como un problema estético y práctico sólo data de la segunda mitad del siglo XIX. Como Morales (1969, p. 140) afirma, Hegel fue uno de los primeros en pensar la arquitectura específicamente como el arte de encerrar el espacio (Hegel, 1975, p. 633). La influencia que la psicología experimental –Stumpf y la Gestaltpsychologie, por ejemplo– tuvo en historiadores del arte como Semper, Schmarsow, Riegl, Fiedler y Wölfflin (Vischer, et al., 1994) fue reflejada en sus respectivas teorías que enfatizaban un enfoque formalista y visualista del arte y la arquitectura, principalmente influenciado por el kantismo (Montaner, 2002, p. 24-30; Stanek, 2011, p. 147).[2] Según Stanek (2011), la crítica de Lefebvre al concepto de ‘espacio arquitectónico’ entendido como ‘esencia’ de la arquitectura (Schmarsow) o su característica específica (Zevi, 1981), tuvo como objetivo mostrar que el concepto de espacio trabajado por los psicólogos, los historiadores del arte, y más tarde los pintores y arquitectos, era fetichista (o ideológico) desde sus comienzos. Efectivamente, este concepto no fue más que la manifestación –invertida en la teoría– de las contradicciones reales de la producción (social) del espacio y la ciudad. Por ende, al definir el espacio como un vacío neutral pre-existente a la espera de ser ‘ocupado’ por las prácticas sociales (Zevi, 1981; Giedion, 1980), los arquitectos contribuyeron al oscurecimiento del proceso real de producción de la arquitectura bajo el capitalismo.

El espacio concreto que resulta de este proceso implica reducciones en varios niveles. La reducción de la forma a la figura (del volumen a la superficie), por ejemplo, es una clara señal de la violencia que estos procedimientos imponen al espacio social o directamente vivido –que está lleno de diferencias y particularidades locales, y es a menudo indistinguible de las prácticas que tienen lugar en él. Se trata de un espacio mental que puede parecer geométricamente consistente, pero que no logra llegar hasta la realidad (perceptual y social) de los cuerpos, por lo tanto, un espacio idealizado e ‘incompleto’. Es un espacio altamente abstracto ya que es concebido más en consonancia con una ‘idea’ o ‘representación’ que con la propia realidad, se trata de un espacio “literalmente aplanado, confinado a una superficie, a un sólo plano” (Lefebvre, 1991, p. 313). Como consecuencia, todos los elementos arquitectónicos se reducen sistemáticamente a este esquema mental, “El muro se redujo a una superficie y ésta, a su vez, a una membrana transparente (…) La materia ya no sería sino una envoltura del espacio” (Lefebvre, 2013, p. 339). A partir de esta idea, un nuevo formalismo autorreferencial comenzó a surgir durante la época de las vanguardias –por ejemplo, el neoplasticismo holandés y ciertas tendencias del constructivismo soviético– y que fetichizó aún más el concepto de espacio al concebirlo como el resultado de la experimentación formal abstracta.

La arquitectura como ideología objetiva

Lo que puede concluirse de estas críticas es que rechazan radicalmente la supuesta autonomía del espacio arquitectónico al mostrarlo simplemente como el resultado histórico de la imposición de una clase social sobre otra. El idealismo y la utopía de la arquitectura moderna y posmoderna tendrían su reverso en los procedimientos reales y efectivos de la producción del espacio. La ilusión del arquitecto como maestro y productor de un espacio prístino y autónomo se desmorona tan pronto como la arquitectura es pensada como un producto de las relaciones sociales y no simplemente del pensamiento de los arquitectos.

Para Lefebvre, el hecho de que el espacio moderno se presente como homogéneo, objetivo, neutral, técnico o científico, es una señal de que las contradicciones sociales que lo producen han sido ‘ocultadas’ de manera ideológica. Por lo tanto, el espacio abstracto sería un espacio falso-pero-real, un espacio fetiche, cosificado, que se ve a sí mismo como una cosa formal y autónoma, independiente de cualquier contenido social o político –es decir, como un objeto vacío, puramente visual y empírico, transparente y legible, coherente y unificado (Lefebvre, 1991).

La arquitectura se encuentra en un lugar extraño respecto a la estructura social capitalista. Por un lado, es producto y condición del sustento de la vida y el trabajo humanos –y como tal, está sujeta al fetichismo de las mercancías, que es transversal a la sociedad burguesa, y bajo el cual aparece como un objeto pasivo, neutral y puramente visual-espacial. Por el otro, es producida en concordancia con esta misma ‘realidad ilusoria’ o fetichista que las instituciones y las industrias de la construcción internalizan en sus ideologías y representaciones, impactando así de nuevo sobre la producción material. Un edificio oculta el hecho de que es la objetivación de relaciones sociales, y su propio diseño reproduce y oscurece este hecho. Por lo tanto, el dilema está lejos de ser uno entre verdad o falsedad. La ideología no tiene su origen en la mente de los individuos, sino en sus relaciones sociales reales. La arquitectura es a la vez un producto de fuerzas materiales e ideológicas. Pero sería demasiado ingenuo declarar que es el producto de la ideología de los arquitectos. Por el contrario, lo que el problema parece plantear es un proceso de doble ocultación, una que es práctica y materialmente real (intercambio mercantil), y otra que refleja esta realidad en el pensamiento, reforzándola y naturalizándola. La primera es justamente el terreno crucial en el que la ideología debe confrontarse, y no sólo al nivel de las ‘ideas’. Para ello, es fundamental no prestar mucha atención a los discursos ideológicos de la arquitectura, que actúan como soluciones imaginarias de contradicciones reales o, como Tafuri señalara, como “fórmulas que ocultan el problema tras cortinas de humo estético” (Tafuri y Sherer, 1995, p. 47).

Tanto Lefebvre (1991, p. 54) como Allen (1999, p. 102) reconocen que no existe una simple correspondencia entre arquitectura y política, no existe una arquitectura intrínsecamente fascista o socialista, ni una arquitectura liberadora o represiva en sí misma. La arquitectura no puede ser política en sí misma, ni puede serlo a causa de sus usos o interpretaciones políticas cambiantes. Pensar la arquitectura en términos de la ‘proyección’ de una ideología en el espacio no sólo desorienta sino que contribuye a una comprensión limitada y parcial de la dimensión política de la misma, reforzando así su función establecida en el capitalismo, que es asegurar la reproducción de las relaciones sociales de producción.

Implicaciones políticas

Las reflexiones precedentes nos encaminarían hacia la definición de una arquitectura ontológicamente situada, es decir, implicarían un desplazamiento desde la preocupación por su apariencia y configuración material, hacia al acto social que la produce y que es a la vez condicionado por ésta. A mi aparecer, es posible derivar dos consecuencias políticas de repensar la arquitectura a la luz de los problemas introducidos por el ‘giro espacial’ de la teoría social y cultural: la primera, fatalista, es que la arquitectura termine por diluir su ya malograda autonomía disciplinar en el estudio de los procesos sociales de producción del espacio, lo que llevaría hacia la pretensión de objetivismo o, en el extremo opuesto, a refugiarse en la supuesta autonomía disciplinar como una forma de voluntarismo; y la segunda, más optimista, que la arquitectura sea entendida como un producto social en el que intervienen múltiples actores y en que los arquitectos inciden mediante su voluntad y un lenguaje disciplinar propio.

Bajo esta última definición la arquitectura no podría ser pensada como la mera invención de un individuo o grupo de individuos. No sólo sería socialmente producida e históricamente situada, sino que la condición básica de su propio proceso de producción. Esto implicaría entender la arquitectura como un fenómeno a la vez situado, conectado y confrontado con la totalidad del proceso material de producción y reproducción de la vida humana. Sería, por lo tanto, una arquitectura que parte desde una situación histórica concreta y no desde modelos ideales o abstractos. Una arquitectura que reconoce lo que de hecho es, antes de proyectar lo que puede llegar a ser.

¿Puede una obra de arquitectura ser política? Y si es así, ¿en qué sentido? ¿Es esta dimensión política inherente a su concepción o depende de situaciones externas? El hecho de que la arquitectura es objetivamente política desde un comienzo es innegable, pero necesariamente nos hace preguntarnos ¿cómo es política? ¿bajo qué términos? La declaración ‘es política’ es problemática precisamente por estas razones, y necesita por lo tanto ser aclarada de la manera más sintética posible. Esta definición implicaría la refutación de al menos tres mitos con respecto a la relación entre arquitectura y política: primero, que la arquitectura puede ser política en sí misma, aislada de la práctica social que la produce; segundo, que puede ser política sólo a través de su interpretación o utilización política; y tercero, que es la proyección o reflejo de algún sistema político o ideología –lo que deriva en la tautología de una ‘arquitectura política’. En este sentido, la necesidad de (re)politizar la arquitectura equivaldría a exponer las raíces sociales de su producción y no a subordinarla dogmática y mecánicamente a formas ideológicas preestablecidas –degenerando en mera propaganda. Lo social y lo político no son externos a la arquitectura sino que la constituyen.

Si la arquitectura es entendida como el resultado de la producción social del espacio, es precisamente esta práctica productiva la que deberá cambiar radicalmente para cambiar la arquitectura. ¿Debería la práctica arquitectónica esperar a una revolución total, una transformación total de la producción de la vida material, para cambiar ella misma? o ¿Puede transformar estas condiciones materiales heredadas únicamente cambiando sus propios métodos internos? No y sí. No, en la medida en que estos métodos sólo pueden alterar la manera en que la arquitectura es conceptualizada y diseñada, pero no su producción social real, que depende de un amplio conjunto de fuerzas económicas y políticas: la arquitectura no puede cambiar exclusivamente a partir del ámbito de las ‘ideas’. Sí, si una práctica arquitectónica específica o un conjunto de prácticas son capaces de establecer vínculos orgánicos entre sus métodos y los objetivos de organizaciones sociales y movimientos políticos, especialmente los vinculados a las prácticas espaciales –por ejemplo, movimientos ciudadanos, movimientos urbanos por el ‘derecho a la ciudad’, movimientos de los sin techo, organizaciones por la defensa del patrimonio o la conservación del medio ambiente, etc. ¿Qué impide llevar a cabo esto? Podemos identificar al menos cuatro factores: primero, la internalización del espacio abstracto en la práctica arquitectónica; segundo, el delirio ideológico de los arquitectos respecto a su propio papel en el capitalismo; tercero, su gran dependencia de un marco institucional (político) y económico que legitima y perpetúa el modo de producción existente; cuarto, la ‘mercantilización’ de los objetos arquitectónicos y de la arquitectura en general. ¿Cómo pueden los arquitectos confrontar estos límites? ¿Existen condiciones para una práctica de arquitectura políticamente consciente en el capitalismo? Para ser verdaderamente radical, la arquitectura debe ir a la raíz del problema y enfrentarlo con sus propios métodos, pero nunca de manera aislada de otras prácticas radicales, y ciertamente no como una cuestión puramente teórica o académica. La raíz del problema es clara: la arquitectura debe desafiar el espacio abstracto del capitalismo mediante la restauración del cuerpo humano total en el conjunto de sus dimensiones perceptuales y sociales.

 

Notas

[1] Según el concepto de Marx, el trabajo abstracto se refiere al trabajo homogéneo cuantificable en términos temporales y es la base del valor de cambio  (Marx, 2011, p. 46).

[2] He revisado estas teorías tempranas del espacio y su influencia en la teoría de la arquitectura moderna, ver (De Stefani, 2009).

 

Referencias

Allen, S. (1999). Points + Lines: Diagrams and Projects for the City. New York, NY: Princeton Architectural Press.

Borchers, J. (1968). Institución Arquitectónica. Santiago: Andrés Bello.

de Solà-Morales, I. (2003). Inscripciones. Barcelona: Gustavo Gili.

De Stefani, P. (2009). Reflexiones sobre los Conceptos de Espacio y Lugar en la Arquitectura del Siglo XX. DU&P 16. Octubre, 17, 2014, http://dup.ucentral.cl/16_espacioylugar.htm

Elden, S. (2004). Understanding Henri Lefebvre: Theory and the Possible. London: Continuum.

Fine, B. (2001). Production. En T. Bottomore (Ed.), Dictionary of Marxist Thought (págs. 447-448). Oxford: Blackwell Publishers.

Giedion, S. (1980). Space, Time and Architecture: The Growth of a New Tradition. Cambridge, MA: Harvard University Press.

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El idealismo como ideología: Sobre algunos obstáculos para una práctica política de la arquitectura

*Publicado en Revista REA N°2

Por Patricio De Stefani                                                                                        DESCARGAR PDF

Turning_to_Spring_2001

Robert and Shana Parkeharrison, “Turning to Spring”, Architect’s Brother (serie Passage), 2001

 

La arquitectura como política es ya un
mito tan gastado que no merece la pena
que le dediquemos más consideraciones.
–Manfredo Tafuri, 1980

 

Durante la última década pareciera que, lentamente, la discusión disciplinar sobre la relación entre arquitectura y política ha ido tomando cada vez más protagonismo, especialmente, en torno a los problemas del urbanismo y el llamado “derecho a la ciudad”. Sin embargo, quisiera puntualizar una serie de críticas a la manera autocomplaciente y culposa en que dicha relación ha reaparecido. ¿En qué sentido podemos afirmar que una obra de arquitectura es o no política? ¿Es esta dimensión política inherente a su concepción o depende de situaciones externas y contingentes? ¿Se trata simplemente de interpretaciones o utilizaciones políticas proyectadas sobre obras esencialmente neutrales? ¿O su dimensión política emana desde su propio proceso de concepción en tanto proyecto?

Precisemos. Podemos detectar, al menos, tres fórmulas entre las más ensayadas para intentar dar cuenta de la naturaleza específicamente política de la arquitectura. “La arquitectura es, de por sí, política” o “toda arquitectura es y ha sido siempre política”, afirmación vaga y abstracta que bordea la tautología y que, por lo mismo, se homologa con su aparente opuesto: “la arquitectura no tiene nada que ver con la política”.[1] “La arquitectura es política debido a su utilización o interpretación política”, premisa que no identifica propiamente lo político en la arquitectura y lo atribuye a factores externos a su propia constitución.[2] “La arquitectura es política porque es la expresión de cierta ideología política”, proposición que versa sobre un manifiesto idealismo y una noción totalmente anacrónica y neutral de “ideología” como una doctrina.[3]

La arquitectura es política, porque existe una política de la arquitectura, podríamos afirmar parafraseando a Henri Lefebvre –autor, por lo demás, bastante malentendido por sus actuales intérpretes.[4] De lo que se trataría, entonces, es de explicar cómo es que la arquitectura ejerce una cierta política, superando la ilusión de autonomía decisional de los arquitectos/as, quienes “creen dominar el espacio y únicamente ejecutan… obedecen una orden social”.[5]

Lo primero, sería abandonar cualquier pretensión de exterioridad de la arquitectura respecto de lo político. No cabe separarla del proceso social de producción del hábitat humano. Pretenderlo es predicar una falsa autonomía, sea esta formal o disciplinar. Si no hay exterioridad de la arquitectura respecto de la unidad mundial del proceso de acumulación de capital, entonces ya no se trataría meramente de explicar la “función” que ésta cumple en el desarrollo capitalista. Esto supone que el problema sería meramente dilucidar por qué y cómo la arquitectura estaría  “condicionada” por el mercado. Inversamente, solo bastaría con explicar por qué y cómo la arquitectura “fomenta” las leyes del mercado capitalista. Por el contrario, en una sociedad donde no se produce para satisfacer necesidades sociales sino para valorizar capital, la arquitectura no es más que una de las formas concretas en que se realiza la necesidad del capital total de la sociedad. Es decir, en tanto mercancía, la arquitectura no es más que un momento necesario en la unidad mundial del proceso de producción y reproducción de la sociedad.

Lo segundo, es evitar toda inversión idealista –o “ideológica”, en el sentido de limitarse a únicamente a representar la apariencia de la realidad. Es decir, explicar la arquitectura por sus concepciones éticas subyacentes situadas en un vago “contexto cultural”. Aquí, se le atribuyen sus males a ideas consideradas cuestionables o falsas, y luego se proponen todo tipo de especulaciones filosóficas y éticas acerca de lo que la arquitectura debería ser, oscureciendo así lo que la arquitectura de hecho es. La ideología arquitectónica es una consecuencia, no la causa de sus males. Lamentablemente, la política arquitectónica se sigue planteando en términos de “política de nobles ideales”. Este es hoy el mayor obstáculo para practicar políticamente la arquitectura. Se enseña y se practica como si fuera una “noble actividad”, “al servicio de los ciudadanos”. Idealismo y voluntarismo del que se siguen arquitectos/as que desean “remediar los males sociales” (relativos al espacio) con el objetivo –declarado o no– de viabilizar y consolidar la sociedad existente. Este es el caso de la llamada “arquitectura social”[6] y su homólogo, la “arquitectura sustentable”[7], que pretenden ahorrarle al capital los costos sociales que implica su necesaria destrucción del espacio social y natural para expandir su acumulación.

Lo político siempre se ejerce de manera colectiva, es decir, orgánica. Faltos de conocimiento objetivo de la realidad en la que operan, limitándose únicamente al “activismo ciudadano”, autocomplaciente y sin perspectiva, plagados de “buenas intenciones”, atacando únicamente los efectos y no las causas que estructuran la actual producción social del espacio, los arquitectos/as seguirán siendo incapaces de concebir su práctica como una práctica política, es decir, seguirán a salvo como meros comentaristas políticos, revelándose al interior de sus “discursos críticos” y ejecutando ciegamente órdenes en la realidad.

 

Notas

[1] Ross Wolfe, “Is all architecture truly political? A response to Quilian Riano”, recuperado el 11 de noviembre de 2013, https://tinyurl.com/ycb8jgef

[2] Neil leach, “Architecture or Revolution”, en Architecture and Revolution: Contemporary perspectives on Central and Eastern Europe, ed. Neal Leach (London: Routledge, 1999) 119-121; Montserrat Palmer, “Política y Cultura”, ARQ 53 (2003): 4-5.

[3] Josep Maria Montaner, “Acción política desde la arquitectura”, en Arquitectura y Política: Ensayos para Mundos Alternativos, ed. Josep Maria Montaner y Zaida Muxi (Barcelona: Gustavo Gili, 2011), 54-67.

[4] El concepto marxista original del “derecho a la ciudad” de Lefebvre no apelaba en ningún caso al uso “socialdemócrata” popularizado por sociólogos y urbanistas chilenos, como Carlos de Mattos y Ernesto López.

[5] Henri Lefebvre, La Revolución Urbana (Madrid: Alianza, 1972), 159.

[6] El arquitecto Alejandro Aravena pertenecería a este enfoque de “justicia social” en modo filantrópico que Marx y Engels denunciaran tan furiosamente en su Manifiesto.

[7] Sintomático es el hecho de que prácticamente todas las escuelas de arquitectura chilenas impulsen la “sustentabilidad” en sus currículos. Análogamente, la mayor parte de las instituciones estatales y de las empresas chilenas impulsan políticas de sustentabilidad de sus inversiones. La pregunta acecha: ¿sustentabilidad con qué fines, transformar o consolidar?

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Biblioteca Pública PDF “Orden Artificial”

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Biblioteca de Babel, Jorge Luis Borges, 1941

El conocimiento no es un mero reflejo de la experiencia, sino el producto de una actividad. Todo conocimiento es siempre derivado de nuestra actividad práctica. El conocimiento es sólo un momento en la transformación de nuestro medio ¿Para qué conocer? No como un fin en sí mismo, sino para entender la realidad que queremos transformar. El conocimiento radical es un arma para oponernos a la violencia institucionalizada y el saber que la legitima por omisión o abierta apología.

Con este ánimo de lucha contra la excesiva academización y mercantilización del conocimiento, he decidido compartir mi biblioteca pdf completa. Más de 65 GB y 10 mil archivos (libros, artículos, ensayos, revistas, clases mp3, etc.) clasificados por autor y por área del saber (carpeta SABERES).

Por un conocimiento situado y político.

Por el libre acceso y circulación de ese conocimiento.

Contra la pretensión de saber, el conocimiento instrumental-burocrático y el derecho de autoría individual.

Por la producción colectiva del conocimiento y contra su privatización.

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Otros sitios de descarga de libros gratis:

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La Producción Social de la Arquitectura en Lefebvre

*Ponencia presentada en Seminario “Reapropiaciones de Lefebvre. Crítica, Espacio y Sociedad Urbana”. y publicada en Reapropiaciones de Henri Lefebvre: Crítica, Espacio y Sociedad Urbana

Por Patricio De Stefani                                                                                    DESCARGAR PDF

Reapropiaciones_Henri_Lefebvre

Reapropiaciones de Henri Lefebvre: Crítica, Espacio y Sociedad Urbana (2015)

Resumen

El espacio abstracto nace de la acumulación primitiva, el establecimiento del Estado moderno y la violencia estructural legitimada. Esencial a su desarrollo fue la creciente urbanización en la expansión de los mercados europeos durante el paso del feudalismo al capitalismo. Hacia fines del siglo XIX, psicólogos, historiadores del arte y teóricos de la arquitectura desarrollaron el concepto moderno de espacio. Este concepto presenta al espacio como un vacío/volumen neutral y autónomo, divorciado de las prácticas sociales y políticas que lo producen. La reducción del espacio a este estado apolítico-visual-estético, o puramente empírico, cumple una nueva función social: garantizar la reproducción de las relaciones sociales de producción. Sin embargo, las contradicciones internas al desarrollo del capitalismo moderno se incrementan al nivel espacial como una tendencia simultánea hacia la homogeneización y fragmentación. El espacio y la arquitectura se convierten así en abstracciones concretas, en objetos aparentemente autónomos y racionales, que aspiran a homogeneizar todo lo que se ponga en el camino de las fuerzas de la acumulación, paradójicamente, a través de su extrema fragmentación. Si el espacio puede servir a fines políticos y económicos mediante la reproducción de las relaciones de producción, ¿podría servir como un dispositivo para confrontarlas?

Palabras clave: espacio abstracto, capital, abstracción concreta, producción de la arquitectura moderna.

Introducción

El impacto de la teoría de la producción social del espacio, que Henri Lefebvre expusiera más de cuarenta años atrás, sobre las ciencias sociales y particularmente sobre la arquitectura y el urbanismo no ha logrado aún ser dimensionado y se encuentra todavía lejos de ser asimilada dentro de estos campos disciplinares. Pretendo centrarme particularmente en las implicaciones que esta teoría tiene para la disciplina y la práctica de la arquitectura.

De manera más bien regular, Lefebvre nos recuerda que no hay conocimiento posible sin la crítica del conocimiento mismo, y que dicha crítica es siempre una crítica del mundo existente. En consecuencia, su visión sobre la arquitectura y la actividad de los arquitectos se construye sobre una crítica radical y desmitificadora, que apuntaba a exponer las raíces materiales y objetivas de su producción bajo los requerimientos abstractos del capital, abriendo así la posibilidad a un hábitat humano que supere ese estado de cosas, restaurando al cuerpo humano como productor consciente de su propio espacio.

A mi parecer, hay dos transformaciones ontológicas[1] clave que nos permiten comprender la teoría de la producción del espacio de Lefebvre, y que al mismo tiempo definen la base epistemológica de su trabajo. La primera tiene que ver con la ontologización marxiana de la producción humana, es decir, una concepción de la historia en que la práctica de la producción de la vida material coincide con la constitución de los seres humanos en cuanto tales. La segunda, consecuencia del anterior, es que el espacio es una relación social y no simplemente un objeto o un soporte de relaciones sociales. Bajo esta perspectiva, el espacio sería un momento de la práctica social que es la objetivación, y su conocimiento sería inseparable de la praxis del trabajo como el modo de ser específicamente humano.

El espacio social, y la arquitectura en particular, son para Lefebvre la condición y el resultado del intercambio orgánico (de energía y materia) entre los seres humanos y su medio circundante. Este intercambio, el trabajo humano, es la práctica social efectiva y constitutiva tanto de los seres humanos como de su medio. Bajo esta lógica, no es que los seres humanos transformen la naturaleza por medio de su trabajo –como si fueran entidades preexistentes–, sino que el acto mismo de la transformación produce a ambos términos. Siguiendo a Hegel y Marx, para Lefebvre la actividad humana es propiamente el ser de los humanos. Ni los seres humanos ni su medio preceden a su relación, sino que es precisamente la modalidad material, social e histórica de dicha relación la que los constituye en cuanto tales.

Sobre estas premisas, propongo a continuación una lectura histórica sobre el proceso de abstracción del espacio teorizado por Lefebvre, un proceso en el que la arquitectura es subordinada –de manera cada vez más eficiente– a los requerimientos de producción, circulación y acumulación de capital durante el surgimiento de la sociedad burguesa. Posteriormente me detendré en la función social que la arquitectura ocupa en el capitalismo y sus implicaciones políticas. El interés radica no sólo en determinar diversos modos de relación entre espacio, arquitectura y capital, sino en demostrar su interdependencia interna y estructural de manera de vislumbrar una posibilidad efectiva para la transformación de dicha relación –y no apelar meramente a la retórica bienintencionada o a ideales éticos, tan comunes en el discurso de la arquitectura. Sólo comprendiendo hasta qué punto el capital está integrado en la producción social de la arquitectura, una manera de desafiar esta relación puede ser pensada.

La emergencia del espacio abstracto

La investigación histórica sobre el espacio y su producción condujo a Lefebvre a la conclusión de que los primeros indicios de un espacio abstracto “realmente existente” se encontraban en la Europa medieval del siglo XII (Lefebvre, 1991, p. 263). Bajo esta periodización, lo que precede a la abstracción del espacio es el espacio absoluto de la antigüedad, que era político-religioso y experimentado como divino, simbólico y trascendente.

La emergencia del espacio abstracto fue correlativa con el proceso de abstracción del trabajo humano, o aquel período que, desde Smith y Marx, es conocido como acumulación previa (Smith, 2007, p. 175), o primitiva u originaria (Marx, 2011, p. 786). En un intento por llenar los vacíos en la teoría de Marx, Lefebvre (1991) inicia un análisis de la larga transición desde el espacio absoluto y simbólico de las sociedades griega y romana hacia el espacio relativo o histórico de la acumulación originaria. Este proceso corresponde a la transición histórica del feudalismo al capitalismo, lo que significó el despojo de los productores directos (principalmente campesinos) de sus medios de producción y subsistencia (principalmente tierras) y su posterior transformación de siervos en trabajadores libres o asalariados (Marx, 2011, p. 786). Lefebvre (1991)caracteriza a este período a partir del creciente dominio del “efecto urbano” durante los siglos XV y XVI: “La mediación histórica entre el espacio medieval (o feudal) y el espacio capitalista que fue el resultado de la acumulación se encuentra en el espacio urbano –el espacio de los ‘sistemas urbanos’ que se establecieron durante la transición” (p. 268).

A medida que la ciudad medieval –desarrollada a través del comercio– dio paso a redes de intercambio cada vez mayores, culminando en vastos sistemas urbanos que abarcan toda Europa y las colonias de América, la ciudad alcanzó su máxima expresión y unidad durante el Renacimiento (Lefebvre, 1991, p. 271). Paradójicamente, este proceso coincidió con la destrucción de la ciudad amurallada por la proliferación de las redes urbanas y las guerras. Más tarde, en el siglo XVIII, el surgimiento del Estado moderno sellaría el destino de ésta forma de ciudad mediante la creación de un espacio urbano universal.

Siguiendo a Marx, Lefebvre (1991) critica a los economistas e historiadores burgueses por su creencia apologética en que esta transición histórica se podría haber logrado sin grandes conflictos, oponiendo un “pacífico” desarrollo económico a la violenta destrucción de las guerras. El hecho es que la acumulación primitiva fue llevada a cabo sobre la destrucción de toda forma previa de producción. A partir del siglo XVI, las guerras –libradas sobre nuevos territorios abiertos a potenciales inversiones– asumieron un rol económico, dado que permitieron el progresivo desarrollo de las fuerzas productivas, expandiendo, por lo tanto, la acumulación a través del colonialismo y, más tarde, el imperialismo. Para Lefebvre (1991), hay una correlación entre la violencia necesaria para implementar las exigencias espacio-temporales de la circulación de mercancías y el creciente desarrollo urbano: “El espacio y el tiempo se urbanizaron –en otras palabras, el tiempo y el espacio de las mercancías y los comerciantes se hizo predominante” (p. 277).

Paralelo e integral al rol de la violencia en el proceso de acumulación fue la creación y la institución del Estado burgués. En el relato de Lefebvre, el espacio de la acumulación fue la “cuna” del Estado. El Estado-nación moderno es entendido como un marco que garantiza que los intereses de la clase dominante (burguesía) prevalezcan. Lefebvre (1991) nos alerta sobre el peligro de teorías liberales (“bien común”) y autoritarias (“voluntad general”) del Estado, que no logran comprenderlo como un marco espacial que procede de acuerdo con el llamado principio de soberanía y unificación, pero que, al mismo tiempo, recurre a la fragmentación violenta del espacio con el fin de controlarlo.

¿En qué sentido preciso entonces podemos hablar de espacio abstracto o abstracción del espacio? ¿Cuáles son sus rasgos característicos? El sentido dado aquí a la noción de  abstracción debe ser cuidadosamente examinado. Lefebvre tiene en mente un concepto análogo al de trabajo abstracto –es decir, una abstracción que existe como una relación social:

El espacio abstracto sólo puede aprehenderse abstractamente mediante un pensamiento que separa la lógica de la dialéctica, que reduce las contradicciones a la coherencia (…) Este mismo espacio corresponde a la ampliación de la práctica (social) que engendra redes cada vez más vastas y densas por la superficie terrestre y por debajo y por encima de ella. Pero se corresponde también con el trabajo abstracto (…) Ese trabajo abstracto no tiene nada de abstracción mental, ni de abstracción científica en sentido epistemológico (…) Tiene una existencia social como el valor de cambio y la forma del valor en sí mismo. (Lefebvre, 2013, p. 343)

Una abstracción real o concreta es, entonces, algo muy distinto de una abstracción conceptual. Marx pretendió demostrar que las abstracciones concretas son productos históricos y, al mismo tiempo, la base objetiva sobre la que se construyen las abstracciones mentales (o ideologías) –por ejemplo, el concepto general de trabajo en la economía política clásica. Tal y como Sohn-Rethel (1978) afirma, hablar de una abstracción que es concreta parecería una contradicción lógica, por lo que este concepto sólo tiene sentido desde una realidad constituida a partir de contradicciones sociales reales y una concepción dialéctica que permita comprender dichas contradicciones.

Si la abstracción del trabajo se caracteriza por la reducción de las formas concretas del trabajo al dominio indiferenciado del trabajo en general (abstracto), entonces la abstracción del espacio se identifica por la reducción de los lugares concretos y particulares al ámbito homogéneo de un “espacio universal” –es decir, la res extensa cartesiana (Lefebvre, 1991, pp. 296-97). Sin embargo, Lefebvre (1991) cuestiona esta aparente homogeneidad del espacio abstracto: “espacio abstracto no es homogéneo, sino que simplemente tiene la homogeneidad por su meta, su orientación, su ‘objetivo’ (…) Pero en sí es multiforme” (p. 287). De hecho, uno de los objetivos centrales de Lefebvre fue delinear una “teoría del espacio contradictorio” –un espacio que produce contradicciones y al mismo tiempo es producido por las contradicciones del capitalismo. Como Stanek (2011) señala, para Lefebvre el espacio es a la vez concreto y abstracto, heterogéneo y homogéneo. Es sólo en el capitalismo que este último aspecto comienza a predominar cada vez más sobre el primero:

La oposición paradigmática (…) entre el cambio y el uso, entre los circuitos globales y los lugares específicos de producción y consumo,  se torna aquí en contradicción dialéctica y se espacializa. El espacio así definido posee un carácter abstracto y concreto: abstracto en la medida en que no tiene existencia sino por la intercambiabilidad de todas las partes que lo componen; concreto en tanto que es socialmente real y está localizado como tal. Se trata, pues, de un espacio homogéneo y sin embargo fragmentado. (Lefebvre, 2013, p. 375)

Para Lefebvre, el hecho de que el espacio moderno se presente como homogéneo, objetivo, neutral, técnico o científico, es una señal de que sus contradicciones han sido “ocultadas” de manera ideológica –al igual que Marx vio la forma en que el mercado se presenta a sí mismo como la realización de un fetichismo que enmascarara sus propias contradicciones. Por lo tanto, el espacio abstracto es un espacio falso-pero-real, un espacio fetiche, que se ve a sí mismo como una cosa formal y autónoma, independiente de cualquier contenido social –es decir, como un objeto vacío, puramente visual y empírico, transparente y legible, coherente y unificado (Lefebvre, 1991).

Dado que el espacio es a la vez un producto de las relaciones sociales y el productor de ellas, un doble conjunto de características puede distinguido: como producto, es cuantitativo y cualitativo, abstracto y concreto, homogéneo y fragmentado. Como productor (o instrumento), el espacio abstracto posee dos funciones principales: es un medio de intercambio (para el mercado y la clase capitalista) y un instrumento político (para el Estado y la clase burocrática) –es “el espacio en que se despliegan las estrategias” (Lefebvre, 2013, p. 343).

En consecuencia, el proceso de abstracción del espacio –su transformación para servir al propósito de la acumulación primitiva de capital, y más tarde de su expansión hacia el mercado mundial a través de la exponencial urbanización del mundo– establece las condiciones para la progresiva abstracción de la arquitectura, primero a través de la industria de la construcción en relación a los cambios globales en la producción, y más tarde en las teorías modernas de las vanguardias artísticas y arquitectónicas, que reflejaron esta realidad y cuyas concepciones influyeron de manera decisiva en la producción del espacio durante el siglo XX.

La abstracción de la arquitectura y sus límites en el Capitalismo

La contradicción central del espacio abstracto es que es (o aspira a ser) al mismo tiempo homogéneo y fragmentado –universal, pero implacablemente subdividido. Debe tenerse en cuenta que estas no son propiedades formales intrínsecas al espacio, sino más bien el resultado de una práctica espacial –una práctica que produce el espacio, literalmente, homogeneizando y fragmentándolo (Lefebvre, 1972, p. 42). Lefebvre señala algunas de estas conclusiones a partir de sus primeros análisis del urbanismo francés de los grands ensembles (conjuntos habitacionales) y las villes nouvelles –tales como Mourenx al sur de Francia– durante los años 50 y 60. Estos análisis criticaron la abstracción de la planificación urbana administrada por el Estado, y plantearon el problema de “la contradicción entre la racionalidad abstracta del urbanismo y la racionalidad concreta de las prácticas de habitar” (Stanek, 2011, p. 145), o dicho de otra manera, entre la lógica abstracta y cuantitativa de espacio capitalista frente al espacio cotidiano de las personas. En palabras de Lefebvre (2011):

En Mourenx, la modernidad me abre sus páginas (…) Leo los temores que la modernidad puede llegar a despertar: la abstracción que pisotea la vida cotidiana – el análisis debilitante que divide, corta en pedazos, separa – la síntesis ilusoria que ha perdido toda capacidad de reconstruir algo activo – las estructuras fosilizadas, impotentes para producir o reproducir cualquier cosa viviente, aunque sigan siendo capaz de suprimirlo (…) Por un lado, la tendencia a la totalización y la “integración” (…) no nos deja ver lo desarticulado que se está volviendo todo. Por otro lado, la fragmentación de la vida cotidiana (…) nos impide darnos cuenta de que la unificación se impone desde arriba, y que se están eliminando todas las diferencias originarias. La verdad se encuentra en el movimiento de totalización y fragmentación como un todo. Esta es la verdad que leemos en aquel texto oscuro y legible: la nueva ciudad. (pp. 119-20-21)

El espacio social siempre ha sido el producto de la actividad humana, pero la conciencia de que ha entrado de lleno en la producción de mercancías, sólo surge en los albores del mercado mundial, durante la Primera Guerra Mundial (Lefebvre, 1991). Los artistas y arquitectos de las vanguardias promovieron la idea de que el arte y la arquitectura debían producir un nuevo espacio y no simplemente representar o reproducir el espacio existente (de Solà-Morales, 2003, pp. 169-173). Debido a su condición “práctica”, las contradicciones en la arquitectura fueron más pronunciadas que en el resto de las artes. Bajo la dirección de Hannes Meyer, por ejemplo, la Bauhaus proclamó liderar una revolución anti-burguesa en el diseño mediante la fusión de los requisitos funcionales del Estado capitalista con una ideología proletaria (Lefebvre, 1991, p. 304). El resultado sería, como afirma (Stanek, 2011), que “los nuevos procedimientos de la planificación y los nuevos sistemas de representación del espacio introducidos por las vanguardias arquitectónicas fueron esenciales para el desarrollo del capitalismo” (p. 148). Sin embargo, esto no significa que los intentos de los arquitectos por desafiar el espacio capitalista fueron inútiles, sino que pone en evidencia cómo las contradicciones espacio-temporales del capitalismo se desarrollan a través de la arquitectura y la producción del espacio.

El paralelo que Lefebvre establece entre trabajo abstracto y espacio abstracto le llevó a rastrear el momento histórico específico en el que el concepto moderno del espacio comenzó a ser formulado sobre la base objetiva de las nuevas relaciones de producción impuestas por el capitalismo moderno (Stanek, 2011, p. 146). Con el surgimiento de la Bauhaus, luego de la derrota de la revolución alemana y el establecimiento de la República de Weimar en la década de 1920, los artistas y arquitectos de la vanguardia formularon un concepto universal de espacio y establecieron una relación directa entre industria y desarrollo arquitectónico y urbano (Lefebvre, 1991, p. 124). A pesar de que el espacio ha sido objeto de la filosofía y la ciencia desde la antigüedad, su conciencia como un problema estético y práctico sólo data de la segunda mitad del siglo XIX. Como Morales (1969, p. 140) afirma, Hegel fue uno de los primeros en pensar la arquitectura específicamente como el arte de encerrar el espacio (Hegel, 1975, p. 633). La influencia que la psicología experimental –Stumpf y la Gestaltpsychologie, por ejemplo– tuvo en historiadores del arte como Semper, Schmarsow, Riegl, Fiedler y Wölfflin (Vischer, Fiedler, Wölfflin, Goller, Hildebrand, & Schmarsow, 1994) se reflejó en sus respectivas teorías que enfatizaban un enfoque formalista y visualista del arte y la arquitectura, principalmente influenciado por el kantismo (Montaner 2002, pp. 24-30; Stanek 2011, p. 147).[2] Según Stanek (2011), la crítica de Lefebvre (1991) del concepto de “espacio arquitectónico” entendido como “esencia” de la arquitectura (Schmarsow) o su característica específica (Zevi, 1981), tuvo como objetivo mostrar que el concepto de espacio trabajado por los psicólogos, los historiadores del arte, y más tarde los pintores y arquitectos, era fetichista (ideológico) desde sus comienzos. Efectivamente, este concepto no fue más que la manifestación –invertida en la teoría– de las contradicciones reales de la producción (social) del espacio y la ciudad. Por ende, al definir el espacio como un vacío neutral pre-existente a la espera de ser “ocupado” por las prácticas sociales (Zevi 1981; Giedion 1980), los arquitectos oscurecieron el proceso real de producción de la arquitectura bajo el capitalismo.[3]

A un nivel estratégico, el espacio abstracto parece ser desplegado simultáneamente desde “arriba” (el Estado) y desde “abajo” (la producción y el mercado). Ambas fuerzas movilizan el espacio de una manera contradictoria, fragmentándolo para fines de intercambio y gestión, para luego unir las piezas a la fuerza. Según Lefebvre (1991) lo que esta contradicción revela es que este espacio es un instrumento homogeneizador en lugar de ser homogéneo en sí mismo. No logra conseguir la homogeneidad y la totalización que predica.

Una vez que el espacio abstracto se abrió camino en la teoría arquitectónica y fue levantado como su principal grito de guerra, los arquitectos modernos desarrollaron nuevas formas de representar su trabajo –por ejemplo, vistas axonométricas, diagramas funcionales y solares, etc. Sin embargo, este nuevo “código” es derivado de un espacio concebido como categoría mental –es decir, de las representaciones de la filosofía, la lógica y las ciencias empíricas. Por ende, la práctica arquitectónica abordó las contradicciones sociales reduciéndolas y ocultándolas bajo la “bandera del positivismo” (Lefebvre, 1991, p. 308). La noción, supuestamente específica y evidente, de un “espacio arquitectónico” sirvió para abstraer y separar aun más el espacio de las relaciones sociales reales que lo producen. Bajo esta concepción, el arquitecto se presenta a sí mismo como un “productor del espacio”. Sin embargo, la abstracción implicada en las proyecciones y planos arquitectónicos nunca se reconoce como tal, sino que se asumen en estricta correspondencia con la “realidad empírica” –paradójicamente negando su propio carácter abstracto como una representación del espacio entre otras. Como Lefebvre (2000) afirma:

El arquitecto no puede, como fácilmente tiende a creer, localizar su pensamiento y sus percepciones sobre la mesa de dibujo, visualizar las cosas (necesidades, funciones, objetos) proyectándolas. Confunde proyección y proyecto en una idealidad confusa que él cree que es “real” (…) El papel a la mano, a la vista del dibujante, es tan blanco como es plano: Él lo cree neutral. Cree que este espacio neutral, que recibe pasivamente las marcas de su lápiz, corresponde al espacio neutral que está en el exterior, que recibe las cosas, punto por punto, lugar por lugar. En cuanto al “plan”, no se queda inocentemente sólo en el papel. En el terreno, la retroexcavadora realiza los “planes”. (p. 191)

El espacio concreto que resulta de este proceso implica reducciones en varios niveles. La reducción de la forma a la figura (del volumen a la superficie), por ejemplo, es una señal clara de la violencia que estos procedimientos imponen al espacio social –que está lleno de diferencias y particularidades locales, y es a menudo indistinguible de las prácticas que tienen lugar en él . Se trata de un espacio mental que puede parecer geométricamente consistente, pero que no logra llegar hasta la realidad (perceptual y social) de los cuerpos, por lo tanto, un espacio idealizado e “incompleto”. Es un espacio altamente abstracto ya que es concebido más en consonancia con una “idea” o “representación” que con la propia realidad, se trata de un espacio “literalmente aplanado, confinado a una superficie, a un sólo plano” (Lefebvre, 1991, p. 313). Como consecuencia, todos los elementos arquitectónicos se reducen sistemáticamente a este esquema mental, “El muro se redujo a una superficie y ésta, a su vez, a una membrana transparente (…) La materia ya no sería sino una envoltura del espacio” (Lefebvre, 2013, p. 339). Los términos retóricos en que este hecho fue formulado como la “superación de la división entre el interior y el exterior”, fueron utilizados para ocultar los procedimientos reduccionistas con los que se llevo a cabo. Paradójicamente, esta “nueva transparencia” ocultaba su verdadero propósito: oscurecer las contradicciones de la producción del espacio y hacerlas aparecer como claras y legibles; por ende, esta nueva tectónica era transparente sólo en apariencia. A partir de esta idea, un nuevo formalismo autorreferencial comenzó a surgir durante la época de las vanguardias –por ejemplo, el neoplasticismo holandés y ciertas tendencias del constructivismo soviético– y que fetichizó aún más el concepto de espacio al concebirlo como el resultado de la experimentación formal abstracta.

Lo que puede concluirse de estas críticas es la puesta en marcha de un “círculo vicioso” ideológico: primero, el arquitecto tergiversa la realidad al reducirla a una abstracción vacía que se hace pasar por concreta y evidente, y luego, proyecta sobre la realidad un objeto concebido a partir de esta distorsión inicial (Elden, 2004, p. 189). El resultado es una realidad “invertida” que fomenta aun más equívocos teóricos. Sin embargo, esta concepción inicial no es más que la “teorización” de una realidad fetichizada que, evidentemente, es anterior y supera los ámbitos de la disciplina arquitectónica. Lefebvre (2013) desnaturaliza al espacio arquitectónico al mostrarlo simplemente como el resultado histórico de la imposición de una clase social sobre otra:

La parte de espacio otorgada al arquitecto (…) nada tiene de inocente: está al servicio de tácticas y estrategias particulares; no es sino el espacio del modo de producción dominante, el espacio del capitalismo, administrado por la burguesía. Consiste en “lotes” y se organiza represivamente en función de los puntos fuertes de los alrededores. (p. 393)

El idealismo y la utopía de la arquitectura moderna tienen su reverso en los procedimientos reales y efectivos de la producción del espacio. La ilusión del arquitecto como maestro y productor de un espacio prístino y autónomo se desmorona tan pronto como la arquitectura se entiende como producto de las relaciones sociales. ¿Cuáles son las consecuencias sociales del desarrollo de este tipo de espacialidad en el capitalismo? Si la arquitectura ha encarnado el espacio que el capitalismo ha generado ¿Cuál ha sido su lugar y función específica al interior de las fuerzas sociales que han dado forma al mundo desde el siglo XVIII?

La arquitectura como medio de producción

Una de las primeras cosas que distingue el concepto de espacio introducido por Lefebvre del resto de las ciencias –que en mayor o menor grado lo han tomado como objeto de estudio– es su inseparabilidad con el concepto de producción: el espacio es siempre un producto social, por lo que, paradójicamente, “el concepto de espacio no está en el espacio” (Lefebvre, 1991, p. 299). El espacio como una abstracción vacía y homogénea, como vacío o volumen neutral, es reemplazado por la noción de espacio social. Este carácter le da una función fundamental dentro de la sociedad: no sólo es un producto social, sino una condición básica para la producción misma, es “a la vez resultado y causa, producto y productor” (Lefebvre, 1991, p. 142). Si la producción es lo que da a la idea de espacio su significado social, la propia actividad productiva, a saber, la práctica social del trabajo, está en el núcleo de la comprensión del espacio social: es la praxis humana la que constituye la raíz de nuestro entorno humano objetivo. Por consiguiente, la producción posee al mismo tiempo un sentido amplio (producción material de la vida) y uno acotado (producción de bienes manufacturados). Siguiendo el concepto de Hegel a Marx y Engels, Lefebvre nota cómo éste posee una mayor universalidad incluso que la noción de trabajo. Sin embargo, al mismo tiempo, es un concepto concreto, ya que sólo tiene sentido en la medida en que nos podemos preguntar “qué se produce” y “cómo se produce”: la producción es, entonces, una abstracción concreta o sensible (Lefebvre 1991, p. 69; Marx 1859, p. 113). La producción va más allá de la fabricación de bienes manufacturados, ya que incluye la producción y reproducción de relaciones sociales (Fine 2001, 448).

El concepto de ritmo de Lefebvre es especialmente pertinente en este caso, ya que no sólo se relaciona con los ritmos biológicos o cíclicos del cuerpo humano, sino con su “colonización” a través de los gestos artificiales y lineales del trabajo, a saber: los  ritmos sociales (Lefebvre 2004, p. 8). Los ritmos del cuerpo humano están directamente relacionados con sus capacidades fisiológicas, con su fuerza de trabajo. La capacidad de realizar una actividad productiva es uno de los tres factores básicos del proceso de trabajo –el trabajo, los instrumentos, y la materia prima. Estos apuntan a diferentes dimensiones: la actividad del trabajador, junto a su ritmo, que es la fuerza motriz de la producción; los instrumentos y la tecnología (incluyendo el conocimiento y las técnicas) que son una extensión de esta fuerza; y la materia prima que son el objeto trabajado y transformado en producto por la actividad humana. Estos dos últimos forman lo que conocemos como los medios de producción –es decir, las condiciones necesarias para la puesta en marcha del proceso de (Marx, 2011, pp. 200-201). Instrumentos tales como las herramientas manuales, máquinas, equipos, técnicas, métodos, y similares, sirven directamente en el proceso de producción, mientras que otro tipo de instrumentos universales –a menudo no considerado como tal– que se utilizan indirectamente como el lugar en que el proceso se lleva a cabo, y cuya condición previa es la existencia de la naturaleza como tal:

Una vez más nos encontramos con que la tierra es un instrumento universal de este tipo, ya que proporciona una legitimación activa para el trabajador y un campo de trabajo para la actividad. Entre los instrumentos que son el resultado del trabajo anterior, y que también pertenecen a esta categoría, encontramos talleres, canales, caminos, etc. (Marx, 2011, p. 201)

Podemos pensar a la arquitectura, entonces, dentro de esta categoría general. ¿Se limita simplemente a las fábricas y talleres? No. Obviamente, el trabajo productivo –trabajo que produce valores de uso– no sucede sólo en las fábricas, sino que las oficinas e instalaciones de todo tipo deben ser incluidos en éste. Sin embargo, el papel que juega la arquitectura como medio de producción es más amplio. La arquitectura es a la vez un medio de subsistencia y de producción, incluso si no sirve a este último fin directamente, por ejemplo, como medio de reproducción de la fuerza de trabajo en los asentamientos de vivienda. A este respecto, Lefebvre (1991) expande concepto marxiano de producción para incluir no sólo las cosas en el espacio, sino el espacio mismo como el más general de los productos humanos (p. 219), y ya que los productos pueden ser también medios o instrumentos, el espacio también es la “más general de las herramientas” (p. 289).

En un sentido acotado, la arquitectura sólo sirve indirectamente en la producción como el lugar del proceso de trabajo. Sin embargo, el espacio social de la ciudad y la arquitectura han tenido históricamente un papel activo en dicho proceso. Para Lefebvre “la producción del espacio” es también un concepto que tiene un origen histórico determinado. Representa una nueva etapa (global) en el desarrollo del capitalismo en que la inversión en el espacio (sector inmobiliario) ha ido ganando cada vez más terreno a la inversión en la producción industrial clásica. Lefebvre (1991) sitúa esta transición como la consecuencia de un “salto cualitativo” en las fuerzas productivas de la sociedad, comenzando a partir del siglo XX (pp. 357-358). Este “salto adelante” de la tecnología, el conocimiento, la relación con la naturaleza y la organización del trabajo, ha abierto el camino para un desplazamiento desde la producción de cosas en el espacio (o mercancías) a la producción del propio espacio como una mercancía de vastas proporciones (Lefebvre, 1991, pp. 62-63). ¿Cómo y por qué esta importante revolución de las fuerzas productivas no se vio limitada por las relaciones de propiedad existentes y su superestructura (el Estado)?

Una posible respuesta tendría que ver con el llamado circuito secundario del capital,[4] “un circuito que corre paralelo al de la producción industrial, que sirve al mercado de bienes no durables, o al menos a aquellos que son menos durables que los edificios” (Lefebvre, 2003, p. 159). Este cambio se introduce, entre otras cosas, para hacer frente al estancamiento del circuito primario:

En esas condiciones tiene lugar un proceso “económico” que ya no responde a la economía política clásica y que altera las suposiciones de los economistas. Lo “inmobiliario” (junto con la “construcción”) deja de ser un circuito secundario, una rama anexa y rezagada del capitalismo industrial y financiero (…) El capitalismo ha tomado posesión del suelo; lo ha movilizado de tal modo que el sector pasa a ser central. Al tratarse de un sector nuevo se ve menos sometido a las diferentes trabas, saturaciones y dificultades que frenan las industrias tradicionales. El capital, pues, se precipita en la producción del espacio, abandonando la producción de tipo clásico referida a los medios de producción (máquinas) y bienes consumo. Este proceso se acelera al menor indicio de repliegue en los sectores “clásicos”. (Lefebvre, 2013, p. 369)

Siguiendo las ideas de Marx y Lefebvre, David Harvey (1985, p. 6; 2006, pp. 232-35) introdujo la idea de un entorno construido para la producción y otro para el consumo. El primero está compuesto por el capital fijo que puede ser un instrumento directo en el proceso de producción (bienes de producción durables, maquinaria, etc.) o la infraestructura física (condición previa) que hace posible el proceso productivo –que Harvey (2006) denomina como “capital fijo de tipo independiente” (fábricas, oficinas, talleres, etc.). El entorno construido para el consumo consiste en un fondo de consumo, que está compuesto por mercancías que son una ayuda para el consumo directo; pueden ser bienes de consumo durables (electrodomésticos, muebles, automóviles, etc.) o el marco físico en el que tiene lugar el consumo (casas, edificios, calles, etc.). A pesar de las objeciones que se han hecho a la reducción de Harvey del espacio social de la noción limitada de “entorno construido” (Gottdiener 1985, pp. 185-86), esta categorización permite una mejor comprensión del rol de la arquitectura en la producción del espacio. En este, parece inequívoco que la arquitectura es una forma de capital fijo (tipo independiente) o del fondo de consumo, sin embargo, la definición de la primera requiere mayor aclaración.

En el segundo volumen de “El Capital”, Marx introduce las categorías de capital fijo y capital circulante con el fin de entender los problemas asociados a la circulación de capitales en el proceso de producción, mientras que los conceptos de capital constante y capital variable los desarrolló para estudiar la producción de plusvalía (Harvey, 2006, pp. 207-8). Sin embargo, capital fijo y circulante no son tan evidentes como su nombre podría dar a entender. El capital fijo corresponde a la porción de capital constante (medios de producción) en el que una fracción de su valor permanece fija luego de terminado el proceso de producción, en lugar de transferirse al producto. El capital circulante es la parte del capital que transfiere todo su valor al producto en el curso de la producción (por ejemplo, las materias primas y auxiliares, la fuerza de trabajo, etc.) Como Marx (2008) señala:

[El capital fijo] no circula en su forma de uso, sino que solo circula su valor, y lo hace paulatinamente, de manera fragmentaria, a medida que pasa de esa parte del capital al producto que circula como mercancía. A lo largo de todo el tiempo en que estos medios están en funcionamiento una parte de su valor queda siempre fijada en ellos, autónoma frente a las mercancías que ayudan a producir. Por esta peculiaridad, esta parte del capital constante recibe la forma: capital fijo. En cambio, todas las otras partes constitutivas materiales del capital adelantado en el proceso de producción constituyen, por oposición a aquél, capital circulante o fluido. (p. 191).

Marx (2008) fue enfático en demostrar que estas dos categorías eran relativas a la función específica realizada por estos factores de la producción, y no propiedades de sí mismos; no coinciden precisamente con el carácter inmóvil o móvil de las mercancías: “Una casa, por ejemplo, cuando está funcionando como local de trabajo, es parte constitutiva fija del capital productivo; cuando lo hace como vivienda no es en absoluto forma del capital” (p. 246). Esto nos lleva de nuevo al problema del espacio abstracto. Si la arquitectura puede ser parte de los circuitos de capital, ya sea directamente (capital fijo) o indirectamente (fondo de consumo), ¿ocurre su proceso de abstracción de la misma manera en estos dos casos? A primera vista, no. Sólo la arquitectura que es capital fijo se encuentra restringida a los requerimientos espacio-temporales de la producción. Sin embargo, la arquitectura a menudo puede ser al mismo tiempo un medio de producción y un medio de consumo:

No es necesariamente el caso de que el capital fijo es capital que, en todos sus aspectos, no sirve para el consumo individual, sino sólo para la producción. Una casa puede servir tanto para la producción como para el consumo; del mismo modo todos los vehículos, un barco y una camioneta, pueden servir para excursiones recreativas, así como medios de transporte; una calle como medio de comunicación para la producción adecuada, así como para pasear etc. (Marx, 1973, p. 368).

Este doble aspecto fue dramáticamente acentuado por la arquitectura moderna. Un ejemplo concreto es la conexión entre las técnicas de gestión científica (taylorismo) y la arquitectura realizada por Christine Frederick (1923). A la manera de un funcionalismo avant la lettre, Frederick propuso una “agrupación eficiente” para un plan de cocina en la que todos los equipos se organizan de acuerdo con un orden secuencial del proceso de cocina para así ahorrar tiempo, imitando el modelo de la cadena de montaje popularizado por Henry Ford. Bajo la supervisión de Ernst May, la arquitecta austriaca Margarete Schütte-Lihotzky aplica este modelo a varios proyectos de vivienda social en Frankfurt en la década de 1920. Este tipo de estudios se hizo común en la Bauhaus. La gestión o administración científica implicó la racionalización y el disciplinamiento del proceso y la fuerza de trabajo. Junto con la subdivisión de este proceso en tareas simples y repetitivas, la arquitectura fue en consecuencia subdividida en sus diferentes funciones que reflejaban la división técnica del trabajo. Según Lefebvre (1991) la subordinación de la totalidad del espacio/arquitectura a las exigencias del capitalismo también exige la intercambiabilidad de todos sus componentes, por lo que la arquitectura comenzó a ser cada vez más estandarizada (p. 337).

A medida que la lógica abstracta del capital sale de la esfera de la producción y comienza a determinar todos los aspectos de la vida humana en los espacios cotidianos de la ciudad (con la ayuda de la arquitectura moderna), una lucha constante y constituyente se desarrolla “entre los intereses organizados en torno a un espacio social, como el sitio de los valores de uso sociales y el despliegue de relaciones comunitarias en el espacio, y en torno al espacio abstracto como el espacio del desarrollo inmobiliario y la administración pública –la articulación conjunta entre los modos económicos y políticos de la dominación” (Gottdiener, 1985, p. 163). Como veremos, esta lucha es más compleja que el modelo marxista simplificado de la lucha de clases derivado de la contradicción entre el capital (burguesía), el trabajo (proletariado) y la tierra (propietarios). En consecuencia, la cuestión del rol de los arquitectos en este proceso es crucial para entender la dimensión política de la arquitectura.

Tanto para Lefebvre (1991, p. 324n11) como para geógrafos como Edward Soja (1996), si la teoría marxista clásica de la transición de un modo de producción a otro no es suficiente para explicar la supervivencia del capitalismo, se debe a la indiferencia histórica y discursiva hacia el concepto de tierra (y por ende, el de espacio social) –una de las claves de la fórmula trinitaria de Marx.[5] La noción marxista clásica de las contradicciones sociales (esencialmente temporales) entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción, entre base y superestructura, o en términos generales, entre transformación y conservación, que bajo el capitalismo son aparentemente superadas, se extrapolan desde el nivel de las mercancías en el espacio a la mercantilización del espacio en su conjunto (Lefebvre, 1991, pp. 62, 357). Esto significa que la única manera en que las instituciones burguesas han logrado desarrollar las fuerzas productivas sin cambiar sustancialmente las relaciones de producción (y de propiedad) ha sido desplazando las contradicciones temporales y las crisis hacia el ámbito espacial como un “arreglo espacial” (Harvey, 1985, pp. 51-59).

Lefebvre sugiere que este paso de la producción clásica a la producción del espacio es lo que permite que las relaciones de producción puedan ser reproducidas a través del tiempo y el espacio en lugar de ser transformadas de manera fundamental (Lefebvre 1991, p. 325; 2003, pp. 20-21). Al expandir geográficamente el mercado a través de la inversión en urbanización y las exportaciones de capital, el capitalismo es capaz de superar temporalmente su tendencia intrínseca hacia la sobreacumulación, y por tanto aplazar las crisis (Harvey, 1985, pp. 8-10, 55-56). Este hecho se confirma, por ejemplo, en la función que los medios de transporte y comunicaciones han desempeñado en el capitalismo. Los capitalistas están interesados ​​en reducir el tiempo de producción, intercambio y consumo a fin de realizar ganancia en el menor tiempo posible. Para reducir los costos de circulación de las mercancías –y por tanto el tiempo de rotación del capital[6]– las tecnologías de transporte deben revolucionarse permanentemente, deben aumentar continuamente su velocidad y reducir su costo (Harvey, 1985, p. 36). Siguiendo las ideas de Marx (1973, p. 330), Harvey (1985) explica cómo los requerimientos temporales de la circulación de capital tienden a “aniquilar el espacio por medio del tiempo” (p. 37) –es decir, reducir las barreras espaciales a la circulación y así reducir el tiempo de producción e intercambio. Sin embargo, una gran contradicción surge cuando la única manera de hacerlo es, precisamente, mediante la expansión de la producción del espacio en forma de la infraestructura requerida por los nuevos medios de transporte. Así, para Harvey (1985), la tendencia a superar las barreras espaciales mediante la producción de nuevas y mejores infraestructuras se convierte en el último obstáculo: “el espacio sólo puede superarse a través de la producción del espacio” (p. 60). El capitalismo debe entonces necesariamente “destruir una parte de sí mismo para sobrevivir” (p. 60) y abrir nuevos canales para una mayor acumulación.

Además de esta contradicción central, Harvey identifica una tensión entre las fuerzas de la acumulación que tienden hacia la concentración de capital en la forma de vastos centros urbanos, y aquellas que tienden hacia la dispersión y la fragmentación. El primer caso es consecuencia de la creciente racionalización de la producción y la innovación tecnológica que permite liberar a la industria del anclaje a las fuentes directas de energía y materias primas y así reducir los costos derivados del comercio a largas distancias (Harvey, 1985, p. 40). El segundo surge de la naturaleza auto-expansiva del capital que tiende necesariamente hacia el intercambio universal en el contexto de un mercado mundial e interconectado. Por lo tanto, la concentración actúa como medio de racionalizar y reducir el tiempo de rotación del capital mediante la superación de las barreras espaciales y las distancias, mientras que la dispersión geográfica procede por expansión de los mercados, revolucionando constantemente el paisaje urbano (Harvey, 1985, pp. 41-42). Los espacios humanos y la arquitectura se convierten así de forma simultánea en las condiciones y la barrera a la acumulación de capital:

El paisaje geográfico producido y constituido por capital fijo e inmóvil [entorno construido] es a la vez la joya que corona el pasado del desarrollo capitalista y una prisión que inhibe el ulterior progreso de la acumulación precisamente porque crea barreras espaciales donde antes no había ninguna. (Harvey, 1985, p. 43)

Por lo tanto, las contradicciones temporales no son simplemente transferidas al espacio. La compleja dinámica espacio-temporal del capitalismo genera contradicciones a partir del espacio mismo, que no necesariamente se derivan de las temporales (Lefebvre, 2003, p. 19; 1991, pp. 331, 333). Por lo tanto, al hablar de una “teoría de las centralidades”, Lefebvre (1991) distingue entre las contradicciones en el espacio (históricas) y las contradicciones del espacio (p. 334).

Uno de los conceptos fundamentales para entender las contradicciones espaciales es el de renta del suelo. Marx (2009) definió la renta, en general, como “la forma económica específica, autónoma, de la propiedad de la tierra sobre la base del modo capitalista de producción” (p. 804). Según Gottdiener (1985), para Marx la renta es un “retorno a un factor de producción (la tierra o el suelo)” (p. 162), que no se corresponde con sus propiedades naturales o intrínsecas, sino con la manera en que las relaciones de propiedad privada funcionan al interior de una sociedad de clases. Más específicamente, Harvey (1985) define la renta monopólica (suelo urbano) como “el cobro realizado a través del poder monopólico sobre la tierra y los recursos conferido por la institución de la propiedad privada” (p. 63).

En su expresión más extrema, los arquitectos modernos intentaron “liberarse” de las restricciones específicas del suelo, elevando los volúmenes edificados por encima del suelo sobre lo que se conoce como pilotes (pilares), reforzando así la preservación de la declarada autonomía del nuevo espacio (Jameson, 1998, p. 30). Los arquitectos han desarrollado desde entonces diversas estrategias formales que, a pesar de los pretextos, tenían como objetivo final ocultar las limitaciones impuestas por la propiedad privada del espacio y la renta del suelo como “fórmulas que ocultan el problema detrás de cortinas de humo estético” (Tafuri y Sherer, 1995, p. 47). Lefebvre (2013) es lapidario en su apreciación del carácter ilusorio de estas estrategias formales:

A pesar de la objetividad aparente de los proyectos arquitectónicos, y a veces de la buena voluntad de los productores del espacio, los volúmenes se tratan objetivamente de una manera que reduce el espacio al suelo, a ese suelo poseído privativamente, del que el espacio construido no se emancipa sino aparentemente. Al mismo tiempo, este espacio es tratado como abstracción vacía, geométrica y visual a la vez. Ese vínculo (…) es una práctica y una ideología: una ideología de la que sus practicantes no son conscientes y que concretan en cada gesto que efectúan. Así pues, las pretendidas soluciones de la ordenación urbana imponen a la vida cotidiana las obligaciones de la intercambiabilidad, presentadas como exigencias naturales (normales) y técnicas, a menudo como necesidades morales (los requerimientos de la moralidad pública). (p. 372)

La arquitectura como ideología objetiva

Si nos atenemos a las tesis de Lefebvre, no tenemos más remedio que aceptar que la arquitectura es un producto social. Sin embargo, no es la mera invención de un individuo o grupos de individuos. No sólo es socialmente producida, sino que es la condición básica de su propio proceso de producción. Pero además esto: no sólo es condición de la producción social, sino que las relaciones sociales implicadas en el proceso constituyen tanto a los sujetos como al producto de su trabajo, los objetos.

La arquitectura es a la vez un producto de fuerzas materiales e ideológicas. Pero sería demasiado simple declarar que es el producto de la ideología de los arquitectos. Por el contrario, lo que el problema parece plantear es un proceso de doble ocultación, una que es prácticamente y materialmente real (intercambio mercantil), y otra que refleja esta realidad en el pensamiento, reforzándola, instituyéndola y naturalizándola. Esta doble ocultación de las relaciones de explotación (o relaciones de clase) asegura efectivamente la reproducción continua de sus condiciones materiales, asegurando la posición de la clase dominante y su control sobre los medios y los productos del trabajo.

La arquitectura se encuentra en un lugar extraño respecto a esta estructura social. Por un lado, es producto y condición del sustento de la vida y el trabajo humanos –y como tal, está sujeta al fetichismo de la sociedad burguesa, bajo la cual aparece como un objeto pasivo, neutral y puramente visual-espacial. Por el otro, es producida en concordancia con esta misma “realidad ilusoria” o fetichista que las instituciones y las industrias de la construcción internalizan en sus ideologías y representaciones, impactando así de nuevo sobre la producción material. Un edificio oculta el hecho de que es la objetivación de relaciones sociales, y su propio diseño reproduce y oscurece este hecho. Por lo tanto, el dilema está lejos de ser uno entre verdad o falsedad. La ideología no tiene su origen en la mente de los individuos, sino en sus relaciones sociales reales. En consecuencia, no puede entenderse simplemente como algo “impuesto” por instituciones superestructurales como el Estado, los medios de comunicación, las escuelas o universidades, sino que se deriva a partir de la forma básica en que la producción y el intercambio se organizan en el modo de producción capitalista. Este es justamente el terreno crucial en el que debe confrontarse, y no sólo al nivel de las “ideas”. Para ello, es fundamental no prestar mucha atención a los  discursos ideológicos de la arquitectura, que actúan como soluciones imaginarias de contradicciones reales o, como Tafuri señalara, como “fórmulas que ocultan el problema tras cortinas de humo estético” (Tafuri & Sherer, 1995, p. 47).

Tanto Lefebvre (1991, p. 54) como Allen (1999, p. 102) reconocen que no existe una correspondencia simple entre arquitectura y política, no existe una arquitectura intrínsecamente fascista o socialista, ni una arquitectura liberadora o represiva en sí misma. La arquitectura no puede ser ni política en sí misma, ni puede serlo a causa de sus usos políticos cambiantes. Pensar la arquitectura en términos de la “proyección” de una ideología en el espacio no sólo es desorientador sino que contribuye a una comprensión limitada y parcial de la dimensión política de la misma, reforzando así su rol establecido en el capitalismo. A este respecto, Lefebvre apunta directamente a la naturaleza política del espacio, y por lo tanto, de la arquitectura:

El espacio no es un objeto científico descarriado por la ideología o por la política; siempre ha sido político y estratégico (…) El espacio ha sido formado, modelado, a partir de elementos históricos o naturales, pero siempre políticamente. El espacio es político e ideológico. Es una representación literalmente plagada de ideología. Existe una ideología del espacio, ¿por qué motivo? Porque este espacio que parece homogéneo, hecho de una sola pieza dentro de su objetividad, en su forma pura, tal como lo constatamos, es un producto social. (Lefebvre, 1972, p. 46)

El hecho de que la arquitectura es objetivamente política desde el principio es innegable, pero necesariamente nos hace preguntarnos ¿cómo es política? ¿en qué términos? La declaración “es política” es problemática precisamente por estas razones, y necesita por lo tanto ser aclarada que de la manera más sintética posible. La arquitectura es tanto el resultado de, como la condición de las prácticas sociales, la vida social y la producción social. La práctica social es en sí misma política, ya que es un conjunto de relaciones sociales que organiza los individuos y grupos con el fin de producir la vida material. La arquitectura es la condición previa para que esto ocurra, y, al mismo tiempo, un resultado directo de la misma, por lo que controla y limita la forma en que estas prácticas funcionan y son organizadas. Se deduce entonces, que la acción política de la arquitectura reside tanto en la forma en que se produce y la forma en que se estructura y articula esa misma producción, ya sea directa o indirectamente –como medio de producción o medio de consumo. No hay duda de que todas las herramientas (incluido el espacio/arquitectura) poseen un carácter político. ¿Es político sólo su uso estratégico? No, son ellos mismos productos de la organización política y económica del trabajo muerto y vivo necesario para producirlos. Por lo tanto, la acción política del arquitecto depende en gran medida de las condiciones materiales que encuentra y que lo preceden y exceden su buena o mala voluntad, por lo tanto, su respuesta es limitada –aunque no agotada– por dichas condiciones, entre las que se incluyen las relaciones de producción, de propiedad y de clase.

Esta definición implica la refutación de los tres mitos: primero, que la arquitectura puede ser política en sí misma, aislada de la práctica social que la produce; segundo, que puede ser política sólo a través de su interpretación o utilización política; y tercero, que es la proyección o reflejo de algún sistema político o ideología –lo que deriva en la tautología de una “arquitectura política”.

Por su parte, Lefebvre (1976) descarta la eficacia social de la llamada superestructura cultural (filosofía, religión, estética, etc.) argumentando que las ideologías “prácticas”, que no se presentan como tales, son generalmente las más funcionales al sistema –por supuesto, se refiere al fetichismo de la mercancía (p. 12). Así, para Lefebvre (2013) el espacio no es simplemente el producto de la ideología:

¿Acaso el espacio suscita también una falsa conciencia? ¿Una ideología –o ideologías–? Podemos afirmar que el espacio abstracto, tomado junto con las fuerzas que operan en él, algunas de las cuales lo mantienen mientras otras lo modifican, implica efectos de falsa conciencia e ideología. Fetichizado, reductor de posibilidades, encubridor de los conflictos y las diferencias mediante la ilusión de la coherencia y la transparencia, el espacio abstracto opera ideológicamente. No deriva de una falsa conciencia o de una ideología, sino de una práctica. El mismo engendra su propia adulteración. (p. 423-24)

Finalmente, Lefebvre supo interpretar el aparente rechazo anti-utópico de Marx a toda prefiguración del comunismo que no se basara en el conocimiento científico del capitalismo, como un pensamiento utópico-dialéctico. Esto se comprueba en su idea de que la transición del capitalismo hacia la producción del espacio (moderno-capitalista) constituye la clave para el surgimiento de un nuevo modo de producción, y en última instancia, un nuevo espacio (y arquitectura):

Si es cierto que la producción del espacio se corresponde con un progreso de las fuerzas productivas (técnicas, conocimiento, dominación de la naturaleza), si por consiguiente, esta tendencia, llevada a su extremo (o dicho de otro modo, una vez franqueados ciertos límites), da lugar eventualmente a un nuevo modo de producción –que ya no sería el capitalismo de Estado, ni el socialismo de Estado, sino la gestión colectiva del espacio, la gestión social de la naturaleza, la superación de la contradicción naturaleza/antinaturaleza–, es obvio que ya no será posible hacer uso únicamente de las categorías “clásicas” -del pensamiento marxista. (Lefebvre, 2013, p. 158)

Si las bases de un nuevo espacio y arquitectura ya están presentes –en una forma alienada y fetichizada– dentro de la sociedad actual, entonces, se trata de ‘liberar’ ese potencial de la dominación de la división del trabajo y la propiedad privada capitalista. La tarea entonces, es descubrir en la producción actual de la arquitectura, en su práctica concreta, las semillas reprimidas de una nueva práctica arquitectónica, que será llamada a desafiar la producción capitalista del espacio y al mismo tiempo preparar el terreno para un nuevo espacio social, uno que no podrá fallar en transformar radicalmente las relaciones sociales, y viceversa.

 

Notas

[1] En su edición sobre “La producción del espacio”, Bo Grönlund (1993) conceptualiza dos transformaciones ontológicas del concepto de espacio en Lefebvre. La primera, conceptual, consiste en la triada de lo vivido, lo percibido y lo concebido, y la segunda, histórica, en el espacio absoluto, abstracto, y diferencial.

[2] He revisado estas teorías tempranas del espacio y su influencia en la teoría de la arquitectura moderna, ver (De Stefani 2009).

[3] Para una crítica desarrollada hacia este concepto de espacio desde la disciplina arquitectónica, ver (Morales 1969; Suárez 1986; Borchers 1968).

[4] Este circuito no debe ser confundido con aquel examinado por Marx en la Parte I del Volumen II de El Capital (capital dinerario, capital-mercancía, y los circuitos del capital productivo).

[5] Esta es la expansión de Marx sobre su modelo inicial del modo de producción capitalista (capital-trabajo) para incluir un tercer elemento, la tierra. La formula trinitaria comprende la tierra, el capital, y el trabajo. Lo que en su forma dineraria  corresponde a: renta, ganancia, y salario. Y en su forma de clase: terratenientes, burguesía, y proletariado. Ver (Marx, 2009, p. 1037)

[6] El tiempo de rotación del capital corresponde al tiempo de producción más el tiempo de circulación, ver (Harvey 1985, p. 36; Marx 1956, p. 90).

Referencias

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El Arquitecto Alienado

*Publicado en Revista La Paja Teórica y Ciudad Atmosférica

Por Patricio De Stefani                                                                                    DESCARGAR PDF

LowTide

Robert and Shana ParkeHarrison, The Architect’s Brother, Sentinels, Lowtide, 2000.

Hace un tiempo atrás, conversando sobre el estado de la arquitectura en Chile y su función en la actual estructura social, un colega y amigo hizo el siguiente comentario: “el arquitecto chileno es un sujeto escindido, disociado entre sus buenas intenciones y su práctica efectiva, una especie de esquizofrénico de personalidades múltiples y discordantes”. Sus palabras me quedaron dando vuelta… “¿No será un poco exagerado?”… “¡Pero si se han hecho y se siguen haciendo cosas buenas!”, y otras frases de tono similar podrían probablemente escucharse como hipotéticas respuestas. Pero más allá de las siempre diletantes y abstractas argumentaciones puramente psicológicas y/o moralizantes ¿Qué clase de sujeto es de hecho, objetivamente, el arquitecto chileno?

Quisiera referirme de manera breve, aunque sustantiva, a un fenómeno relevante que considero poco discutido entre los que se dedican a pensar y hacer arquitectura. La idea, simple pero no menor, de que los arquitectos, operando en una sociedad como la nuestra y al igual que otros sujetos sociales, son sujetos alienados. Como el breve espacio de este escrito no permite desarrollar los fundamentos de esta idea a cabalidad, procederé a exponer una serie de conclusiones que se derivan de argumentos a la espera de su explicitación futura.

Asimismo, me he dado la libertad de trabajar sobre una noción de imaginario quizás algo distinta de lo que plantea la editorial. Lo que propongo es pensar el imaginario que los propios arquitectos y los sujetos vinculados a su que-hacer, construyen de sí mismos. Entenderé por imaginario entonces a la dimensión ideológica (en sentido moderno) de la arquitectura, y por ésta, a las formas de conciencia que se derivan de las contradicciones prácticas y reales de la sociedad. Dicho de otra manera, la ideología es el cuadro que la arquitectura ilustra de sí misma, la representación imaginaria –aunque real en sus efectos– que los arquitectos construyen respecto de las condiciones materiales-sociales que los constituyen y en las que operan.

Pretendo describir, de manera bastante libre, ciertas apreciaciones sobre la categoría “sujeto-arquitecto”. Entiendo por “sujeto” algo que trasciende a las conciencias individuales y que es un producto social e histórico. Son sujetos los profesores, los jóvenes, los trabajadores, etc. No así Juanita Pérez, una ONG, la clase “alta” o “media”, etc. que corresponden a individuos,  grupos de individuos, o estratos sociales, respectivamente. Me referiré más bien al arquitecto como función social, como forma de conciencia, histórica e institucional, más que a arquitectos, grupos, escuelas, o prácticas profesionales particulares. La propuesta es simple: entender de qué manera el arquitecto chileno es un sujeto alienado. Con esto no me refiero a una condición psicológica o moral –a menudo asociada al concepto de alienación– sino más bien a una situación práctica y objetiva que deriva en ciertas formas de conciencia sobre su función en lo social y sobre sí mismo. No me interesa, por tanto, meramente contemplar o criticar estas formas, sino más bien, exponer sus raíces sociales. Planteo que esta situación, aparte de seguirse de condiciones sociales generales, es particularmente consecuencia de dos hechos: el carácter de su formación doctrinal o disciplinar, y la forma que toma su práctica profesional. El primero se debe principalmente a una extrema burocratización y profesionalización de la enseñanza en general y de la arquitectura en particular. El segundo se debe a la inhabilidad del arquitecto (consecuencia de su formación académica) para relacionarse crítica y auto-críticamente (en teoría y práctica) con la realidad social de la que es parte integrante.

Pero estas afirmaciones descansan sobre ciertas premisas que conviene explicitar. Primero, supongo que el arquitecto, en tanto sujeto e individuo, es un producto social de las condiciones materiales existentes en las que desenvuelve su práctica, y no a la inversa. Segundo, que su actividad y su conciencia están determinadas por el modo de relación que establece con dichas condiciones. Tercero, que esta relación queda fijada por la modalidad de práctica arquitectónica en la que efectivamente se desenvuelve, y no por la conciencia que tenga o crea tener de esa práctica (imaginario como ideología). Cuarto, que es arquitecto no el profesional o el académico de arquitectura, no el que realice muchos proyectos u obras (relevantes o no), ni siquiera el que sea reconocido como tal por la sociedad o institución en la que opera, sino quien sea capaz de realizar, colectivamente, la acción arquitectónica fundamental que es transformar al individuo en objeto de la obra de arquitectura, pasando ésta a jugar el rol de sujeto activo y determinante. No me detendré en la evidente elaboración que requiere este último punto.

Para entender el sentido del concepto de alienación es necesaria una mínima comprensión de otros conceptos asociados como objetivación, extrañamiento, enajenación, cosificación, reificación, fetichismo.[1] Como dije, no me detendré en explicaciones generales y pasaré a ejemplificar directamente en el campo de la arquitectura. Si pensamos en la relación entre realidad social y academia,  son relevantes dos tendencias generales que se expresan de manera particular en la enseñanza de la arquitectura: la “burocratización” y la “profesionalización” del conocimiento.[2] Por burocratización, entiendo al proceso mediante el cual la producción de conocimiento es sistemáticamente transformada y legitimada como un fin en sí mismo, es decir, como un mero instrumento de la reproducción académica, un instrumento de legitimación de conocimientos más que de su generación. O bien, esta producción es instrumentalizada hacia un fin ajeno a su propia naturaleza –que no es la erudición, sino que los nuevos conocimientos sirvan para vehiculizar una práctica concreta. Este segundo caso da paso a la profesionalización del conocimiento, o su instrumentalización en un saber tecnocrático o pretendidamente pragmático, funcional al poder político y/o económico.

Ambas tendencias apuntan hacia una creciente “cosificación” del conocimiento. Esto quiere decir que los conceptos pasan a ser entendidos como “cosas” autónomas y no como relaciones, hecho del que se siguen consecuencias teóricas y prácticas. Un ejemplo de esto podría ser la fuerte concepción “espacialista” que domina la formación del arquitecto chileno –herencia de las teorías de la arquitectura moderna derivadas de la psicología experimental, como también el creciente uso acrítico de medios digitales. Bajo esta noción, el espacio se entiende simplemente como cosa, como volumen o vacío neutral, pasivo, dado, visual y apolítico, divorciado de las prácticas sociales que lo producen –es decir, independiente del acto de la producción, o el trabajo como la constante histórica constitutiva del ser humano y su mundo. Este hecho lleva a entender la arquitectura no como una relación de mediación entre el organismo humano y su medio circundante, sino como un mero “soporte de actividades” sobre el cual la vida “sucede”. Esta base epistemológica se puede pensar como análoga a la de las ciencias sociales y la economía “convencionales” –por contraposición a su concepción “política”. La teoría es entendida aquí como externa y autónoma de la realidad social, produciendo una escisión insalvable entre el sujeto o individuo que conoce y el objeto conocido. La realidad social adquiere así un carácter de cosa –simple o compleja– pero más bien dada y naturalizada. Si la realidad es dada y no producida socialmente, se sigue que no es posible ni necesario conocerla para transformarla de manera práctica, sino que sólo interpretarla de manera teórica.

Pero el fenómeno de la “cosificación conceptual” solo puede explicarse como consecuencia de la cosificación de la realidad misma, y ésta, a su vez, como efecto de la enajenación que implica el sistema de trabajo asalariado (extracción de la plusvalía producida por el trabajador directo, presentada como un intercambio válido y “equivalente”). Los arquitectos producen representaciones de objetos o “diseños” que pueden o no ser construidos por otros, y su formación se centra en este hecho. Si entendemos que “el producto del trabajo es trabajo encarnado en un objeto y convertido en cosa física” y que “la realización del trabajo es, al mismo tiempo, su objetivación”[3], tenemos que el arquitecto objetiva, es decir, convierte su trabajo subjetivo –concebir proyectos– en un objeto. La forma particular que toma la objetivación en una sociedad capitalista globalizada como la nuestra, es una en que el objeto producido (mundo humano) se vuelve ajeno y extraño al sujeto que lo produjo, a tal punto, que es dominado por éste como un “poder objetivo”: las mercancías. La objetivación, la producción humana encarnada en los objetos que produce, se convierte entonces en enajenación: el producto es apropiado precisamente por el sujeto que no lo produjo, pero que sin embargo controla la producción y distribución del producto. En el caso de la arquitectura, la enajenación consiste principalmente en dos aspectos: enajenación del producto y enajenación de la práctica del arquitecto. En el primer caso, el objeto producido por el arquitecto es subordinado a motivos y fuerzas completamente ajenas a su quehacer, haciéndolo aparecer como autónomo respecto de las relaciones sociales. En el segundo, la propia actividad productiva del arquitecto es entendida como un requerimiento externo al cual se le debe dar “solución arquitectónica”, por lo que la arquitectura es concebida no como causa de su que-hacer reflexivo y práctico, sino más bien como una consecuencia, algo a lo que se debe “llegar”.

El primer punto implica que el sujeto-arquitecto es impedido de reconocerse en su propia creación, por el hecho de que ese producto –en tanto mercancía elaborada para su intercambio en el mercado– escapa a su voluntad y lo niega al pertenecer a una estructura social de clases a la que el arquitecto no puede hacer nada más que subordinarse. Los proyectos deben “responder” a demandas de diverso tipo, a menudo presentadas como “necesidades” naturales o morales que, sin embargo, terminan siendo ajenas al cumplimiento de lo propio del arte de la arquitectura: articular la relación entre el organismo humano y su medio circundante de manera determinante y activa. La obra arquitectónica, en lugar de ser entendida desde la humanidad que contiene (el trabajo de todos los involucrados en su producción, incluyendo al arquitecto), se cosifica como un objeto en sí mismo, un mero “soporte” o “contenedor”, velando el hecho de que la “cristalización” del trabajo humano que da como resultado esa obra es, de hecho, el proceso vital que la constituye socialmente. El arquitecto pierde así el control sobre su propia creación y, peor aún, no sólo él debe vivir con este hecho, sino que el resto de la humanidad experimenta su medio como algo ajeno y mas allá de su control. Producimos un mundo humano (compuesto de relaciones productivas, de intercambio, instituciones sociales, y entornos físicos correspondientes) que experimentamos como dado e inamovible, como natural. Nuestro mundo parece determinado por fuerzas impersonales –mercado, capital, dinero, estado, etc.– sobre las que no tenemos incidencia alguna, a pesar de que son sólo el producto de nuestra propia actividad.

Dado que nos interesa por sobre todo la situación objetiva de la alienación –y no como fenómeno psicológico– la enajenación y cosificación del proyecto/obra sólo pueden comprenderse sobre la base social de una práctica enajenada de la arquitectura. Esto quiere decir, que la relación del sujeto-arquitecto con su propia práctica profesional es experimentada como ajena a su control. La práctica arquitectónica es entendida como un mero “servicio”, como la satisfacción de necesidades y/o carencias sociales. Esto se da a tal punto que se entiende como algo obvio y por ende, incuestionable. Sin embargo, hasta el más incipiente análisis que considere la práctica efectiva de la arquitectura –y no simplemente su apariencia ideológica– revela el hecho de que los proyectos/obras son concebidos primariamente para ser transados en el mercado en la forma de renta de bienes inmuebles, y sólo como consecuencia de este hecho poseen un valor de uso. La actividad del arquitecto resulta así en una inversión de los términos, en la cual el sujeto creador no utiliza los medios y condiciones de trabajo a su voluntad, sino al contrario, éstos lo utilizan a él. El sujeto es convertido en objeto de las condiciones sociales en las que se desenvuelve, es objetivado y luego cosificado, producido por condiciones que escapan a su voluntad. Al mismo tiempo, estas condiciones, que son el producto de su actividad, son subjetivadas, personificadas como si fueran autónomas y contaran con un poder intrínseco.

Operando en esta sociedad, y dejando de lado los idealismos románticos y éticas ilustradas que caracterizaron a la arquitectura del siglo XX, el arquitecto es básicamente un productor de mercancías. Deslumbrado por ilusiones estéticas convertidas en fetiches que adornan las publicaciones especializadas con un aire de autocomplacencia, el arquitecto concibe su actividad como la de un creador libre y autónomo, un sujeto pretendidamente culto y crítico. Sin embargo, la práctica concreta lo revela como un sujeto totalmente subordinado a las disposiciones de un espacio determinado por la clase social que posee control absoluto sobre la división del trabajo y, por ende, libre usufructo sobre la propiedad privada de los instrumentos de trabajo (máquinas, fábricas, oficinas, etc.). Hay que aceptar fría y lúcidamente el hecho de que el arquitecto no produce para sí mismo ni para el “ser humano” en general, sino que para una clase social en particular, y sus proyectos/obras reflejan esta situación.

La alienación objetiva del arquitecto consiste en que durante su propia actividad productiva, y como resultado de ésta, él mismo resulta cosificado, es decir, auto-enajenado. Incapaz de hacerse responsable de sus actos, queda fuera de sí, alejado de su propio ser, subordinado a fuerzas que no comprende y, peor aún, no sabe que no comprende. Pero esta conclusión depende de una premisa que no muchos están dispuestos a aceptar: el hecho objetivo de que las sociedades capitalistas se han constituido y se constituyen de manera violenta, sobre una relación de explotación que genera una estructura de clases sociales con intereses contradictorios, y la producción de la arquitectura juega un rol no menor dentro de este proceso. La arquitectura es parte de esta violencia estructural e institucionalizada: la violencia de la vivienda social, de los proyectos inmobiliarios que destruyen impunemente barrios enteros, de mega inversiones privadas o públicas concebidas únicamente a partir de criterios de rentabilidad económica o cultural. De esta manera, el arquitecto chileno parece distribuirse sobre distintas opciones: en el mejor de los casos se retrae hacia un fenomenologismo reaccionario y pretendidamente autónomo, o bien hacia la impotencia de nuevas formas de moralidad que se asemejan a una “ética de negocios” (construcción “responsable”, sustentable o ecológicamente “respetuosa”); y, en el peor, se subordina a las necesidades creadas de una industria cultural multinacional (bajo pretextos autorreferenciales), o bien se resigna con descaro ante los dictados de la especulación inmobiliaria.

Esta situación de alienación da lugar a una forma de conciencia fundamentalmente cínica. El mundo académico es especialmente susceptible a desarrollar ésta en base a una actitud “hipercrítica” donde se pierde contacto con la realidad social y donde la crítica misma se “academiza” en estériles debates pseudo-filosóficos que sirven meramente para glorificar autores o ideas en sí mismas, desplazando y ocultando la situación real de la arquitectura. Argucias retóricas o estéticas que defienden el bien común al interior de las universidades mientras lo destruyen en las prácticas profesionales. Este cinismo se presenta a veces como un nihilismo radical y paralizante, un desencanto general hacia la posibilidad de transformación de las condiciones materiales-sociales de la práctica arquitectónica. Si la relevancia social de la arquitectura es inversamente proporcional a su abstracción, su academización, y su mercantilización, ¿a qué puede aspirar realmente ésta en una sociedad capitalista globalizada, más que a subordinarse servilmente a ilustrar el imaginario de las clases dominantes, capitalista o burocrática?

La práctica enajenada de la arquitectura sólo puede superarse a partir de la práctica misma, y no desde una teoría o un “cambio” en la conciencia. La reducción de la obra de arquitectura a un problema puramente estético, funcional, constructivo, sensorial, o cultural cumple la función política de ocultar su origen socialmente producido e históricamente situado. El campo de actuación de la arquitectura no puede reducirse entonces a lo puramente material o perceptual, la obra actúa fundamentalmente a un nivel social o colectivo, es producto e instrumento de la práctica social. La condición alienada del arquitecto chileno, que se deriva de la burocratización de su formación disciplinar y la enajenación de su práctica profesional, solo puede ser superada por medio de la transformación radical de la práctica arquitectónica, entendida ésta como un determinado modo de relación que el arquitecto establece con las condiciones materiales-sociales en las que se encuentra inmerso. Salir de la situación de alienación y enajenación sólo puede ser un proceso fundamentalmente político y social.  La acción política en arquitectura debe tener lugar primero al nivel de sus métodos de producción y debe necesariamente ir más allá de los límites de la propia disciplina.

Sin renunciar a su autonomía, la arquitectura debe salir de sí misma para desentrañar las condiciones materiales de su propio proceso social de producción, no sólo con el objeto de comprenderlo teóricamente, sino de transformarlo prácticamente, orientándolo de manera estratégica hacia un horizonte de superación del capitalismo y sus prácticas arquitectónicas enajenadas; abriendo así la posibilidad a una sociedad en que la explotación y la lucha de clases no determinen la producción y reproducción de la vida, en que la división social del trabajo sea superada y el producto social sea administrado por sus propios productores, dando lugar a una arquitectura que no sea determinada por los requerimientos abstractos del capital, la renta, o la burocracia encubiertos bajo esteticismos triviales y falso confort programado.

Notas

[1] La diferencia conceptual entre estos conceptos no ha sido hasta ahora tratada de manera sistemática en la tradición del pensamiento marxista. Estos se derivan de los conceptos hegelianos de Entäusserung (exteriorización) y Entfremdung (extrañación). Me apoyo en las aclaraciones que hacen al repecto Bertell Ollman, Carlos Pérez Soto, y Henri Lefebvre.

[2] Utilizo aquí la distinción que Lefebvre hace entre saber (savoir) como una mezcla entre conocimiento, ideología y poder; y conocimiento (connaissance) como práctica intelectual autocrítica, global e histórica. Ver: Henri Lefebvre, The Production of Space, trans. Donald Nicholson-Smith. (Oxford: Blackwell Publishing Ltd, 1991), 367-68, 10n16.

[3] Karl Marx, “Manuscritos Económico-Filosóficos”, en Marx y su Concepto del Hombre, por Erich Fromm. México Fondo de Cultura Económica, 1970), 105.

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La Posibilidad de una Práctica Revolucionaria de la Arquitectura (Introducción + Conclusiones)

Por Patricio De Stefani                                                                                        DESCARGAR PDF

Abstract

La arquitectura siempre ha estado ligada a procesos de transformación y reproducción social. Los arquitectos han intentado desafiar estructuras sociales en el pasado, pero esta tendencia parece estar en plena decadencia, ¿Es posible todavía una práctica emancipadora de la arquitectura? ¿Qué impide que la arquitectura forme parte de transformaciones radicales en lo social y espacial? Para saber si aún puede tener una función progresiva en la sociedad, su relación material con el capital debe ser desentrañada. El cuerpo humano activo, el trabajo abstracto, el espacio abstracto, el capital fijo, la propiedad del suelo, y la renta son conceptos fundamentales para entender la lógica espacial del capitalismo. Esta investigación examina estos aspectos teóricos en su relación con el edificio UNCTAD III en Chile, uno de los últimos intentos de oposición a la producción capitalista del espacio. A través de este caso, preguntas sobre el rol de la arquitectura en la sociedad capitalista y cuáles son las posibilidades de una práctica alternativa en nuestras condiciones actuales, pueden ser abordadas. Una alternativa radical a través de la arquitectura debe reconocer tanto su autonomía como su dependencia de las ciudades producidas por el capitalismo, si pretende plantear cambios concretos.

Palabras clave: Capitalismo, Producción de la Arquitectura, Espacio Abstracto, Práctica, Utopía, Revolución, Emancipación

Indice

Introducción

Parte I: La Base Material de la Arquitectura                                                          

1 Las Relaciones con la Naturaleza

2 El Orden Artificial

3 La Arquitectura de los Actos y la Abstracción del Trabajo

Parte II: La Producción de la Arquitectura en el Capitalismo

4 La Producción Social de la Arquitectura

5 Abstracción Real: La Arquitectura como Capital

6 Lo Formal: La Arquitectura como Mediación Política

Parte III: UNCTAD III y la Dialéctica de la Derrota

7 1971, Utopía: Industria, Modernismo, y Lucha de Clases en la Vía Chilena al Socialismo

8 1973, Tragedia: La Utopía Neoliberal y la Vía al Posmodernismo

9 2010, Farsa: GAM y el Aplanamiento de la Historia como Espectáculo

Conclusiones: ¿Una Arquitectura Revolucionaria?

—◊—

Introducción

Tarde o temprano en su formación o en su práctica, todo arquitecto se ve obligado a confrontar un peculiar dilema: para proyectar lo posible tiene que pensar en lo imposible. En otras palabras –y quizá sin saberlo–, debe imaginar algo que parece imposible con el fin de abrir paso a nuevas posibilidades. Si evita esto, sus visiones y diseños serán frustrados por el presente: repetirán sin cesar lo existente, o solo lo modificarán trivialmente, haciéndolo aparecer como algo nuevo, o de lo contrario, regresarán nostálgicamente a un pasado añorado. No serán proyecciones en sentido estricto, no engendrarán alternativas posibles. Al desafiar lo que parece posible, el arquitecto se da cuenta de que sus ideas no son realmente suyas, de que vive en una realidad social en la que desempeña un rol como cualquier otra persona. Sus percepciones y pensamientos acerca de esa realidad están condicionados por su posición en ella, y ésta es la verdadera fuente de sus puntos de vista sobre la arquitectura, de las cuestiones que debiera abordar con más urgencia, los objetivos hacia los que debiera apuntar y los métodos más adecuados para alcanzar dichos objetivos.

Este conflicto interno entre lo que parece ser posible o imposible en el horizonte espacial y temporal de una sociedad determinada revela una tensión permanente en la arquitectura: por un lado, no puede evitar la proyección de un posible estado de cosas, y por ende, la transformación de una realidad dada y, por otro, es la expresión de lo más ‘fijo’ en una sociedad: su estructura social, sus relaciones de propiedad, el Estado, etc. La presente investigación examina esta dialéctica con el objetivo de evaluar las posibilidades que la arquitectura tiene de transformar radicalmente una realidad establecida en lugar de reproducirla pasivamente. Este problema forma la primera etapa de un proyecto de investigación más amplio, que intenta sentar las bases de una teoría y práctica conjunta entre arquitectura y praxis política. Este proyecto discutirá que uno de los aspectos más decisivos en una obra de arquitectura es el modo en que el arquitecto se posiciona en relación al mundo que habita. El arquitecto debe ser ante todo un ser humano situado, totalmente orientado y consciente de su papel en la historia (el tiempo), el espacio y la sociedad. Se plantean tres preguntas fundamentales: ¿Dónde nos encontramos hoy? ¿Qué se debe hacer? ¿Cómo debe hacerse? Cada una de estas preguntas apunta hacia diferentes etapas de la investigación, de las cuales la presente corresponde a la primera: para saber en qué tipo de realidad vivimos y cuál es nuestra posición y el rol en ella, tenemos que analizarla críticamente. Para poder evaluar la posibilidad de una  práctica arquitectónica que pretenda no sólo la mera “crítica” hacia nuestro actual sistema social (capitalismo global), sino que además cumplir un papel activo en la lucha por su transformación radical, se requiere esclarecer su función concreta dentro de dicho sistema. Esto implica un análisis del rol que la arquitectura cumple en el capitalismo, con el objetivo de demostrar su relación estructural, y evaluar el caso del edificio de la Tercera Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD III) en Chile como un intento concreto por desafiar dicha relación.

I

Para saber si la arquitectura puede todavía tener una función progresiva en la sociedad capitalista, es necesario desentrañar su relación concreta con el capital. Como explicaré más adelante, a mi parecer la forma más adecuada de hacer esto es: en primer lugar, examinar la forma abstracta o más pura de dicha relación, en contraposición a su investigación histórica; segundo, poner el estado actual de la práctica arquitectónica en perspectiva a través del análisis de un punto de inflexión crucial en su historia. La primera premisa supone un conocimiento suficiente sobre la relación de la arquitectura con cualquier tipo de sociedad –es decir, su relación universal con la práctica humana. Es evidente que una aproximación histórica a este problema supera el alcance de este trabajo, ya que probablemente requeriría un estudio comparativo de la evolución de la arquitectura desde el surgimiento del capitalismo. Se deduce entonces, que la segunda premisa debe subordinarse a la primera, es decir, se procederá de lo abstracto a lo concreto, progresivamente.

Las cambiantes relaciones entre el medio ambiente humano y las prácticas que incesantemente lo producen y modifican, parecen estar en el centro de investigaciones relativamente recientes sobre el espacio, la economía y la política. En general, estos trabajos se centran en el hecho de que la arquitectura se interpone entre nosotros y la sociedad-naturaleza, es decir, nuestras relaciones como seres individuales y sociales están siempre mediadas por el mundo artificial que nosotros mismos hemos creado. A pesar de que en los últimos cuarenta años el capitalismo se ha expandido a una escala imprevista y ha impregnado casi todos los aspectos de la vida humana, los arquitectos en general parecen más cómodos que críticos hacia éste –ver la reciente evolución de firmas de arquitectura multinacionales y su maridaje con el establishment académico. Las posibilidades tecnológicas abiertas por este proceso son recibidas de manera apologética, sin tener plenamente en cuenta sus bases económicas y sociales. La falta de estudios de arquitectura que cubran sistemáticamente estas cuestiones podría ser vista como un síntoma de la forma misma que esta relación entre arquitectura y capitalismo toma en la esfera de la cultura.

Desde el punto de vista de la fenomenología, las obras de Van der Laan (1983, 1960, 2005), Uexküll (s. f.; 1957; 1926, 2010), y Borchers (1968, 1975) intentan construir una ontología de la arquitectura –es decir, una teoría de sus bases fundamentales, más allá de consideraciones históricas o contingentes. Este enfoque fenomenológico y biológico se centra en la percepción humana, la acción y el rol del cuerpo en la configuración de nuestro mundo. Lefebvre (1991; 2004) también ha intentado restaurar el cuerpo humano como productor del espacio y la arquitectura a través de su actividad. Estudios relativamente recientes en la materia, criticando y contrastando el impacto de la cultura de consumo y de la imagen, han sido desarrollados por Pallasmaa (2005, 2007, 2009), que analiza el sesgo visualista y autorreferencial de la arquitectura moderna, posmoderna y contemporánea. Las ideas de Marx (2011) y Heidegger (2011) también tienen relevancia al estudiar cómo el cuerpo humano a través de su movimiento y trabajo capta el mundo que lo rodea con el fin de intervenirlo continuamente para ajustarlo a sus necesidades.

Durante la segunda mitad del siglo XX una serie de teorías relacionadas con el papel del espacio, las ciudades y la arquitectura en la sociedad capitalista han cuestionado críticamente las diferentes actitudes que los arquitectos han adoptado en relación con la realidad global del capitalismo. Estos temas han sido ampliamente investigados en las ciencias sociales. En de la teoría de Marx (1968, 1859, 2011), el materialismo histórico ofrece un marco para el análisis científico de la sociedad a través de su método dialéctico. Sobre la base de la economía política marxiana, el trabajo de Lefebvre y Harvey han reinstalado la relevancia del espacio en la reproducción de este sistema social, contrastando con teorías marxistas previas más ortodoxas, que tendían a subestimar su importancia. El trabajo de Lefebvre (1991, 1976, 1976, 1983, 2003) ha sido una fuente importante para geógrafos, urbanistas y arquitectos, así como diversos movimientos sociales. Lefebvre plantea preguntas críticas acerca de la naturaleza del entorno construido e introduce una historia del espacio abstracto, o el espacio específico producido por el capitalismo. De particular interés es su intento por desarrollar las ideas de Marx en una “teoría de la economía política del espacio”. También siguiendo las ideas de Marx, Harvey (1985, 2005) desarrolla una teoría del desarrollo geográfico desigual del capitalismo, en el que se analiza el papel de los procesos de urbanización en el desencadenamiento o desplazamiento de las crisis económicas.

El amplio campo de la Teoría Crítica, comenzando por Marx, Weber y Freud, seguido por el Marxismo Occidental y la Escuela de Frankfurt, llegando hasta la Teoría Cultural y los Estudios Culturales, colocan al frente problemas sobre la relación entre ideología y práctica social. Teorías más recientes se centran en el problema del espacio, que a menudo ha sido minimizado por los enfoques clásicos. Jameson, por ejemplo, analiza el posmodernismo como la forma cultural del capitalismo, así como el papel de la utopía y la temporalidad en la política, la cultura de masas y la arquitectura (1991, 1997, 1998, 2005). Harvey (1989) también analiza estos temas centrándose en la dialéctica entre base y superestructura, especialmente en el paso de la modernidad a la posmodernidad. Lefebvre (1995) analiza críticamente la modernidad en toda su ambigüedad política y estética. Eagleton (1991) y Žižek (1994) restablecen la teoría de la ideología, sobre todo en su nivel ‘cotidiano’ o del fetichismo de las relaciones mercantiles.

La crítica radical de las diversas ideologías arquitectónicas y su rol en la reproducción y legitimación del capitalismo ha sido investigada por Tafuri y Aureli. Desde el punto de vista histórico, Tafuri (1998, 1976, 1980) es conocido por plantear una crítica radical de las ideologías arquitectónicas tanto modernas como posmodernas. Más recientemente, Aureli (2008, 2011) ha realizado contribuciones relevantes al estudio de las relaciones entre política y arquitectura, primero, relacionando el movimiento marxista autonomista italiano de finales de los 60 con las teorías arquitectónicas de Aldo Rossi y Archizoom, y segundo, estableciendo el papel de lo formal y del proyecto en relación a la dimensión política de la arquitectura. Leach (1999) y Le Corbusier (1986) han abordado directamente la relación entre arquitectura y revolución. El primero desde los puntos de vista del Marxismo Occidental y la teoría de Foucault sobre la relación entre espacio, poder y saber; y el segundo, desde un singular enfoque sobre el papel de la arquitectura en una revolución social.

II

Hay varias cuestiones que no son claramente establecidas o tratadas por los autores mencionados. Con su enfoque en el lenguaje, el discurso y la relación entre poder, saber y espacio, la crítica radical de las ideologías arquitectónicas no capta el nivel de la experiencia corporal de la arquitectura y su crítica, y a menudo se mantiene dentro de un enfoque idealista y abstracto respecto a los problemas de la arquitectura. Por otro lado, los enfoques fenomenológicos, en su intento por recuperar el cuerpo humano en una experiencia arquitectónica no alienada o no reductora, con frecuencia pasan por alto las cuestiones relativas a la práctica social y la historia, y caen en la pretensión utópica de que el cuerpo se puede restaurar únicamente por las lecciones de la arquitectura humanista, táctil y multisensorial de épocas pasadas (véase Jameson 1997, 252-54, 1998, 442). Las teorías críticas y culturales sí afrontan la problemática social, pero a menudo descuidan la importancia de la economía y de las relaciones materiales en la producción del espacio/arquitectura. Este problema es abordado por la economía política marxista no-ortodoxa, sin embargo deja de lado la cuestión fenomenológica o subestima el nivel ideológico. Lo que a menudo falta en todos estos campos es el nivel concreto de la obra de arquitectura, abordada desde un punto de vista social y material. La fenomenología minimiza el aspecto social, mientras que la teoría crítica y la economía desestiman el lado perceptual del análisis. En consecuencia, varias preguntas pueden ser planteadas, por ejemplo: ¿Cómo una obra de arquitectura actúa sobre nuestra percepción y relaciones sociales? ¿Dónde reside la dimensión social y política en una obra de arquitectura? ¿Se limita la relación concreta entre arquitectura y capital a ‘restricciones externas’ sobre una práctica arquitectónica que de lo contrario sería más ‘libre’? ¿O se encuentra incorporada desde siempre en el proceso interno de su producción?

Pareciera que la pregunta que lógicamente articula estos problemas es ‘¿puede haber una arquitectura revolucionaria?’ –de la misma manera como se podría pensar en una política, movimiento, o incluso una prensa revolucionaria. Sin embargo, esta formulación oculta una problemática subyacente: ¿Puede la arquitectura ser política en sí misma? ¿Pueden los arquitectos tomar acción política a través de su arquitectura? ¿Requiere esto reducirla a un mero instrumento político o de propaganda? ¿No es ya uno? Por otra parte, la revolución es un proceso social complejo que incorpora muchas relaciones en diferentes niveles, por lo que no puede decirse que esté ‘contenida’ en las propiedades internas de un objeto. Una formulación alternativa de esta pregunta sería ¿Puede haber una práctica arquitectónica revolucionaria? De esta manera, el foco se desplaza de un objeto hacia la práctica social responsable de su producción.

Estas preguntas pueden ser reformuladas y organizadas a lo largo de la contradicción interna de la arquitectura entre cambio y replicación identificada anteriormente. Si la arquitectura está intrínsecamente ligada a imaginar un futuro, entonces siempre implica una transformación o bien una reproducción de una realidad existente. Sin duda, esta es una formulación altamente abstracta –ya que ambos polos denotan ‘extremos puros’ que no se encuentran en la realidad concreta–, aunque sin embargo nos permiten circunscribir el objeto de estudio. Antes que puedan formularse preguntas acerca de la revolución o la reproducción, una pregunta clave sobre las posibilidades y límites de la práctica arquitectónica debe guiar y estructurar nuestro análisis: de cara al capitalismo global y el supuesto desvanecimiento de cualquier alternativa viable a éste ¿Cuál debería ser el rol de la arquitectura en las ciudades producidas por el capital? Luego de la decadencia de la arquitectura moderna, junto con los ideales sociales y políticos que la sostenían ¿Es posible todavía una práctica emancipadora de la arquitectura? Dos opciones lógicas se abren a partir de esta pregunta primordial: si la respuesta hipotética es No, una segunda pregunta sería: ¿Qué impide que la arquitectura forme parte de transformaciones radicales en lo social y espacial? Y si la respuesta especulativa es Sí, una tercera pregunta puede ser lógicamente formulada: ¿Puede la arquitectura tener un papel en la transformación social? ¿Cómo?

III

Los criterios para selección del caso de estudio son una combinación de varios factores. La primera premisa fue concentrarse en una determinada práctica u obra de arquitectura, ya que la pregunta principal apunta hacia el ámbito del proyecto en lugar de problemas urbanos más amplios –aunque de ninguna manera pasando por alto la interacción entre ambos. El problema inicial fue encontrar una obra de arquitectura que, o bien encarnara la acumulación de capital (industrias, centros comerciales, oficinas, suburbios, etc.), o bien la desafiara (sindicatos de trabajadores, edificios constructivistas, etc.). Sin embargo, este enfoque tipológico limita la problemática al punto en que se asume que algo como una arquitectura capitalista o no-capitalista pueden coexistir dentro de un mismo modo de producción, lo que es un argumento sino dudoso, al menos ideológico. Sin embargo, este enfoque despejó el camino para plantear la cuestión de si centrarse en arquitecturas que pretenden reproducir el espacio capitalista, o las que pretenden transformarlo. La primera opción nos daría una comprensión precisa del papel del espacio/arquitectura en la acumulación de capital, mientras que la segunda aborda directamente el problema de la emancipación o revolución espacial. Esta última opción fue elegida debido a su evidente proximidad con la pregunta principal. El siguiente paso apuntó a la localización de un contexto histórico y geográfico. Se seleccionaron tres períodos históricos claves: 1) la arquitectura neoclásica y utópica de las revoluciones burguesas del siglo XVIII; 2) la arquitectura soviética constructivista de los años veinte; 3) las utopías radicales de finales de los sesenta. El tercer período fue escogido por ser relativamente reciente y, por ende, menos estudiado que los anteriores. Sin embargo, hay una razón más importante para haber seleccionado dicho período en particular: representa un momento coyuntural en el desarrollo del capitalismo del siglo XX, y este hecho fue reflejado ampliamente en el ámbito cultural (la transición del modernismo al posmodernismo) y político (revueltas de 1968). En el ámbito arquitectónico, durante estos años se establecieron los programas clave (posmodernismo, tecno-utopismo, fenomenología, deconstructivismo, regionalismo, etc.) que sentarían las bases para los desarrollos actuales (biomorfismo, parametricismo, sustentabilidad, etc.).

El edificio UNCTAD III fue seleccionado finalmente debido a dos factores: en primer lugar, se trató de un intento concreto de confrontar la producción capitalista del espacio durante un proceso pre-revolucionario en la sociedad chilena; en segundo lugar, mi propia cercanía con el edificio y su historia (nací y me crié en Santiago y he sido testigo de sus diversas metamorfosis a través del tiempo).[1] UNCTAD III fue construido entre 1971 y 1972 en Santiago de Chile, durante el gobierno de Salvador Allende. Simbolizó un enorme esfuerzo colectivo, construido en sólo 275 días con motivo de la tercera sesión de una importante Conferencia Internacional de las Naciones Unidas[2] durante la cual líderes mundiales tuvieron la oportunidad de conocer personalmente lo que entonces se denominó la ‘vía chilena al socialismo’. Su diseño fue influenciado directamente por las premisas de la Bauhaus y el Constructivismo. Luego del golpe militar de 1973, el edificio se convirtió en la sede de la Junta, y después pasó a formar parte del Ministerio de Defensa, adquiriendo todo tipo de connotaciones represivas y autoritarias. Posteriormente, en el 2006, fue parcialmente destruido por un incendio, sólo para ser reconstruido el 2010 como el espectáculo visual de la coalición liberal-democrática que se encontraba en ese momento en el poder.

IV

Examinar la función de la arquitectura dentro del modo de producción capitalista en su forma general o abstraída, y evaluar las posibilidades que la práctica arquitectónica tiene de confrontar activamente dicha función, constituye el objetivo principal de esta investigación. Un objetivo secundario es analizar un ejemplo histórico concreto de una relación antagonista entre arquitectura y capital, con el fin de comprobar la viabilidad de las hipótesis teóricas planteadas. El estudio de esta relación –desde el punto de vista de la práctica– no ha sido una preocupación importante para los teóricos de la arquitectura, ni hablar de los profesionales. Este hecho contrasta con el aporte de ciencias sociales como la geografía o la sociología. En consecuencia, el estudio de estas cuestiones teóricas e históricas ahonda en una zona inusual del conocimiento arquitectónico y contribuye a la formación de una práctica alternativa y crítica de la arquitectura que se plantea como objetivo transformar concretamente nuestras condiciones materiales existentes en lugar de simplemente replicarlas o reforzarlas.

V

La estructura general de este estudio se compone de tres partes principales. Tanto la totalidad como sus partes se organizan de acuerdo a un método dialéctico de investigación, partiendo de conceptos teóricos elementales hasta temas históricos más complejos –de lo abstracto a lo concreto. Cada parte tiene una función distinta, la primera despliega principalmente un argumento teórico, la segunda es predominantemente histórica, y la tercera se centra en la práctica y la coyuntura histórica.

En la primera parte, me ocupo tanto de los fundamentos de la arquitectura como del capitalismo, tratando de desentrañar su relación estructural a partir de los conceptos básicos que los definen. Para ello, busco relacionar la fenomenología de la arquitectura con un enfoque materialista respecto a la cuestión de la praxis humana. En la fenomenología, la arquitectura es pensada como un mediador entre el hombre y la naturaleza (Van der Laan 1960, 7, 1983, 11; Borchers 1968, 33, 1975, 182), mientras que en el materialismo histórico, el mediador principal es la práctica humana en sí, ya que el trabajo humano es visto como la actividad fundamental por la que el hombre transforma la naturaleza, produciendo un mundo humano a partir de ésta, y modificándolo constantemente en función del desarrollo de sus fuerzas productivas (Marx, 2011, 197-98). Una mayor integración de estos enfoques requiere de una profundización de la fenomenología en las ideas de la biología teórica (Uexküll 1926), y una progresiva incorporación de la función de las relaciones sociales en la percepción y la producción de la arquitectura (véase Capítulo 2). Al poner en relación una definición específica de objeto arquitectónico –en términos de un esquema de acción más que de una cosa sensible– y la teoría del valor de Marx –como ‘cristalización’ del trabajo humano abstracto–, planteo entender su relación e influencia mutua como la base material sobre la cual descansa la producción capitalista de arquitectura (véase Capítulo 3). Una restauración del cuerpo humano y el valor de uso sobre el dominio del fetichismo de la mercancía y el valor de cambio requieren un enfoque materialista de la arquitectura en que la práctica social constituye el origen real de las ideas arquitectónicas en lugar de lo inverso.

Este enfoque nos dirige, en la segunda parte, hacia un entendimiento del espacio y la arquitectura como productos sociales sujetos a las mismas leyes de movimiento que operan en el modo de producción capitalista. Ambos poseen funciones sociales específicas, ya sea como medios de producción y subsistencia, o lo que denomino como una ideología objetiva (véase Capítulo 4). ¿Cómo se puede caracterizar el tipo de arquitectura producida por el capitalismo? Conceptualizado a partir del proceso histórico de la abstracción del trabajo y el espacio –es decir, la acumulación primitiva requerida para el establecimiento de la sociedad burguesa y sus relaciones de propiedad–, psicólogos, historiadores y teóricos de arquitectura desarrollaron el concepto moderno de espacio hacia finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Este concepto presenta al ‘espacio’ como un vacío/volumen neutral y autónomo disociado de las prácticas sociales y políticas que lo producen. Por lo tanto, se trata de una concepción ideológica (falaz) del espacio desde un comienzo. Otros intentos de la Bauhaus y parte del movimiento Constructivista de incorporar la dimensión social a través de teorías funcionalistas (y supuestamente marxistas) no abordaron el papel que el formalismo (y su forma degradada, el esteticismo) tuvo y aún tiene en el carácter fetichista del espacio capitalista (Tafuri y Dal Co 1980, 173). En efecto, la reducción del espacio a este estado apolítico, visual-estético, o puramente empírico no es mera ideología, sino que cumple una función práctica específica: garantizar la reproducción de las relaciones sociales de producción (Lefebvre 1991, 317, 1976, 11). Sin embargo, dicha reproducción no se puede conseguir sin grandes problemas. Las contradicciones internas al desarrollo del capitalismo (especialmente entre capital y trabajo) se incrementan en el nivel espacial como una tendencia simultánea hacia una homogeneización absoluta por un lado, y la fragmentación extrema del espacio, por otro. La arquitectura se convierte así en una abstracción real (como el dinero o el capital), un objeto aparentemente autónomo y racional, que aspira a homogeneizar todo lo que se encuentre en el camino de las fuerzas de la acumulación (el estado y el mercado mundial), paradójicamente, mediante la fragmentación y subdivisión del espacio (véase Capítulo 5).

Si el espacio/arquitectura puede servir a fines políticos y económicos mediante el reforzamiento de las relaciones de producción/propiedad, ¿podría servir entonces como un dispositivo para confrontar dichas relaciones? ¿Acaso esto no depende, en primer lugar, de la total transformación de las prácticas sociales que lo produce? Estas preguntas requieren distinguir entre la política de la arquitectura y su dimensión política intrínseca. Mi objetivo es demostrar que la arquitectura es intrínsecamente política, no en el sentido limitado de su uso o interpretación política, sino debido a su rol como mediador entre los seres humanos, la naturaleza y el mundo humano. Lo político es una condición universal o formal, mientras que la política es particular y contingente (Jameson 1997, 243; Lefebvre 2003, 61). Esta distinción se expresa en términos arquitectónicos, a través de la dialéctica entre proyecto y diseño (Aureli 2011, xiii, 30ff), que corresponde también a la ya mencionada relación entre objeto y cosa. La dimensión política sólo puede ser captada al nivel abstracto/interno de los objetos, a saber, en la forma en que un proyecto fija el modo de relación entre la arquitectura y el espacio social que la produce (por ejemplo, la ciudad). La distinción entre el concepto de lo político y la ideología también debe ser considerada con el fin de aclarar su relación con la arquitectura. La ideología, por ejemplo, no se define tanto como una construcción mental, sino como algo que opera en la práctica social, por lo tanto, en la práctica arquitectónica. En última instancia, mi objetivo es demostrar que la arquitectura no puede ser política en sí misma (como la encarnación directa de una ideología política en particular), ni tampoco puede ser política debido a sus cambiantes usos políticos. Sin embargo, esto no implica que pueda ser determinada conscientemente (políticamente) al nivel substancial del proyecto arquitectónico (véase Capítulo 6).

Por último, en la tercera parte mi propósito es evaluar el marco teórico a través de un análisis materialista de UNCTAD III. Esta parte se divide en tres capítulos que, como episodios de una historia, tratan de reconstruir el proceso de concepción, construcción y funcionamiento del edificio. Este proceso se articula mediante la interacción dialéctica entre tres puntos de inflexión históricos: Utopia (1971), Tragedia (1973), y Farsa (2010).[3] En Utopía (véase Capítulo 7), se analiza el contexto económico y político de la época y su influencia en la concepción y realización del edificio. Dos niveles de análisis son introducidos: el edificio como resultado y condición de una práctica concreta, y como una representación ideológica. En Tragedia (véase Capítulo 8), se examinan las precondiciones sociales del golpe militar que puso fin al proceso revolucionario chileno y que transformó UNCTAD III en la sede principal de la Junta –una especie de centro de vigilancia estratégico, similar a un búnker de guerra. En Farsa (véase Capítulo 9), se relata el triste destino del edificio después del término de 17 años de dictadura: en el 2006 fue parcialmente destruido por un incendio debido a la falta de mantención, y más tarde fue reconstruido de acuerdo a los imperativos de una arquitectura abstracta y altamente estetizada. Varias preguntas surgen de este análisis histórico y que intentaremos responder de acuerdo a las premisas teóricas previas. Por ejemplo, ¿cuál fue la relación que UNCTAD III estableció con la ciudad y el entorno social más amplio de la época? ¿Cuál es su dimensión política intrínseca? ¿Cuál fue su papel en el proceso revolucionario iniciado por el gobierno de Allende? Si después del golpe, el edificio fue fácilmente convertido en un aparato represivo ¿dónde reside su potencial emancipatorio?

Después de examinar este caso único, que muestra la historia y la derrota de una práctica arquitectónica abiertamente política –precisamente en un punto de inflexión en la historia general de la arquitectura– seremos capaces de evaluar la posibilidad de que una práctica arquitectónica políticamente comprometida aún pueda ser viable dentro de las leyes coercitivas de la acumulación capitalista. Como cualquier otra forma de práctica social, la arquitectura podría tener un rol importante que desempeñar en un proceso de revolución social que apunte hacia la emancipación de la clase trabajadora de la dominación abstracta del capital y su forma política, el Estado. A pesar de que se pudieran formular acusaciones precipitadas de utopismo, debemos recordar que a veces lo verdaderamente utópico no es lo imposible, sino que precisamente la eterna reproducción de lo posible. Puede ser cierto que una futura ‘arquitectura socialista’ o no-capitalista no pueda ser pensada de antemano, y que dicho intento es fútil. En ese caso, uno pudiera preguntarse si esto no es más bien un falso problema. Podría ser que la verdadera cuestión resulte ser mucho más modesta: no la imaginación de arquitecturas imposibles y utópicas sobre el papel, sino la larga lucha –en terreno– por la consciente organización y revolución de su práctica.

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Conclusiones: ¿Una Arquitectura Revolucionaria?

No hay duda de que, en todas sus variantes, el modernismo –como la forma cultural y política del capitalismo– abrió un rol potencial para el arte y la arquitectura en la transformación revolucionaria de la sociedad burguesa –un papel difícilmente concebible hasta finales del siglo XIX. Sin embargo, esto no fue más que una posibilidad a la espera de realizarse. La ambigüedad política hacia el capitalismo y sus nuevos desarrollos tecnológicos, sobre todo en la arquitectura, comprometió en gran medida dicha potencialidad. Esto fue mucho más allá que una cuestión de elección para los arquitectos, dado que la fuerza y realidad del espacio abstracto –generado por el movimiento del capital y el Estado centralizado– influenció la teoría de la arquitectura de manera insospechada. Los arquitectos marxistas más comprometidos, desde los movimientos Constructivista al Neues Bauen, por ejemplo, vieron al funcionalismo como el resultado práctico del materialismo histórico: la arquitectura sería determinada únicamente por los procesos de la vida real y ya no por la ideología de la clase dominante. Sin embargo, tras el impulso inicial, el resultado fue claro: lejos de desafiarlos, la arquitectura moderna encarnó eficientemente los requerimientos del capitalismo y su aparato estatal. Con el advenimiento del capitalismo global y su contraparte cultural, el posmodernismo, el componente revolucionario fue ‘tirado por la borda’, por decirlo así, junto al Estado totalitario. El potencial de una práctica arquitectónica revolucionaria jamás se restableció –a excepción de unos pocos intentos menores. A pesar de la crítica posmoderna del modernismo (dentro y fuera de la arquitectura), lo que ha permanecido intacto durante la era posmoderna es, por supuesto, la actitud indulgente hacia el capitalismo. En ausencia de un proyecto político global que confronte seriamente la hegemonía capitalista y sus formas políticas (democracia liberal), el desafío activo de la arquitectura contra el orden social establecido, a lo sumo, se ha retirado hacia un fenomenologismo reaccionario o desviado hacia la impotencia de nuevas formas de moralidad que se asemejan a una ‘ética de negocios’ (construcción ‘responsable’ o ecológicamente ‘respetuosa’); y, en el peor de los casos, ha admitido voluntariamente las nuevas necesidades de una industria cultural multinacional (bajo pretextos autorreferenciales o teóricos), o se ha rendido totalmente ante los dictados de la especulación inmobiliaria.

Cualquiera que sea el intento de diagnosticar la situación actual, debería estar claro a estas alturas que hemos decidido seguir un camino muy diferente en este análisis. En lugar de abordar directamente el estado actual de las cosas, se ha creado una distancia crítica, lo que ha permitido ver el problema en cuestión de nuevas maneras. Esta distancia se ha creado tanto en el plano de la teoría como el de la historia. En primer lugar, hemos abstraído la relación concreta y contingente entre arquitectura y capitalismo para examinarla en relativo aislamiento –colocando entre paréntesis ciertas especificidades históricas y geográficas. En un segundo movimiento, hemos puesto a prueba las conclusiones teóricas mediante su incorporación en las complejidades de una realidad histórica concreta (UNCTAD III). Al volver hasta ese momento coyuntural de crisis y reestructuración capitalista, acompañado de la correspondiente agitación social, política y cultural, entre finales de los 60’ y principios de los 70’, mi objetivo fue localizar (examinando el último aliento del modernismo) las bases reales de la relación entre la arquitectura y el capitalismo actuales. La tarea de estos pensamientos finales es, entonces, rearmar esta totalidad (teoría e historia, abstracto y concreto) en su movimiento, es decir, reconectar los procesos examinados desde el punto de vista de la práctica –es decir, las restricciones y posibilidades concretas de un práctica arquitectónica antagonista.

I

El planteamiento inicial se caracterizó por el intento de relacionar la teoría fenomenológica y biológica de la arquitectura con una concepción materialista del mundo. El objetivo fue establecer el papel de la actividad humana (praxis) en la producción del mundo humano (segunda naturaleza) y, en particular, la arquitectura. Aunque se han realizado varios intentos por vincular el Marxismo y la Fenomenología en el pasado –especialmente en Heidegger y Merleau-Ponty–, el análisis se centró en la ‘arquitectura inherente’ en el cuerpo humano en lugar de preguntas trascendentales o existenciales más amplias. La cuestión clave fue la relación del cuerpo humano con la naturaleza en abstracto –es decir, como si estuviera hipotéticamente aislado de las relaciones sociales. Examinada de cerca, la naturaleza se revela no como un absoluto, no como autónoma, sino como algo que está siempre ya-transformado por el hombre. No existe una naturaleza original, sólo la naturaleza previamente modificada –en mayor o menor medida– por la mano del hombre y vista a través de la mente humana. Por lo tanto, la noción de una segunda naturaleza –el mundo humano como nuestro propio hábitat ‘natural’– capta la interacción dialéctica entre la naturaleza externa e interna (humana), yendo ‘más allá de la interpretación ontológica idealista y materialista de la naturaleza’ (Lefebvre 2011, 142). Lo que este breve análisis revela es el carácter ilusorio de distinciones mecánicas entre naturaleza y sociedad: sólo hay una segunda naturaleza (humanizada), que está hecha de la materia de la primera naturaleza. Interpretaciones falaces e idealistas de la naturaleza pueden llevar fácilmente a ver la arquitectura simplemente como el ‘receptáculo’ de la vida humana, como supuestamente es la naturaleza. Sin embargo, nuestro mundo humano no puede ser visto simplemente como un ‘medio’, ya que no solamente es un mediador entre nosotros y la naturaleza, sino entre nosotros y ‘nosotros mismos’. En otras palabras, es a la vez resultado y condición de la actividad humana que lo transforma continuamente con el fin de reproducirse a sí misma, y no puede hacerlo de otra manera. Por lo tanto, el mediador real y origen de toda arquitectura es la actividad productiva como tal.

Visto desde esta perspectiva, el problema general y U3 se vislumbraron bajo una nueva luz. La perspectiva ontológica idealizada, en que la arquitectura emerge entre los seres humanos y el espacio natural (Van der Laan, Borchers) se amplía con una en la que la arquitectura también media entre los seres humanos y la segunda naturaleza (social), y al mismo tiempo, entre lo que ya existe (arquitectura del pasado) y lo que podría ser (arquitectura posible). Por otra parte, debido a que la arquitectura es un producto de las relaciones sociales, esta relación espacio-temporal es una en la que las relaciones sociales organizadas son el intermediario concreto entre los seres humanos y su mundo objetivo. Además, es la acción colectiva humana la que interviene entre las condiciones sociales y materiales ya existentes, y las posibles o nuevas condiciones que esta misma acción anuncia. U3 fue el producto de un intento por forjar nuevas relaciones sociales entre Santiago y sus habitantes, una relación en la que los trabajadores pudiesen percibir el mundo objetivo de la ciudad y sus edificios como el producto común de su propio trabajo, como una gran obra colectiva que ya no pertenecería a una clase de ciudadanos particulares o al Estado, sino al pueblo que la produjo.

Es precisamente esta conciencia de la arquitectura como una actividad creativa consciente, sujeta a disciplina, lo que la distingue de la actividad de la construcción en general, y de las formas naturales. Para entender la arquitectura desde el punto de vista de las relaciones con la segunda naturaleza, fue necesaria una distinción adicional entre lo natural y lo artificial. En el ámbito de la arquitectura de esta diferencia está lejos de ser evidente, y se basa en el carácter constitutivo de los términos más que la fuente de la que supuestamente emanan. Marx también utilizó el término ‘segunda naturaleza’ para referirse al mundo humano ‘naturalizado’, tratado como un absoluto externo sobre el que los hombres no poseen control. Ampliando la distinción de Van der Laan entre los órdenes naturales y artificiales, Borchers incluyó la llamada arquitectura ‘cotidiana’, ‘vernácula’ o ‘popular’, que se desarrolla de forma espontánea, dentro del orden natural, y la distinguió de la arquitectura como el resultado del pensamiento teórico sistematizado, la cual pertenece a un orden artificial. La arquitectura concebida como arte mayor rompe desde el inicio con el determinismo de las leyes naturales (humanas o no). Se deduce entonces, que la transformación del mundo (como segunda naturaleza), en el sentido de romper con su desarrollo ‘natural’ o ‘ciego’ más que reproducirlo instintivamente, sería una característica intrínseca a la arquitectura concebida de esta manera. Una vez más, U3 puede ser visto como un ejemplo de esto. Las personas involucradas en la planificación y la construcción eran plenamente conscientes del rol del edificio y la conferencia en la ruptura radical con la planificación (burguesa) establecida de la ciudad.

En este punto, y habiendo llegado a conclusiones iniciales sobre una base abstracta, tuvimos que integrar el entendimiento universal o puramente teórico de la relación entre hombre y naturaleza en una comprensión social –y progresivamente histórica– de la actividad humana. Con este fin se desarrolló la distinción entre los órdenes naturales y artificiales en la diferencia entre las cosas (cualidades sensoriales externas) y los objetos (esquemas internos de acción), los cuales constituyen lo que Uexküll llama el círculo funcional del cuerpo humano. Junto a éstos, introdujimos la dialéctica del uso y el intercambio de Marx. La primera distinción apela al carácter dual del cuerpo humano, siendo a la vez un transmisor pasivo y activo de energía (Lefebvre, 1991, 178). La segunda, apunta al carácter concreto y abstracto de las mercancías. Una distinción adicional de Marx es entre el valor de cambio (razón de cambio entre mercancías) y el valor (trabajo abstracto). Siguiendo a Uexküll y Van der Laan, Borchers postuló a los objetos como la substancia de la arquitectura. Por su parte, Marx planteó al valor como substancia de las mercancías. El objetivo aquí fue establecer la relación intrínseca entre los objetos (arquitectónicos) y los valores (sociales). El concepto común que los une es el tiempo de trabajo, y su equivalente en arquitectura, los actos humanos. Según Borchers, los actos son acciones ‘cristalizadas’ (por ejemplo: entrada, pasillo, etc.), mientras que en relación con el valor, los actos son la estructura social que regula las acciones (por ejemplo, acciones ritualizadas, el trabajo, el deporte, la danza, etc.) En este marco, U3 se analizó como cosa y objeto, como valor de uso y valor de cambio. La cuestión central en este punto fue: ¿Cuáles características del edificio son intrínsecas a su arquitectura y cuáles no? Para responder, buscamos analizarlo como el resultado de una práctica social concreta y, al mismo tiempo, como una representación ideológica.

Al restaurar el papel central del cuerpo humano –su percepción, movimiento y su práctica social– reafirmamos una concepción materialista (social) de la arquitectura que nos permitió criticar y disipar los enfoques idealistas dominantes. Si la arquitectura es entendida ya no como el producto de los llamados ‘conceptos arquitectónicos’, las ideologías o incluso del zeitgeist ‘predominante’, sino más bien como resultado y medio de una práctica social, el problema de su rol en el capitalismo y en contra de éste reaparece de una manera distinta. Así, en lugar de concentrar los esfuerzos en los análisis ideológicos –sin duda necesarios, pero que abundan entre los teóricos de la arquitectura– decidimos centrarnos en las prácticas materiales sobre los que, en primer lugar, estos debates se construyen. En consecuencia, el primer paso en la investigación fue el análisis del espacio y la arquitectura entendidos como productos sociales, no medios pasivos o meros ‘reflejos’ de la sociedad. Establecimos sus funciones como los medios de producción y de subsistencia, y como ideología ‘objetiva’, es decir, el carácter fetichista que asumen bajo el capitalismo, y que es precisamente lo que asegura su uso instrumental por el poder político.

II

Una cuestión compleja emerge de estas reflexiones: ¿Qué tipo de arquitectura ha engendrado el modo de producción capitalista y cómo? La primera parte del problema debió abordarse de una manera abstracta, a fin de introducir el concepto clave de capital. Si la producción de valor (incluyendo la arquitectura) es lo que caracteriza a la producción simple de mercancías en las sociedades pre-capitalistas, la producción de plusvalía es lo que define el modo de producción capitalista. ¿Cómo se produce esta plusvalía? ¿De dónde viene la ganancia? Marx llegó a la conclusión de que sólo una mercancía llamada fuerza de trabajo tiene la capacidad de producir más valor de lo que cuesta –es decir, el capital variable. La condición previa para transformar el trabajo humano en mercancía fue la expropiación de los productores directos del acceso a los medios de producción (capital constante) y de subsistencia por una naciente clase social, la burguesía –un proceso conocido como acumulación originaria. Se inició así un cambio radical en las relaciones de propiedad, en la que el llamado ‘derecho a la propiedad privada’ asegura y legitima la exigencia de los ‘nuevos propietarios’ de explotar fuerza de trabajo con el fin de acumular plusvalía como un fin en sí mismo. El proceso por el cual el propietario de estos medios compra la fuerza de trabajo y la pone a trabajar para producir nuevas mercancías que luego vende por el precio original más una ganancia, define el concepto de capital. Por lo tanto, si el capital es un proceso en el que el valor contenido en las mercancías cambia constantemente su forma con el fin de expandirse a sí mismo –del dinero a las mercancías y de nuevo a más dinero– y luego, tan pronto como la arquitectura se adentra en este circuito como medio de producción (una fábrica u oficina, por ejemplo) se convierte ella misma en capital –como capital constante, o más específicamente, capital fijo.

El resultado de este proceso histórico fue la progresiva abstracción de las actividades laborales concretas en esa actividad indiferenciada de creación de riqueza llamada trabajo abstracto. Una vez medido como el promedio del tiempo de trabajo para producir una mercancía dada, el trabajo abstracto forma la substancia del valor de dicha mercancía, que finalmente se expresa en su valor de cambio y su precio. Según Lefebvre, este proceso no podría haber tenido lugar sin la integración de la arquitectura y el espacio en su totalidad, en el circuito del capital. Como resultado, éstos se han convertido en abstracciones reales: fetiches aparentemente autónomos (como el dinero y el capital) que causan una tendencia simultánea a la homogeneización y la fragmentación social que, sin embargo, es socialmente real. El espacio abstracto nació de la violencia y la ‘destrucción creativa’ de la acumulación originaria y la creación del Estado moderno. Esencial para este proceso fue también el papel creciente de la urbanización en la expansión de los mercados, llegando finalmente a todo el mundo.

A finales del siglo XIX y principios del XX, teóricos del arte y la arquitectura comenzaron a formular el concepto de espacio moderno, lo que no fue más que un reflejo en la teoría de una realidad social ya en desarrollo. Este movimiento corresponde a la instrumentalización del conocimiento analítico por el pensamiento burgués a fin de facilitar la aplicación práctica y estratégica del espacio abstracto –ya sea por el Estado o las empresas privadas. La arquitectura se convirtió progresivamente en un problema de ‘economía y conveniencia’ (Durand) y finalmente adoptó plenamente la jerga y los métodos de la industria a gran escala (la gestión científica del trabajo, el funcionalismo, y así sucesivamente). Paradójicamente, la Bauhaus, los Constructivistas y arquitectos afines se vieron a sí mismos como llevando a cabo una revolución anti-burguesa en el arte, el diseño y la arquitectura. Es cierto que cambiaron radicalmente la forma en que el arte y la arquitectura se relacionaban con la sociedad, y por lo tanto, inevitablemente, se abrió el camino para una práctica revolucionaria en el ámbito cultural. Sin embargo, las llamadas a los arquitectos a ‘abrir sus ojos’ a la sociedad industrial y sus nuevos desarrollos técnicos (Le Corbusier) contenían un mensaje ambiguo que resume su postura positivista. Arquitectos más radicales o abiertamente marxistas adoptaron una actitud determinista e igualmente positivista en la fusión entre materialismo y funcionalismo. Otras variantes del modernismo, como el futurismo, el expresionismo, y el neoplasticismo se mantuvieron dentro de un enfoque formalista-esteticista desprovisto de, o indiferente hacia, las cuestiones sociales.

Los arquitectos de U3 fueron muy influenciados (incluso directamente) por estas teorías, y las incorporaron en su diseño a través de dos características principales: el diseño total o integral, y la búsqueda de lo nuevo –ambas están estrechamente relacionados con la idea de la producción del espacio. La concepción abstracta del espacio se vio atenuada por un enfoque local como resultado del despliegue pre-revolucionario de nuevas relaciones sociales en el ámbito de la producción y la cultura. Como objeto arquitectónico (y un conjunto de objetos) y como el resultado y condición de una nueva práctica social, las características intrínsecas de U3 –como su planta libre, su estructura independiente, o su apertura hacia la ciudad– no lograron romper con la producción capitalista del espacio de una manera substancial. Sin embargo, su proceso de producción y diseño, sin duda desafió los métodos imperantes en la época, tanto en la arquitectura como la organización del proceso de trabajo.

Después de haber analizado las relaciones entre el desarrollo del espacio abstracto y la aparición de la arquitectura moderna, debimos especificar el carácter político de la obra de la arquitectura. ¿Es la arquitectura política? La respuesta es sí, pero sujeta a definiciones específicas. La distinción entre lo político y la política se desarrolló en el marco de la diferencia entre proyecto y diseño, que asimismo corresponde a la previa distinción entre los objetos (propiedades internas) y las cosas (propiedades externas). Se identificó un camino en que se reconoció el carácter estructural o formal de lo político en la arquitectura. Como el resultado de una práctica política en su sentido más amplio, la arquitectura es entonces intrínsecamente política, que no es lo mismo que decir que es política ‘en sí misma’. La dimensión política de la arquitectura radica en la estructuración del modo de relación que establece entre los seres humanos y entre éstos y su entorno. De ello se desprende que la utilización o la interpretación política de la arquitectura son funciones meramente externas o contingentes que no puedan constituir su dimensión política intrínseca. Al enfrentarnos a las afirmaciones de Jameson y Tafuri se hizo evidente que la pregunta inicial debía ser reformulada desde el punto de vista de la práctica arquitectónica y no de su resultado. Este nuevo enfoque nos permite hacer frente a la difícil cuestión de la acción política del arquitecto. Confrontando la esterilidad extrema de la posición de Tafuri, afirmamos la idea de que la acción política en arquitectura debe tener lugar primero al nivel de sus métodos de producción y debe ir más allá de los límites de la propia disciplina. U3 fue analizado desde el punto de vista de estas hipótesis, llegando a la conclusión de que a pesar su significación política explícita y cambiante a lo largo de su vida útil, su dimensión política intrínseca como objeto arquitectónico se mantuvo prácticamente sin modificaciones hasta que fue destruido por el incendio de 2006. Como un ejercicio de amnesia histórica y política, su reconstrucción aseguró que su dimensión intrínseca como objeto –y conjunto de objetos– se rompiera o modificara al punto de llegar a ser irreconocible.

III

No puede haber una práctica arquitectónica revolucionaria sin el apoyo de un proceso social revolucionario que la sustente. Si la arquitectura es entendida como el resultado de la producción social del espacio, es precisamente esta práctica productiva lo que deberá cambiar radicalmente para cambiar la arquitectura. Por otro lado, estas prácticas revolucionarias no ocurren en un vacío: están sujetas a un conjunto de condiciones ya existente, un espacio social y una arquitectura ya existentes. ¿Debería la práctica arquitectónica esperar a una revolución total, una transformación total de la producción de la vida material, para cambiar ella misma? o ¿Puede la práctica arquitectónica transformar estas condiciones materiales heredadas únicamente cambiando sus propios métodos internos? No y sí. No, en la medida en que estos métodos sólo pueden alterar la manera en que la arquitectura es conceptualizada y diseñada, pero no su producción social real, que depende de un amplio conjunto de fuerzas económicas y políticas: la arquitectura no puede cambiar exclusivamente a partir del ámbito de las ‘ideas’. Sí, si una práctica arquitectónica específica o un conjunto de prácticas son capaces de establecer vínculos orgánicos entre sus métodos y los objetivos de organizaciones sociales y movimientos revolucionarios, especialmente los vinculados a las prácticas espaciales –por ejemplo, movimientos ciudadanos, movimientos urbanos por el ‘derecho a la ciudad’, movimientos de los sin techo, organizaciones por la defensa del patrimonio o la conservación del medio ambiente, etc. ¿Qué impide llevar a cabo esto? Se examinaron varias cuestiones en nuestro análisis: la internalización del espacio abstracto dentro de la práctica arquitectónica, la ilusión ideológica de los arquitectos respecto a su propio papel en el capitalismo, su gran dependencia de un marco institucional (político) y económico que legitima y perpetúa el modo de producción existente, la ‘comodificación’ de los objetos arquitectónicos y de la arquitectura en general. ¿Cómo pueden los arquitectos confrontar estos límites? ¿Existen condiciones para una práctica de arquitectura políticamente consciente en el capitalismo? Para ser verdaderamente radical, la arquitectura debe ir a la raíz del problema y enfrentarlo con sus propios métodos, pero nunca de manera aislada de otras prácticas radicales, y ciertamente no como una cuestión puramente teórica o académica. La raíz del problema es clara: la arquitectura debe desafiar el espacio abstracto del capitalismo (basado en las relaciones de propiedad privada) mediante la restauración del cuerpo humano total en el conjunto de sus dimensiones perceptuales y sociales y en el ámbito de los objetos arquitectónicos, es decir, dentro de la propia planta de arquitectura. La actividad humana siempre podrá cambiar el propósito de la arquitectura, pero no puede cambiar su estructura interna, su sistema de medición, y la manera en que ésta afecta nuestra percepción y acciones. La arquitectura es un producto colectivo y artificial de nuestra propia creación, es el mundo humano que nos forma al tiempo que nosotros lo conformamos, su transformación no será nunca la exclusiva invención de los arquitectos, sino de la sociedad en su conjunto.

En resumen, esta investigación ha analizado teóricamente las relaciones entre arquitectura y capitalismo con el objeto de enfrentar con realismo la cuestión de su rol político en la lucha por la transformación de este modo de producción. Es evidente que esta tarea no puede ser confiada a la arquitectura como los modernos creían, sino que debe ser entendida sólo como una pequeña contribución (colaborativa) a un proyecto colectivo más amplio por la emancipación de la clase trabajadora de la dominación ciega y abstracta del capital, así como la transformación radical de sus instituciones –sobre todo la propiedad privada y el Estado. Sin duda, el objetivo final, como creía Lefebvre, es la transformación de la vida cotidiana en todos sus aspectos. Sin embargo, soluciones facilistas a este dilema caen por lo general en formas no-dialécticas o crudas de utopismo. Estas se manifiestan ya sea como experimentación formal auto-referencial vaciada de contenido político (o uno forzado y a posteriori), o como llamados reaccionarios a volver a una arquitectura más ‘humana’ y fenomenológica que lograría por sí misma un cambio sin contaminarse o asociarse con prácticas sociales externas. El carácter ilusorio y ensimismado de estas y otras variaciones no sólo exige un análisis crítico del lugar y rol de la arquitectura dentro de la producción capitalista del espacio, sino que más importante aún, es el replanteamiento de su práctica y métodos. En breve, lo que queda por hacer es trabajar hacia un programa de arquitectura que aborde de una manera unitaria (como un conjunto de proposiciones teóricas fundamentales) sus contenidos, objetivos y métodos. Por razones estratégicas explicadas anteriormente, esta investigación consistió sólo en una pequeña parte del análisis crítico necesario, centrado principalmente en los problemas de la arquitectura moderna. Un análisis más detallado requiere hacer frente a los nuevos problemas que el posmodernismo –entendido como la superestructura cultural del capitalismo global– representa para la práctica arquitectónica. Es de esperar que el ejemplo de UNCTAD III y la experiencia de los trabajadores, artistas, arquitectos e ingenieros que lo hicieron posible, pueda ser una valiosa prueba del potencial revolucionario de la práctica arquitectónica para contribuir modestamente a la transformación y re-apropiación del espacio y el tiempo social.


NOTAS

[1] He participado, además, en la traducción del español al inglés, de ‘275 Días: Sitio, Tiempo, Contexto y Afecciones Específicas’, un proyecto curatorial que recupera la mayor parte de las obras de arte integrado de UNCTAD III, perdido durante la dictadura, véase (Varas y Llano 2011, 5).

[2] Tercera Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD III), celebrada en Santiago de Chile, del 13 abril al 21 mayo de 1972.

[3] El título de estos capítulos es una referencia a los comentarios de Marx sobre la concepción de la historia de Hegel. Marx no sugiere que los acontecimientos históricos se repiten (‘primero como tragedia y después como farsa’), sino que lo nuevo es constantemente atormentado por lo viejo, construido sobre sus condiciones materiales establecidas, las cuales son inevitablemente escenificadas y parodiadas en toda circunstancia emergente: ‘los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio (…) La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos’ (véase Marx, 1937, 5).

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