Una Práctica Emancipadora de la Arquitectura? (borrador)

Nota: Este es el primer borrador de un ensayo instrumental en el que he estado trabajando desde el mes pasado. La conclusión es la parte pendiente por el momento. No he resuelto las imagenes todavía, pero estoy trabajando en ello. Pronto voy a publicar algunas notas metodológicas que podrían ayudar a aclarar algunos de los puntos que estoy discutiendo.

Por Patricio De Stefani

Peter Guenzel, Si quieres cambiar la sociedad no construyas nada, Londres 2005, Volvo Magazine

‘¿Puede haber una arquitectura “revolucionaria”?’[1] es una de las preguntas iniciales planteadas por Neil Leach sobre la relación entre arquitectura y cambio social. Debemos abordarla con cuidado, nos recomienda, pero qué sucede si la pregunta en sí se convierte en parte del problema? En lo que sigue intentaré plantear las difíciles preguntas relacionadas con la cuestión del papel de la arquitectura y, en general del espacio, en un proceso revolucionario. Espero demostrar que no hay respuestas fáciles con respecto a la relación entre política y arquitectura, y tampoco, entre la arquitectura y las relaciones sociales.

Desde la última guerra mundial la arquitectura parece haber perdido su rumbo. Todos aquellos sueños sobre el arte y la arquitectura conduciendo una transformación social radical para el beneficio de toda la humanidad parecen haber desaparecido junto con los ideales políticos detrás de ellos. Estemos de acuerdo o no, los principios rectores de la arquitectura moderna aparecen ahora como anticuados, y probablemente, se podría decir lo mismo acerca de toda la idea del proyecto de la Ilustración. Sin embargo, la pregunta implícita persiste: ¿qué nos queda si la noción de una arquitectura con conciencia social y compromiso político se ha perdido por completo?

Los últimos sesenta años se han caracterizado por tal variedad de intentos de la arquitectura por responder –en una forma u otra– a esta pregunta, que el esfuerzo por ‘mapear’ esta diversidad parece inevitable si esperamos entender algo acerca de la relación entre arquitectura y emancipación. Pero primero debemos aclarar lo que entendemos por emancipador. Ustedes podrían preguntarse ‘¿emancipación de qué?’ Y esta cuestión implica el hecho de que el concepto de emancipación, liberación, independencia, autonomía y similares, no sólo es históricamente contingente, sino también, como veremos, bastante problemático desde la perspectiva del medio-ambiente construido, y la arquitectura en particular.

La cuestión de lo emancipador apunta directamente a la esfera de la praxis, y en particular a una praxis política. Política en el sentido de que cualquier esfuerzo emancipatorio busca cortar sus vínculos de algún tipo de ‘dominación’ –una nación, un sistema, una clase social o grupo– reafirmando durante este proceso su autonomía y autodeterminación –su posición política, y en algunas ocasiones, espacial. El concepto de emancipación se vincula a toda la cuestión acerca de las formas de desarrollo y los cambios históricos en la sociedad, y principalmente al concepto de revolución. Si tomamos su etimología del latín emancipare, significa ex (fuera)–mancipum (propiedad), algo así como ‘libre de su propiedad’. Por ahora podemos utilizar este significado de emancipación, reconociendo su contingencia histórica. En este sentido, la relación entre el modernismo y una práctica de la emancipación está estrechamente vinculada, aunque esto no excluye su ambivalencia. Ciertamente, los arquitectos modernos buscaron –en un primer momento de una manera estrictamente estética­­- liberarse de las limitaciones del pasado, los estilos, antiguos códigos, tipos históricos, etc., pero algunos también intentaron usar la arquitectura como vehículo para un cambio social ‘radical’, en particular, un cambio en relación a la vivienda para la clase trabajadora. Si estos significaban desafiar al sistema de producción existente o reafirmarlo y utilizarlo para propósitos ‘revolucionarios’ sigue siendo motivo de discusión. No obstante, tendremos que plantear una pregunta más general para entender la ambigüedad del modernismo con respecto a la emancipación: ¿dónde recae ‘lo político’ en una obra de arquitectura? ¿Y cuál fue la relación entre la arquitectura del movimiento moderno y lo político?

Yakov Chernikhov, Architectural Fantasies, 1925-1933

De cara a las reestructuraciones geopolíticas durante el período de la guerra fría, el surgimiento del capitalismo global y el neoliberalismo como su ideología principal, las pretensiones del realismo capitalista y el ‘fin de las ideologías’ –el ‘fin de la historia’, del arte, y de todo tipo de las cosas de hecho– la despolitización de la política propiamente dicha, y la más reciente crisis de legitimidad tras la crisis económica mundial de 2008, los arquitectos han adoptado implícita o explícitamente, una diversidad de posiciones que tienen, quiéranlo o no –algunos interesantes presupuestos políticos. Por nombrar algunos, el retorno a los ‘valores’ abandonados por el modernismo, como la historia y el lugar, y un entusiasmo renovado por la cultura popular de masas que ya fue vista como algo superfluo, anacrónico o impuro. Lo primero podría ser visto como reaccionario, mientras que lo segundo como populista. Volveremos a estas  y otras posiciones más adelante en nuestra discusión.

Además, el modernismo empezó a ser visto por estos arquitectos como algo no tan comprometido con un cambio estructural, sino por su enorme optimismo con respecto a la tecnocracia y los Estados firmes (totalitarios).[2] Mientras la Bauhaus veía la producción en masa como la solución a las injusticias sociales –célebremente calzando los métodos de “gestión y eficiencia en el trabajo” de Frederick W. Taylor directamente en la organización espacial de la casa– su espíritu emancipador se revirtió rápidamente en la implementación despiadada de glorificadas ‘técnicas de eficiencia’ colocadas en el corazón mismo de la arquitectura en lo que vino a ser conocido como ‘funcionalismo’.

En lo que sigue, voy a tratar de responder algunas preguntas sobre la relación histórica y conceptual entre arquitectura y emancipación humana. Lo haré a partir de cuatro enfoques distintos, cada uno que derivado de preguntas particulares que expondré a medida que el argumento se desarrolla: 1) el ocaso de la arquitectura social, 2) lo político en la arquitectura, 3) la relación entre arquitectura y conducta humana, y 4) arquitectura y transformación social.

¿Qué sucedió con la arquitectura “social”?

Con el impreciso término “arquitectura social” me refiero a la idea de que la arquitectura se encontraba en alianza con la gran misión de cambiar el mundo para mejor, a través de la racionalidad y el progreso humanos, una tarea fundamentalmente humanista y moderna.[3] Para la mayoría de los arquitectos modernos, la emancipación significó la liberación de las limitaciones de la “vieja” cultura, con sus patrones de conducta obsoletos, desordenados e ineficientes y, lo más relevante para la arquitectura, sus métodos de construcción inadecuados. Pero en la práctica real, la “taylorización” de la vivienda y la ciudad fue parte de los circuitos más amplios de la acumulación de capital. Los arquitectos pensaron que estaban conduciendo una “revolución” en el entorno construido que pondría fin a las desigualdades de la vivienda, pero en realidad estaban contribuyendo a la “funcionalización” de la clase trabajadora hacia fines de consumo programado y una mayor acumulación a costa de su tiempo y esfuerzo –mas delante veremos con más detalle este caso. Sin embargo, tenemos que reconocer al menos las ‘buenas intenciones’ de estos arquitectos y aceptar que se preocuparon realmente en dar una respuesta a las ‘necesidades’ del hombre moderno y de las clases trabajadoras. Tal vez su error fatal fue concebir su propia tarea en términos funcionales – y pensar que el propósito principal de la arquitectura no es más que satisfacer una necesidad o demanda social.

Con el advenimiento de la arquitectura posmoderna durante el período de la guerra fría, hemos perdido incluso dichas buenas intenciones, y el foco se ha desplazado de un cambio social y espacial radical a la tarea más ‘modesta’ de celebrar el gusto popular de las masas y ‘humanizar’ la arquitectura. Algunos arquitectos posmodernos, como Venturi, vieron el modernismo como una empresa elitista y arrogante que no tenía nada que ver con lo ‘real’ de las necesidades de la gente. La arrogancia fue el pretender cambiar la sociedad a través de la arquitectura y su elitismo en el fracaso de este objetivo mismo, es decir, la adopción de la arquitectura moderna como la arquitectura institucional ‘oficial’ del aparato de Estado. Esto llevó a una despolitización general de arquitectos, yendo desde posturas populistas a la autonomía formal: los arquitectos no quiesieron tener nada que ver con la política, aunque hubo algunas excepciones.[4] Los trabajos del historiador de la arquitectura Manfredo Tafuri representaron en ese momento una de las críticas más demoledoras de la arquitectura moderna y posmoderna. En su Teorías e Historia de la Arquitectura[5] desplegó sus ideas acerca de la relación entre arquitectura y emancipación de una manera bastante ‘negativa’, la cual Fredric Jameson resume como sigue:

El arquitecto en ejercicio, en esta sociedad y en la clausura del capitalismo como sistema, no puede aspirar a diseñar un arquitectura radicalmente diferente, revolucionaria, o “utópica”, ni un espacio tampoco (…) la producción arquitectónica o estética no puede ser inmediatamente política, sino que se lleva a cabo en otro nivel. Los arquitectos por lo tanto, pueden ser políticos, al igual que otras personas, pero hoy su arquitectura no puede ser política (…) La arquitectura del futuro será posible concreta y prácticamente sólo cuando el futuro haya llegado, es decir, después de una revolución social total, una transformación sistémica de este modo de producción en otra cosa.[6]

Jameson sostiene que la postura de Tafuri no se debe entender sólo pesimismo frente a la posibilidad de una forma de arquitectura radicalmente diferente. En cambio, vincula esta actitud a la proximidad del historiador con el marxismo ‘anti-humanista’ de vertiente althusseriana, con su repudio de la utopía y todo programa positivo para el futuro, y su carácter ‘puramente crítico’ y analítico. Jameson llega a la conclusión de que la negatividad radical del análisis de Tafuri se basa en una necesidad ‘estructural’ de su proyecto de una historia dialéctica de la arquitectura’.[7]

Aldo Rossi, Architettura Assassinata, 1974

Según Tafuri, la posibilidad de un tipo diferente de espacio sólo puede llegar cuando una revolución sistémica haya tenido lugar. Pero esto plantea algunos problemas, por ejemplo ¿Significa esto que la arquitectura no puede tener ningún papel que jugar en los grandes cambios sociales? ¿Y que una revolución social sería sólo un asunto político o institucional, sin tener en cuenta en los cambios en las prácticas de la vida cotidiana, el espacio urbano, la cultura, etc.? Es cierto que la arquitectura –y sobre todo el urbanismo–está marcadamente vinculada tanto a la producción social del espacio –en palabras de Lefebvre– como al marco institucional y legal que la hace posible. Esto implica que los cambios en el espacio que habitamos ocurre de manera ‘lenta’ en el tiempo, mientras que –Tafuri diría– los cambios en las relaciones sociales y políticas pueden ocurrir más rápidamente y, por lo tanto, tienen prioridad en todo momento revolucionario. Sin embargo, si sustituimos la arquitectura con algo así como la estructura económica de la sociedad, tenemos el problema de encontrarnos señalando algo como ‘no puede haber cambios concretos en la economía hasta que una revolución total haya tenido lugar’, que además de sonar como una estupidez –¿Cómo alguno podría esperar un cambio social substancial sin cambiar la economía?– hace eco del recordatorio de Lenin sobre ‘el momento indicado para la revolución’, y que Slavoj Žižek menciona a propósito de la crítica de Rosa Luxemburg a Kaustky: ‘los que esperan las condiciones objetivas para la revolución, esperarán para siempre –tal posición del observador objetivo (…) es en sí misma el principal obstáculo para la revolución’.[8] De manera similar, y refutando a Tafuri, podríamos argumentar que ‘los que esperan una revolución social total para cambiar la arquitectura, esperarán para siempre’.

Tal vez no sea en absoluto una cuestión de qué es primero –el cambio social o espacial–, sino una relación dialéctica entre distintos niveles sociales. Esto significaría que los cambios sociales dependen de los cambios espaciales para alcanzar su potencial real y concreto, y por el contrario, que el cambio espacial depende de un cambio social para efectivamente materializarse. Lo mismo podría decirse de la economía, el Estado, los sistemas legales y similares. En cualquier caso, el alcance de esta dialéctica tendría que ser aclarado en su totalidad antes de que podamos aceptarla como tesis. Henri Lefebvre fue sin duda un partidario de esta idea, pero también era consciente de sus límites:

Una revolución que no produce un nuevo espacio no ha desarrollado todo su potencial y, de hecho ha fracasado, ya que no ha cambiado la vida misma, sino que simplemente ha cambiado superestructuras ideológicas, las instituciones o aparatos políticos. Una transformación social, para ser verdaderamente revolucionaria en su carácter, debe manifestar una capacidad creativa en sus efectos sobre la vida cotidiana, el lenguaje y el espacio –aunque no es necesario que su impacto ocurra a la misma velocidad, o con la misma fuerza, en cada una de estas áreas.[9]

De hecho, según la teoría de la producción del espacio de Lefebvre, no podríamos tener una ideología sin su correspondiente espacial –a pesar de que reconoce el hecho de que la relación del espacio y la arquitectura con las concepciones mentales no son transparentes, sino más bien conflictivas y mistificadores, pero al mismo tiempo dependientes entre sí: ‘Cualquier “existencia social” que aspire o que dice ser “real”, pero que no produce su propio espacio, sería una entidad extraña, una especie muy particular de abstracción que no ha podido escapar al ámbito ideológico o incluso “cultural”’.[10] Las reflexiones de Lefebvre sobre el papel del espacio en un proceso revolucionario son mucho más positivas que Tafuri, a pesar de que comparte con él el reconocimiento de la lentitud de los cambios en la arquitectura como un todo, y en que ‘puede ser que el período revolucionario, el período de intenso cambio, se limita solo a establecer las condiciones previas para un nuevo espacio, y que la realización de ese espacio requiere un período más largo –un período de calma’.[11] Pero también afirma un argumento contrario al recordar cómo la efervescencia creativa en la Rusia soviética, tras la Revolución de Octubre, fue más acentuada en los ámbitos de la arquitectura y el urbanismo. Desde este punto de vista, la arquitectura podría tener un rol en un amplio proyecto emancipador, y tal vez uno importante a la luz de sus efectos sobre el comportamiento humano, las relaciones sociales y la percepción. Podríamos discutir si es que las posibilidades de tal arquitectura se han esfumado para siempre o si se han vuelto a aparecer en el horizonte de la imaginación arquitectónica, o si otras direcciones se están explorando. Pero primero creo que tenemos que aclarar nuestra pregunta inicial acerca de lo político en la arquitectura.

Lo formal y lo contingente

¿Puede una obra de arquitectura ser política? Y si es así, ¿en qué sentido? Es esta dimensión política interna a la concepción del diseño o está en función de situaciones externas? Esta pregunta parece volver una y otra vez, especialmente después del final del período de la guerra fría, donde el ámbito político ha sido casi totalmente reducido a un acuerdo consensual-racional debido a las presiones del pluralismo liberal y el sologan post-político del ‘fin de las ideologías’. ¿Es el significado político, simplemente proyectado sobre una obra arquitectónica que de otro modo sería neutral? ¿O la dimensión política surge directamente desde la concepción de un diseño? ¿Puede una obra de arquitectura ser internamente crítica del statu quo? ¿O está condenada a ser el portador pasivo de cambiantes (externos) significados políticos a través de su historia?

Konstantin Melnikov, Pabellón Soviético en la Exposición Internacional de París de Artes Decorativas de 1925

Para dar una posible respuesta, primero tenemos que distinguir lo político de la política –y ver de qué maneras se relacionan con la arquitectura. El primero es un término más general que designa a la naturaleza política del ‘animal humano’ –como ha sido descrito por Aristóteles en su Política. Esta concepción se deriva de la comprensión de los seres humanos como seres esencialmente sociales que viven en la polis. Sin embargo, quiero contrastar una definición más abstracta y ontológica de la de lo político como una separación radical respecto de ‘un otro’, con un entendimiento de éste como la manifestación de las contradicciones internas del modo de producción de una determinada sociedad, en particular, la sociedad capitalista. Mientras que la política se refiere a las prácticas de particulares e instituciones destinadas a la gestión del carácter conflictivo de los asuntos públicos –es decir, de lo político como tal.

Lo político es concepto formal –en el sentido de estructural o universal–, mientras que la política es una noción contingente o particular. Lo político es una condición existencial, mientras que la política es un conjunto concreto de prácticas y acuerdos institucionales. La teórica política post-marxista, Chantal Mouffe, a raíz de la crítica de Carl Schmitt al liberalismo, define de lo político como un antagonismo fundamental que es constitutivo de la sociedad misma.[12] Schmitt, en su ensayo seminal El concepto de lo político (1932) propone que ‘la distinción específicamente política a la que las acciones y los motivos políticos pueden ser reducidas es la de amigo y enemigo’.[13] Schmitt sostiene que esta distinción no debe ser tomada como metafórica, sino como concreta y existencial, de forma análoga a categorías elementales como el bien y el mal en la ética, la belleza y la fealdad en la estética, o lo rentable y no-rentable en la economía. Para él, ‘la distinción entre amigo y enemigo denota el mayor grado de intensidad de una unión o separación, de una asociación o disociación’[14], por lo que cualquiera de las categorías mencionadas puede, al menos potencialmente, desarrollar el carácter antagónico ‘amigo-enemigo’ de lo político –cuando el ‘otro’ se percibe como una amenaza para nuestra propia estabilidad o existencia. Por lo tanto, el ámbito de la de lo político significa que sólo a través de la definición de nuestro propio opuesto o contraparte (enemigo potencial), podemos afirmar nuestra autonomía y posición en relación con el resto de la sociedad –en suma, mediante la definición de lo que no somos, definimos lo que somos. Sin embargo, Mouffe propone una lectura diferente de la clara distinción de Schmitt entre las categorías amigo/enemigo. Ella sostiene que hay una relación más fundamental, constitutiva de toda identidad social, la de nosotros y ellos.[15]  Por lo tanto, para ella la relación amigo/enemigo sería solo un momento particular dentro de la relación de identidad nosotros/ellos. La relación amigo/enemigo es entendida como antagonista, mientras que la relación nosotros/ellos es agonista.[16] El antagonismo se basa en la confrontación y la lucha directa, mientras que el agonismo corresponde a un modelo polemista en que la confrontación se transforma en disidencia a través de la mediación de instituciones democráticas.

Aunque diversos enfoques post-marxistas como ésta están comprometidos con una crítica de la democracia liberal post-política, también surgieron de un contexto histórico de crítica y revisionismo de la teoría marxista en su conjunto –que surgió de la década de 1960 hasta mediados de 1980, desde críticas post-estructuralistas al marxismo ortodoxo, el surgimiento del maoísmo, y la Nueva Izquierda. De acuerdo con Jameson, estas diversas teorías post-marxistas surgieron como consecuencia de las transformaciones estructurales en el capitalismo –en particular, la transición del imperialismo monopolista a su etapa multinacional. Tal vez la comprensión de Mouffe de la política tiene la debilidad de ser demasiado abstracto, basándose únicamente en el problema de la formación de la identidad política, y dejando de lado el papel de la producción y el espacio.

Podemos ver un enfoque muy diferente a lo político en el materialismo histórico de Marx, donde lo político no se define en un sentido ontológico explícito. La política es un dominio que constituye parte de la superestructura de la sociedad –por ejemplo, el Estado, el sistema jurídico, la ideología– y que está determinado por la base  económica (material) de la sociedad. Sin embargo, es importante entender que Marx veía esta determinación como una relación dialéctica –y no causal.[17] Para él, las contradicciones fundamentales en las relaciones económicas entre los hombres y entre los hombres y la naturaleza, con el tiempo alcanzan la ‘superficie empírica’ de la sociedad en la forma de los antagonismos sociales que afectan la base económica, por lo tanto lo político no es un reino totalmente autónomo en la que los antagonismos entre grupos sociales derivan exclusivamente de sus conflictos de identidad, sino que emergen de la interacción entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción. La forma que estos antagonismos fundamentales toman son los conflictos sociales entre clases definidas en función de su rol en las relaciones de producción y organización del trabajo –ya sea que son dueñas de los medios de producción o que tienen que trabajar para adquirir sus medios de subsistencia. Marx tenía una concepción previa de la política en sus primeros escritos alrededor de mediados del siglo XIX. De acuerdo con Humberto Schettino, la concepción de Marx de la política era doble, una negativa que vio la política como la dominación de una clase sobre otra, y otra positiva o utópico que lo vieron como la comunidad de autogobierno sin ningún tipo de instituciones mediadoras como el estado .[18] Schettino basa su crítica de Marx sobre el argumento de que debido a que estos dos conceptos son muy utópico y contradictorio, no tienen en cuenta la práctica actual de la política y limitar la libertad individual, argumentando sobre la “inevitabilidad de la dominación” y el antagonismo como parte de la “condición humana” en lugar de la expresión de las contradicciones en la base económica de la sociedad y, en consecuencia, en sus estructuras institucionales.[19] Sin embargo, tenemos que tener en cuenta que los últimos escritos de Marx sobre el defensor de la economía no es política de una concepción utópica de algunos políticos en el futuro, sino proporcionar una especie de imagen negativa acerca de cómo la sociedad está presente-capitalista destinada al fracaso a causa de su interna contradicciones.

Hannes Meyer, Construcción de 1927, el collage en la parte posterior de una planta de arquitectura, 60 x 60 cm

La noción de antagonismo parece ser el núcleo de la definición de la política en la teoría marxista y post-marxistas. Esto está en agudo contraste con las teorías liberal-burguesas en las que la sociedad política, así como, se ve como un todo armónico en el neutro que los individuos pueden deliberar racionalmente para llegar a soluciones consensuadas a los conflictos. Según Mouffe, lo que está fundamentalmente mal con este punto de vista es “la negación del carácter indeleble del antagonismo”. En consecuencia, se aboga por el reconocimiento del antagonismo y la exclusión como fuerzas constitutivas de la formación de la identidad colectiva. Mientras que para Marx, el punto de vista liberal estaba viciado profundamente debido a su concepción del individuo como creador de toda la sociedad y no al revés. “Libre” El universal individuo predicado por los pensadores de la Revolución Francesa fue el origen de los burgueses liberales y la teoría idealista de que Marx trató de la crítica y deshacer.

Por lo tanto, podemos concluir que la diferencia fundamental entre el Marx / marxista y post-marxistas definiciones de la política reside en el concepto de antagonismo. Para los post-marxistas el carácter antagónico de la política reside en el núcleo de la constitución de identidades colectivas-en el hecho de que la identidad implica la exclusión. Para Marx y la mayoría de los marxistas, los antagonismos sociales no surgen principalmente de las luchas políticas de identidad, sino que son la expresión fenoménica de profundas contradicciones en el ámbito de la producción-en particular, en el conflicto de las relaciones de propiedad sobre la propiedad de los medios de producción y la producto social (materias primas), y el papel de la superestructura política en el retraso del desarrollo de las fuerzas de producción.[20] Por lo tanto, la primera propone una noción de identidad basada en el antagonismo, mientras que el segundo de carácter económico. El primero se basa en el concepto de agonismo, Mientras que el segundo en la noción de contradicción Y ambos comparten el “potencial” para desarrollar en el (a veces violenta) los antagonismos sociales.

Iván Leonidov, Instituto y Biblioteca Lenin, Moscú, 1927

Desde el punto de vista de la arquitectura, Pier Vittorio Aureli sugiere: recurrir a una fusión entre Schmitt y Arendt puntos de vista-, que “la esfera de la política es el ámbito en el que una parte, un grupo de individuos, adquiere un conocimiento de sí mismo en la forma de saber lo que es, lo que debería ser, lo que quiere, y lo que no quiere “.[21] De esto, se propone una ecuación entre los conceptos de el sector formal y de la política en la arquitectura:

Si la política es el agonismo través de la separación y la confrontación, es precisamente en el proceso de separación inherente a la toma de la forma arquitectónica que la política se encuentra en la arquitectura, y por lo tanto la posibilidad de entender la relación agonística entre la arquitectura y su contexto.[22]

De acuerdo con Aureli, la política en una obra de arquitectura no reside en el contenido de su contingente-es decir, su significado o uso, pero en sus propiedades intrínsecas formales como éstas siempre establecer una relación entre la arquitectura y el contexto en el que se establece. En este sentido, pero desde una perspectiva filosófica, Slavoj Zizek sostiene que de la política caracteriza el proceso de “llegar a ser humano que comienza con el encuentro traumático entre los seres humanos y el mundo (la naturaleza, lo desconocido). Durante este tiempo, los seres humanos se separa radicalmente de ella, afirmando así su propia identidad mediante la construcción de una distinta “mundo humano” de la que natural y que en última instancia simboliza la manera en que los humanos se relacionan con el mundo natural dado.[23] Por lo tanto, para Zizek la naturaleza política del hombre no es, de hecho “natural” sino por el contrario, es lo que constituye la red artificial y simbólico que construimos con el fin de hacer frente a lo que en realidad no podemos comprender el mundo natural extranjera o externa. Argumenta que “si (lo que experimentamos como) la” realidad “es para salir, algo tiene que ser excluido de ella, es decir, la” realidad “, como la verdad, es, por definición, no” todo”.[24] Sería precisamente este carácter incompleto de la realidad, este fracaso de la (completa) la simbolización del mundo, lo que da de la política su antagónica y abierto carácter, siempre tratando de conseguir un adecuado equilibrio entre el hombre y la naturaleza, y entre los hombres mismos, la sociedad. Los resortes de antagonismo directamente desde la incompleta (fallida) la representación del mundo o la sociedad, lo cual crea una división interna entre una parte y la totalidad. Esta contradicción interna para siempre impide que la sociedad la formación de un desarrollo armonioso, todo neutro, cerrado. Para ejemplificar esto, Žižek pone delante de seguimiento de Rancière-la forma en que los griegos antiguos, el demos, pasó de exigir su voz sea escuchada para presentarse como los representantes de toda la sociedad, estableciendo una distancia de aquellos en el poder y, al mismo tiempo la afirmación de su identidad como universal.[25] Así, según este argumento, el antagonismo de un “conflicto político designa a la tensión entre el cuerpo social estructurado en el que cada parte tiene su lugar, y ‘por parte de ningún” parte que perturba el orden público a causa del principio de la universalidad vacía ‘.[26] La política siempre aspira a un sustituto de lo universal: “sin la pretensión de universalidad, simplemente no hay nada de política”.[27]

Mientras que las teorías post-marxistas tienden a concentrarse en la relación entre el hombre como el centro de la atención política, el marxismo, Aureli y Zizek sobre la relación entre el hombre y el medio ambiente (natural o artificial) como el momento fundacional de la política y la sociedad- llamado relaciones con la naturaleza. Sin embargo, creo que subyace a estas diferentes aproximaciones a la cuestión de la política hay un terreno común que descansa sobre dos características: 1) la política se basa en la separación de una parte de un conjunto de tal manera que la parte pretende representar el conjunto y el conjunto anterior se convierte en su particular contra-parte, 2) la dimensión política reside en el relación que se establece entre la situación parte por el todo universal, y su homólogo ahora de pie para el particular, por lo tanto la redefinición de sus antiguas posiciones e identidades. En términos más concretos, podemos decir, por ejemplo, que cuando una comunidad decide cortar sus vínculos de otra comunidad (más grande), lo hace principalmente a causa de sus diferencias y conflictos. Sin embargo, en el proceso de afirmación de su identidad propia y autonomía, esta comunidad no se limita a la crítica de su anterior ‘madre’, pero vuelve a verse a sí mismo como la entidad más grande, ya que la mayoría contra una minoría, lo universal frente a lo particular, sin importar el número real de individuos involucrados. Si la política es la separación tanto como lo es la relación, es fundamentalmente mediación: Su forma actual entre seres humanos, y entre humanos y el mundo circundante, la estructuración de la misma forma en que nos relacionamos unos con otros en la sociedad y con el medio ambiente natural y humano.

Si traducimos esto en términos arquitectónicos, lo que significa es que tenemos que reconocer que la arquitectura, entendida como el producto de la forma en que hacer frente y se relacionan con la naturaleza y con la sociedad, se basa principalmente en la separación, la división, que al mismo tiempo, establece una relación particular entre los seres humanos, y entre los seres humanos y el medio ambiente: esta relación particular implica una decisión acerca de cómo organizar mejor esta mediación, una decisión que nunca puede ser completa una vez por todas-lo que significa que siempre estamos aproximando a un equilibrio ideal que nunca se puede lograr. Esta mediación toma la forma de un elemento arquitectónico principal, la pared. Pero la pared fundamentalmente permite una distinción, que entre un interior y un medio exterior. La parte por el medio interior que la arquitectura produce, mientras que el conjunto representa el exterior natural o artificial del mundo. Así, el trabajo de los stands de arquitectura o media la relación entre los seres humanos y el mundo natural y artificial, y también se destaca, de manera más abstracta, entre los propios seres humanos, ya que interviene en nuestras relaciones sociales a través de diversos arreglos espaciales.

Sin embargo, de acuerdo con esta definición, podemos todavía afirmar que el hombre es intrínsecamente o, naturalmente, un “animal político” como Aristóteles presupone? Aureli siguiente afirmación de Arendt acerca de la no existencia de un contenido político en sí mismo. Para Arendt, no hay nada político en un ser humano de forma aislada, sino que radica en las relaciones que se establecen entre hombres. La política surge precisamente en el conflicto acerca de cómo articular mejor las relaciones entre los seres humanos. Pero si también entendemos la política como esa dimensión en la que un ser humano o un grupo define su posición y por lo tanto su identidad en relación con un otro tanto a través de su asociación y su separación de otros seres humanos, entonces tenemos que reconocer que la política se define tanto por un proceso de formación de la identidad a través separación que por una relación entre identidades diferentes. Por lo tanto, separación,relación, y la posición permanecería como las categorías esenciales que pueden explicar la dimensión política de los seres humanos. El carácter antagónico y contradictorio de la política reside en última instancia, en torno a la cuestión de cuál es la mejor manera de organizar los seres humanos para la producción de su propio ser humano con el medio ambiente y asegurar su propia subsistencia.

En este punto podría ayudarnos si le pedimos una pregunta inversa: lo que no constituye la dimensión política en una obra de arquitectura? La diferencia que hemos trazado entre el sector formal (política) y el contingente (la política) nos obligan a responder: el “uso político” de una obra de arquitectura o de su “significado político” no puede constituir su dimensión política intrínseca debido a que ambos pertenecen a el reino de lo contingente. Si éstos eran el lugar de la política en una obra de arquitectura no tendríamos más remedio que aceptar la neutralidad de la misma. Jameson entiende claramente esto cuando habla de la diferencia entre la política y el político, o de lo particular y lo universal:

(…) Por lo menos dos significados diferentes, se despliegan cuando utilizamos la palabra política. Uno de ellos es la política, como lo especializado, local, la actividad empírica, como, por ejemplo, cuando se habla de una novela política, nos referimos a una novela sobre las elecciones del gobierno y en general, acerca de la ciudad de Quebec o en Washington, acerca de la gente en el poder y sus técnicas y tareas específicas. La otra es la política en sentido global, de la fundación y la transformación, la conservación y revolucionando, de la sociedad en su conjunto, de lo colectivo, de lo que organiza las relaciones humanas en general, y permite o patrocina, o los límites y las mutila, las posibilidades humanas.[28]

De acuerdo con este ejemplo, una obra de arquitectura que se presenta como explícitamente “político” no es menos político, en el sentido estructural, formal, que otro que no lo hace. En otras palabras, una obra de arquitectura no se convierta en política a causa de ser un edificio del gobierno, una prisión o un lugar donde la ‘política’, en el sentido estricto, que pase. Echemos un vistazo a este argumento más de cerca en el caso de Neil Leach.

Covacevic, Echeñique, Gaggero, González, Medina, Edificio de la UNCTAD III, 1971-1972, Santiago de Chile

En un intento de definir la política en la arquitectura y el arte, Neil Leach se enfrenta a Marcuse y Adorno puntos de vista sobre el arte político con el Jameson y las ideas de Foucault sobre el tema. Según Leach, tanto Marcuse y Adorno atribuye a la autonomía de la forma estética, como una crítica interna de las relaciones sociales existentes, por lo que para ellos un arte revolucionario es posible y necesario.[29] Sin embargo, sospecho que la cuenta de Leach en la posición de Jameson sobre este asunto es algo unilateral. Hace hincapié en respuesta tentativa de Jameson a la posibilidad de una arquitectura política en el siguiente pasaje:

Si desea una arquitectura a disentir de la situación actual, ¿cómo se van haciendo sobre esto? He llegado a pensar que ninguna obra de arte o cultura puede salir a ser político una vez por todas, no importa lo ostentoso que se califica como tal, no puede haber ninguna garantía de que serán utilizados de la forma en que las demandas (. ..) La política de reescritura o apropiación entonces, el uso político, también debe ser alegórica, tienes que saber que esto es lo que se supone que es o significa -En sí misma es inerte.[30]

Pueblo chileno en un almuerzo comunitario en el La UNCTAD III obra de construcción, 1971

Aquí, parece que Jameson afirma que el neutro (inerte) la naturaleza de la forma arquitectónica, y que su significado político se deriva sólo de sus contenidos contingentes a través del tiempo. No hace ninguna diferencia si una obra arquitectónica fue concebida como para cumplir con algún fin político, porque no hay ni la garantía ni la fijeza en su significado social e histórico. Un caso ejemplar de esta tesis podría ser el edificio de la UNCTAD III en Chile. Fue construido en 1971, durante el gobierno socialista de Salvador Allende, y que simboliza un gran (trabajador) el esfuerzo colectivo, desde que se construyó en sólo 275 días, con ocasión de la Conferencia Internacional de la ONU[31] en la que los líderes del mundo tendrán la oportunidad única de ver “por sí mismos” el progreso real de la llamada “vía chilena al socialismo ‘-la arquitectura de la misma está directamente influenciada por las instalaciones de la Bauhaus. Después del golpe militar de 1973, el edificio se convirtió en la sede de la Junta, que entonces formaba parte del Ministerio de Defensa, la adquisición de todo tipo de asociaciones negativas y represivas. Finalmente, en 2006 fue parcialmente destruido por un incendio, sólo para ser revivido como un cruel pastiche, como la celebración de la coalición liberal-democrática en el poder en ese momento.[32] Podemos ver claramente en este ejemplo la observación hecha por Jameson, sin embargo, uno no puede dejar de hacer la pregunta difícil: ¿cómo puede una obra de arquitectura neutral, apolítico y puramente un hecho material, si los que lo concibieron en el primer lugar fueron los temas políticos que actúen en su voluntad en una situación política en el sentido más amplio?

Edificio de la UNCTAD III, Parcialmente destruido por un incendio en 2006

Seguramente Leach tiene razón al señalar que, en la interpretación de una obra de arquitectura o el arte-, que siempre se debe hacer una clara distinción entre lo estético la lectura de forma y lo político la lectura de contenido -Relegando el contenido político sólo para (contingente). Sin embargo, se equivoca al presuponer la arquitectura como un mero pasivo contenedor de siempre cambiante usos sociales y políticos. Al hablar de Foucault, insiste en esta tesis, un poco el reconocimiento de la posibilidad de que una obra de arquitectura puede “influir en el comportamiento social. No obstante, concluye que, en el caso de panóptico de Bentham, “no es la forma de panóptico, que controla el comportamiento de los internos. Más bien, es la política de uso (…) que es en última instancia determinante de la conducta, y la arquitectura se limita a apoyar a que la política de uso a través de su diseño eficiente “.[33]

Panóptico de Bentham, 1787 © UCL, Londres

Si leemos la declaración de Jameson de cerca, él dice que “tengo ahora que lo pienso que ninguna obra de arte o la cultura puede salir a ser político una vez por todas “, lo que implica que él creía que ser el caso, pero ya no. Como cuestión de hecho, si leemos todo su argumento se obtiene que, a pesar de sus reservas para hacer valer una obra arquitectónica interna política, se plantea una cuestión importante acerca de la posibilidad de que la arquitectura para establecer una ‘crítica (política) de distancia desde el contexto en el que se lleva a cabo: “¿Cómo podría entonces un edificio de establecerse como crítico y poner su contexto en el punto de vista negativo o crítico? La perplejidad de nuestras reflexiones políticas sobre la arquitectura se encuentra concentrada en esta pregunta: puesto que la arquitectura se convierte en el ser mismo, ¿cómo puede encontrar el negativo de cualquier lugar en él “[34] Volveremos a esta importante cuestión relativa a la naturaleza misma de la arquitectura.

Edificio de la UNCTAD III, Cambia su nombre por GAM ya que fue reconstruido en 2010

Tal vez, la reserva de Jameson se debe a su toma en la creencia fundamental de que los arquitectos Tafuri no debería escribir sobre la arquitectura y que a medida que los críticos de arquitectura, que sólo puede intervenir en los discursos sobre la arquitectura, pero no en el edificio de la misma.[35] Como mencionamos anteriormente, para Tafuri el absurdo estaba en los arquitectos que proponen los puramente arquitectónicos de alternativas a la statu quo. Para él “la búsqueda de una alternativa dentro de las estructuras que condicionan el carácter mismo de la concepción arquitectónica es de hecho una contradicción obvia en términos.[36] Tal vez, sostiene Jameson, “su [Tafuri] paradoja en particular puede ser al revés. “Un modo de expresión”, dijo Wittgenstein, “es un modo de vida.” Tal vez podamos ver si cualquiera de las formas nuevas que hemos imaginado en secreto podría corresponder a nuevos modos de vida emergentes ni siquiera parcialmente.[37] En este sentido, Jameson argumentos sobre la naturaleza política del espacio parecen a la vez crítico y positivo, quizás a causa de la influencia de Lefebvre. En contraste la ambigüedad de la posición de Leach, Henri Lefebvre se dirige directamente a la naturaleza política del espacio, y por lo tanto, de la arquitectura:

El espacio no es un objeto científico engañado por la ideología o la política, siempre ha sido político y estratégico (…) El espacio ha sido moldeado, modelado, basado en elementos históricos o naturales, pero políticamente siempre. El espacio es político e ideológico. Se trata de una representación literal de la ideología. No es una ideología del espacio, ¿por qué? Debido a que este espacio que parece homogéneo (…) es un producto social.[38]

Aquí tenemos una declaración clara de atacar a una concepción puramente geométrica del espacio a causa de su origen histórico y social, que en última instancia, significa que su base política. Sin embargo, también tenemos que tener en cuenta una distinción importante ya está implícito en los argumentos discutidos anteriormente: que los niveles en los que la política se lleva a cabo en la arquitectura no son idénticos, es decir, en el discurso, proyecto, diseño, y el trabajo. Hemos estado preocupados principalmente con la obra construida de la arquitectura y su dimensión política, lo que significa que la cuestión fundamental radica en la estructura material de la arquitectura y su acción sobre el comportamiento humano y la percepción, en suma, más de las relaciones sociales.

Por lo tanto, podemos al menos provisionalmente, la conclusión de que la dimensión propiamente política en una obra de arquitectura está integrado desde el principio en su concepción, este proyecto será un (conceptual) o una (particular) de diseño de una distinción importante que vamos a dejar pasar la el momento. Esta concepción es inevitable, social y política que se transfiere a la obra construida, que afecta al mundo real de las prácticas de las relaciones sociales. La inevitabilidad de esta idea se basa en el hecho bastante obvio que todo el diseño arquitectónico está siempre en primer lugar, concebido por los sujetos políticos que forman parte de una situación histórica concreta. El segundo punto no es tan simple, sin embargo, porque tenemos que hacer frente a la incómoda verdad de que hay algo completamente misterioso en la transición del dibujo a la construcción.[39] Esto no excluye en absoluto la responsabilidad de desentrañar el funcionamiento de este proceso. Pero hay que decir que esta desintegración se tiene que hacer de las prácticas concretas de la arquitectura y no de un discurso idealizado sobre el mismo.

La dimensión política concreta en un trabajo integrado de la arquitectura, formando parte activa de su contexto y la actividad humana que tiene lugar en ella y se relaciona con ella, es una pregunta que no puede ser resuelto sin antes preguntar: ¿La arquitectura de determinar de alguna manera el comportamiento humano , el pensamiento o la acción? ¿Qué es exactamente la naturaleza de esta determinación? ¿Cómo una obra de arquitectura influye en nuestra percepción y las relaciones sociales?

Funcionalismo, fetichismo de la mercancía, y el lenguaje mudo de la arquitectura

Es comúnmente conocido e indiscutible a menudo, que la arquitectura debe reflejar o por lo menos se basa en el uso, las funciones, las actividades humanas, o las relaciones sociales-dejando a un lado las obvias diferencias entre estos términos. Desde la Bauhaus y la idea del funcionalismo, arquitectos trató de producir una adecuación entre la forma arquitectónica y las necesidades humanas, es decir- las necesidades básicas del cuerpo humano. Esto se intentó en varias formas, siendo el lema de (in) famoso “la forma sigue la función”-acuñado por Louis Sullivan-el punto de partida común. El movimiento moderno vio la producción de la industria y de masas como un modelo ejemplar para el desarrollo de la sociedad, y aún más, de la justicia social. Lefebvre discutir la ambigüedad política y el uso ideológico de este tipo de discurso:

En cuanto a la arquitectura de la época, que resulta ser en el servicio del Estado, y por lo tanto una fuerza conformista y reformista a escala mundial. Esta! A pesar de que su llegada fue aclamada como una revolución, incluso como la revolución anti-burguesa en la arquitectura La Bauhaus, al igual que Le Corbusier, expresó (en la formulación y conoció a) los requisitos de arquitectura del capitalismo de Estado, los cuales difieren poco, en efecto, a partir de los requerimientos del socialismo de Estado, según lo identificado en el mismo período por los constructivistas rusos.[40]

Christine Frederick, Ingeniería del hogar: Gestión Científica en el Hogar, 1921

Para el funcionalismo Lefebvre fue un discurso idealista disfrazado de sus vínculos con los requisitos tayloristas del Estado capitalista, en lugar de un enfoque objetivista en su propio derecho. Por otra parte, ‘función’ y ‘necesidades’ son considerados como abstracciones de la peor especie. Para él, ambos son un producto social y el pensamiento no las causas o demandas de los arquitectos modernos. La premisa fundamental de la arquitectura moderna era que uno podía llegar a una obra arquitectónica más veraz a través de la utilización de procedimientos racionales en los métodos intelectuales y la construcción. La versión extrema de esta idea fue que la arquitectura debe desaparecer con el tiempo dejando única organización racional y la construcción como la principal tarea de los arquitectos-ejemplificada, entre otros, por las ideas del arquitecto marxista, Hannes Meyer. Lefebvre también vincula a la idea de que la forma arquitectónica debe funciones ‘express’ y la eficiencia de sus procedimientos propios, con lo que él llama lógica de la transparencia, Por la que se refería a la esfera visible de lectura del texto:

El arquitecto se supone que la construcción de un espacio en donde la forma es lo que significa para funcionar como significante es significado, la forma, en otras palabras, se supone que enunciar o proclaman la función. De acuerdo con este principio, que está abrazado por la mayoría de los diseñadores, el ambiente puede ser suministrado con o animadas por signos de tal manera que el espacio apropiado, de tal manera que el espacio se convierte en legible para la sociedad en su conjunto.[41]

Lefebvre asocia esta tendencia con una tendencia más global hacia la abstracción, los signos y el papel dominante de la lingüística en la teoría y la práctica cotidiana. En última instancia, el principio de funcionamiento visto como la aplicación de la lógica de la transparencia, la visibilidad y la legibilidad, en suma, el dominio de la del texto-, persigue el colapso entre interior y exterior en la arquitectura, dando lugar a una depreciación general de masividad y la fachada. Los arquitectos se vieron como el mayor libertadores de las restricciones de edad de la pared, haciendo hincapié en el espacio visual y la ingravidez “, siguiendo la tendencia de la filosofía, del arte y la literatura, y de la sociedad en su conjunto, a las relaciones de la abstracción, visualización espacial y formal-, la arquitectura se esforzó por la inmaterialidad.[42]

A pesar de que el funcionalismo, considerado como el razón de ser de la arquitectura, ha sido rechazado sistemáticamente entre los arquitectos neo-vanguardia, se mantiene como el principio más poderoso en la regulación de la práctica arquitectónica, una especie de criterios de sentido común, la auto-justificados y “natural” por derecho propio. Aunque la arquitectura es a la vez el producto de (útil) del trabajo humano y un objeto de utilidad, esta aparente evidencia y la transparencia entre forma y función no está tan claro el momento en que empiezan a tener en cuenta el carácter contingente de uso de sí mismo. Por ejemplo, Theodor Adorno señaló la imposibilidad de una “arquitectura puramente utilitaria” como un antídoto a los diferentes estilos “, siendo la contradicción de que” el rechazo absoluto del estilo se convierte en estilo.[43] La gran paradoja de Adorno era que la arquitectura es a la vez útil e inútil si se trata de permanecer como un arte mayor: “Porque la arquitectura es, de hecho, a la vez autónoma y el propósito orientado, no puede limitarse a negar los hombres tal como son. Y sin embargo, debe hacer precisamente eso, si va a seguir siendo autónomo “.[44] La arquitectura no puede basarse únicamente en su propósito, porque “siempre habrá un motivo que provocará el inicio de un trabajo, pero no su razón de ser una obra de arquitectura como tal».[45] Para Adorno, la autonomía arquitectónica significaba que el verdadero núcleo de la arquitectura no se encontraba en su utilidad (contenido), sino en su propio resumen (formal) de los procedimientos, esto fue marcadamente diferenciados desde una perspectiva puramente (vacío) de la arquitectura formal, y no abstracciones formales fueron una reacción a las relaciones sociales establecidas, en un intento tipo de distancia crítica de la producción de mercancías en masa.

Anton Räderscheidt, Begegnung de 1921

A más fundamental, la vinculación estructural que queda por explorar, que entre las ideas del funcionalismo y el principio de utilidad como desarrollados a partir de utilitarismo temprano para las teorías económicas burguesas como el marginalismo y la llamada “teoría subjetiva del valor”. Para los arquitectos modernistas de Vitruvio utilitas fue el punto de partida, la base real de toda la arquitectura, que fue pensado para ser el soporte material, y por lo tanto la “respuesta” a las necesidades sociales. Sin embargo, este aparente ajuste “honestidad” y directa entre las necesidades sociales y la respuesta formal de la arquitectura era de Lefebvre un “positivista-empírico” ilusión ya que “nada podría ser más oscura. Cuyas necesidades? ¿Por quién se formulan esas necesidades? Y por lo que están satisfechos o saturado?[46] En efecto, apenas algo más impregnado por la ideología que una apelación a las ‘necesidades reales de las personas’ en el primer lugar. Sin embargo, este no era el problema principal, sino más bien el intento de: 1) justificar y evaluar la arquitectura en relación a su utilidad como criterio de validez definitiva, y 2) que suponen el “individuo que maximiza la utilidad” como distintivo de la subjetividad del hombre moderno .

El utilitarismo filosófico temprano, como se ve en la obra de Jeremy Bentham y John Stuart Mill, sostuvo que la búsqueda de la mayor felicidad para el mayor número de individuos fue el máximo principio ético-la felicidad se logra a través de el placer de maximización de la utilidad para el individuo. Basándose en la idea de la iluminación de la autonomía y el libre albedrío individual, utilitaristas sentar las bases para el desarrollo del liberalismo clásico, que tenía en su esencia el individuo universal y gratuito como el generador de toda la sociedad-un punto de vista idealista, básicamente. Los economistas del XX finales del siglo XIX y principios del XX, como Menger, Jevons, Walras, y la Escuela Austríaca de Economía, ha desarrollado algunas de estas ideas en el concepto de “utilidad marginal”, según la cual el valor económico de una mercancía se determina a través de su utilidad o utilidad en relación con su escasez o límite en el suministro. El marginalismo se considera un “subjetivo” teoría del valor, lo que significa que el valor de una mercancía es fijado por la valoración de la persona de ese producto en términos de utilidad y la escasez: “El valor es totalmente basada en la utilidad, y la cantidad de valor se determina, no por término medio, sino por la utilidad final o marginal. El valor subjetivo de un bien, a diferencia de su utilidad, radica en que es la condición indispensable de la satisfacción de alguna necesidad “.[47] En la economía burguesa esta tendencia le llevó a centrarse casi exclusivamente en la elección de cambio y de consumo, la fuente de todo valor y precio, dejando a un lado la producción y el trabajo. Marx sostenía lo contrario, mientras que él también afirmó que con el fin de tener un valor, y el objeto tiene que ser útil para los seres humanos, que dijo no estar preocupado por la naturaleza (psicológica) de las necesidades humanas o necesita cumplir algún objeto útil, pero más bien con el proceso de la producción necesaria para ese objeto que existe en el primer lugar como la verdadera fuente de valor. Bajo el capitalismo, la producción es la producción destinada a ser intercambiada, no para su uso, lo que plantea el funcionalismo en una especie de absurdo obsoleto, incluso para su época: “La sociedad nos engaña cuando dice que se permite que las cosas aparecen como si estuvieran allí por la humanidad la voluntad. De hecho, se producen por causa de utilidad de, sino satisfacer las necesidades humanas sólo de manera incidental “.[48]

Panóptico de Bentham visto desde el interior de una de las unidades celulares

El papel central desempeñado por la utilidad o la utilidad de estas teorías burguesas que se hacen eco del funcionalismo. A pesar de que se derivan de campos completamente diferentes, comparten la creencia de que la utilidad de un objeto puede medirse cuantitativamente en términos de la satisfacción de una necesidad humana. Estos arquitectos modernos dirigidos para creer que la arquitectura puede ser medido de acuerdo con su utilidad que refleja la “maximización de la utilidad ‘problema de los economistas burgueses. Al hablar acerca de la utilidad como la capacidad de un objeto para satisfacer una necesidad o deseo humano, básicamente estamos describiendo la experiencia subjetiva entre un individuo en particular y el objeto, esta experiencia es transferible personal, no, en última instancia y cualitativos. Arquitectos cree que de alguna manera podría basar la arquitectura como la solución racional a las necesidades sociales, sin embargo, estas necesidades no son naturales sino un producto social y enseñado a través de diversos “aparatos ideológicos”.[49] Tal vez inconscientemente, siguiendo este principio liberal de la maximización de la utilidad individual, la arquitectura moderna se basó en una visión psicológica de la arquitectura y por lo que entran en los mismos errores de los economistas burgueses, es decir, cómo el cambiante valor de uso de un objeto puede justificar su propia existencia y el valor una vez por todas? En términos arquitectónicos, ¿cómo pueden las funciones, el uso, o el propósito de un edificio en particular es su sustancia, si son contingentes? Si diseñamos una fábrica y luego se convierte en un complejo de viviendas, esto significa que la “calidad arquitectónica” se ha perdido por completo? Si el uso es siempre cambiante, incluso dentro del mismo programa, como no podía ser la sustancial en una obra arquitectónica? Y Lat pero no menos importante, si el uso y la función no puede ser el fundamento de una obra arquitectónica, ¿qué queda? Los principios universales formales, como el Renacimiento? ¿Qué es lo que permanece en una obra arquitectónica, cuando su uso inicial ha cambiado, o incluso cuando deja de usarse? No podemos responder a esto de inmediato, pero debemos tener en cuenta que nos trae de vuelta al problema entre lo formal y lo contingente.

En cualquier caso, el problema del funcionalismo se esconde una más fundamental, a saber cuál es la naturaleza de la relación entre la actividad humana (relaciones sociales) y la forma arquitectónica? Si esta relación no es causal ni transparente, como Lefebvre, argumentó, ¿cuál es su dinámica fundamental? Teoría de la arquitectura contemporánea es totalmente inoperante, para dar una respuesta satisfactoria a esta cuestión esencial. Ya sea porque está demasiado preocupado con la promoción de un nuevo vacío de vanguardia, tratando de representar el determinismo tecnológico como la máxima autoridad de los radicales experimentos formales autónomas, o se guarecen en el ámbito cómodo de nunca acabar filosófico-artístico-conceptualizados en las discusiones. Podríamos seguir enumerando las ilusiones y la disociación completa de la realidad de la teoría arquitectónica, pero parece más interesante explorar qué otras alternativas tenemos, fuera de esta situación.

En mi opinión, hay dos enfoques precisos para dar una respuesta a la pregunta que mencionamos arriba: 1) la teoría del materialismo histórico, y 2) la fenomenología.


[1] Leach, Neil (Ed.). Arquitectura y revolución: perspectivas contemporáneas en la Europa Central y Oriental. Londres, Routledge, 1999. pág. 113

[2] Morgan, Diane. El postmodernismo y Arquitectura. En: Sim, Stuart (Ed.). El compañero de Routledge al postmodernismo. Routledge, Londres. 2001. pág. 80

[3] Latour, Bruno, nunca hemos sido modernos.

[4] Notablemente, los Situacionistas, Aldo Rossi, y Archizoom. Ver: Aureli, Pier Vittorio. El proyecto de autonomía: La política y la arquitectura dentro y contra el capitalismo. Nueva York, Centro de Buell / Proyecto Forum, Princeton Architectural Press, 2008.

[5] Tafuri, Manfredo. Teorías e Historia de la Arquitectura. Nueva York, Harper & Row Publishers, 1980.

[6] Jameson, Frederic. Arquitectura y la crítica de la ideología. En: Hays, Michael K. (Ed.). Arquitectura de la teoría a partir de 1968. Cambridge, MIT Press, 1998. pág. 444

[7] Ibid., P. 450

[8] Lenin, V.I.; Žižek, Slavoj (Ed.). Revolución en las puertas. Una selección de escritos de febrero a octubre 1917. Londres, Verso, 2002. pág. 9

[9] Lefebvre, Henri. La producción del espacio. Oxford, Blackwell Publishing Ltd, 1991. pág. 54

[10] Ibid., P. 53

[11] Ibid., P. 54

[12] Mouffe contrario a esta definición con la de los teóricos liberales que ven la política como un reino individualista-racional de la libre discusión y la deliberación, desprovisto de cualquier exclusión constitutiva, o relación de antagonismo. Ver: Mouffe, Chantal. En la política. Abingdon, Routledge, 2005. pág. 9

[13] Schmitt, Carl. El concepto de lo político. Londres, University of Chicago Press, 2001. pág. 26

[14] Ibíd. pág. 26

[15] Mouffe destaca el potencial de la teoría de Schmitt para una teoría de la identidad relacional de Derrida. Para los orígenes de este punto de vista post-marxista en la formación de identidades colectivas, ver: Laclau, Ernesto; Mouffe, Chantal. Hegemonía y estrategia socialista. Londres, Verso, 1985, y: Laclau, Ernesto (Ed.). La formación de las identidades políticas. Londres, Verso, 1994.

[16] “Mientras que el antagonismo es una relación nosotros / ellos en el que las dos partes son enemigos que no comparten un terreno común, agonismo es una relación nosotros / ellos donde las partes en conflicto, aun reconociendo que no existe una solución racional a su conflicto, sin embargo, reconocen la legitimidad de sus oponentes. Ver: Mouffe, Chantal. En la política. Abingdon, Routledge, 2005. pág. 20, para una definición del concepto de agonismo ver: la paradoja democrática.

[17] El marxismo ortodoxo representado por la lectura de Marx de una manera mecanicista o determinista de Plejánov o Kautsky, han sido ampliamente criticadas por el marxismo occidental y, entre otros, por Martha Harnecker, Chris Harman, y David Harvey.

[18] Schettino, Humberto. La noción de la política en los primeros escritos de Marx. Crítica, Revista Hispanoamericana de Filosofía. Vol. 36, N º 107 (agosto 2004): 3-38

[19] Schettino se basa en Leviatán de Hobbes para sacar el argumento sobre cómo antagonismo en incrustado en la naturaleza humana, porque los seres humanos siempre luchar por sobrevivir en un contexto de escasez permanente. Esto es claramente uno de los argumentos desarrollados por el liberalismo clásico y el individualismo de John Locke, Adam Smith, y otros. Ver: ibídem, p.. 30

[20] Volveremos con más detalle a la dinámica entre las relaciones y las fuerzas de producción. Véase, por ejemplo: Harman, Chris. El marxismo y la historia: dos ensayos. Londres, Bookmark Publications Ltd, 1998. Y también: Marx, Karl, Engels, Friedrich. La ideología alemana. Editorial Progreso, 1968. Consultado el 10 de diciembre 2011. http://www.marxists.org/archive/marx/works/download/Marx_The_German_Ideology.pdf, Marx, Karl. Contribución a la Crítica de la Economía Política. Moscú, Editorial Progreso, 1859. Consultado el 10 de diciembre 2011.

[21] Aureli, Pier Vittorio. La posibilidad de una arquitectura absoluta. Cambridge, MA, MIT Press, 2011. pág. 29

[22] Ibid., P. ix

[23] Para ver un ejemplo de este “encuentro traumático ‘, ver: Zizek, Slavoj. En la creencia. Londres, Routledge, 2001. pág. 47

[24] Žižek, Slavoj (Ed.). Mapeo de la ideología. Londres, Verso, 1994. pág. 21

[25] Zizek, Slavoj. El espinoso tema. El centro ausente de la ontología política. Londres, Verso, 2000. pág. 187-88

[26] Žižek continúa de la siguiente manera: “Esta identificación de la no-parte con el todo, por una parte de la sociedad sin un lugar bien definido dentro de ella (o resistir el lugar asignado subordinada dentro de ella) con la Declaración Universal, es el gesto elemental de la politización, discernible en todos los grandes acontecimientos democráticos de la Revolución Francesa (en la que le troisième de Estado proclamó idéntica a la Nación como tal, contra la aristocracia y el clero) a la desaparición del ex Europea Socialismo (en el que “los foros” disidentes se proclamaron representante de toda la sociedad en contra de la nomenklatura del partido) “. Ibid., P. 188

[27] Dean, Jodi. La política de Zizek. Routledge, Nueva York, 2006. pág. 120

[28] Jameson, Fredric. Es un espacio político? En: Leach, Neil (Ed.). Arquitectura y revolución: perspectivas contemporáneas en la Europa Central y Oriental. Londres, Routledge, 1999. pág. 243

[29] Leach, Neil (Ed.). Arquitectura y revolución: perspectivas contemporáneas en la Europa Central y Oriental. Londres, Routledge, 1999. pág. 113-14

[30] Es un espacio político? Citado por Neil Leach, op. cit., p. 245

[31] Tercera Conferencia de Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, celebrada en Santiago de Chile, abril 13 a mayo 21, 1972.

[32] Varas, Paulina; Llano, José (Ed.). 275 Días. Sitio, Tiempo, Contexto y Afecciones específicas. Catálogo para el proyecto curatorial para el edificio Gabriela Mistral, Centro Cultural 2009-2011. Santiago, Ograma / La Máquina del Arte, 2011.

[33] Arquitectura y revolución, Op. cit. pág. 121

[34] Es un espacio político? op. cit. pág. 246

[35] Ver: No hay crítica, sólo la historia, una entrevista con Manfredo Tafuri. Llevado a cabo en Italia por Richard Ingersoll y traducido por él al Inglés, apareció en el libro Design Review, no. 9, primavera de 1986, páginas 8-11.

[36] Tafuri, Manfredo. Arquitectura y Utopía: Diseño y desarrollo capitalista. Londres, MIT Press, 1999. pág. 181

[37] Es un espacio político? op. cit. pág. 247

[38] Lefebvre, Henri. Espacio y Política. Barcelona, Península, 1976. pág. 46

[39] Véase, por ejemplo la obra de Robin Evans en este tema: Evans, Robin. Traducciones. Barcelona, Pre-Textos, 2005.

[40] La producción del espacio, Op. cit., p. 304

[41] Ibid., P. 144

[42] Ibid., P. 303

[43] Adorno, Theodor. El funcionalismo hoy. En: Leach, Neil (Ed.). Repensar la arquitectura: Un lector en la teoría cultural. Londres, Routledge, 1997. pág. 8

[44] Ibid., P. 14

[45] Bochers, Juan. Institución Arquitectónica. Santiago, Andrés Bello, 1968. pág. 151

[46] La producción del espacio, Op. cit., p. 273

[47] Böhm-Bawerk, Eugen von. La Teoría positiva del Capital. Nueva York, GE Stechert & Co. Consultado el 13 de diciembre 2011. pág. xviii

[48] El funcionalismo hoy, Op.cit., P. 15

[49] Ver: Althusser, Louis. Ideología y Aparatos ideológicos del Estado (Apuntes para una investigación). En: Lenin y la filosofía y otros ensayos. Londres, Monthly Review Press, 1971. pág. 127-193

Acerca de patriciodestefani

My main focus is on the role of architecture within capitalist society and the search for a radical alternative practice. https://artificialorder.wordpress.com/
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2 respuestas a Una Práctica Emancipadora de la Arquitectura? (borrador)

  1. Carlos Casares dijo:

    esta increible tu tesis

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