El Arquitecto Alienado

*Publicado en Revista La Paja Teórica y Ciudad Atmosférica

Por Patricio De Stefani

Robert and Shana ParkeHarrison, The Architect’s Brother, Sentinels, Lowtide, 2000.

Robert and Shana ParkeHarrison, The Architect’s Brother, Sentinels, Lowtide, 2000.

Hace un tiempo atrás, conversando sobre el estado de la arquitectura en Chile y su función en la actual estructura social, un colega y amigo hizo el siguiente comentario: “el arquitecto chileno es un sujeto escindido, disociado entre sus buenas intenciones y su práctica efectiva, una especie de esquizofrénico de personalidades múltiples y discordantes”. Sus palabras me quedaron dando vuelta… “¿No será un poco exagerado?”… “¡Pero si se han hecho y se siguen haciendo cosas buenas!”, y otras frases de tono similar podrían probablemente escucharse como hipotéticas respuestas. Pero más allá de las siempre diletantes y abstractas argumentaciones puramente psicológicas y/o moralizantes ¿Qué clase de sujeto es de hecho, objetivamente, el arquitecto chileno?

Quisiera referirme de manera breve, aunque sustantiva, a un fenómeno relevante que considero poco discutido entre los que se dedican a pensar y hacer arquitectura. La idea, simple pero no menor, de que los arquitectos, operando en una sociedad como la nuestra y al igual que otros sujetos sociales, son sujetos alienados. Como el breve espacio de este escrito no permite desarrollar los fundamentos de esta idea a cabalidad, procederé a exponer una serie de conclusiones que se derivan de argumentos a la espera de su explicitación futura.

Asimismo, me he dado la libertad de trabajar sobre una noción de imaginario quizás algo distinta de lo que plantea la editorial. Lo que propongo es pensar el imaginario que los propios arquitectos y los sujetos vinculados a su que-hacer, construyen de sí mismos. Entenderé por imaginario entonces a la dimensión ideológica (en sentido moderno) de la arquitectura, y por ésta, a las formas de conciencia que se derivan de las contradicciones prácticas y reales de la sociedad. Dicho de otra manera, la ideología es el cuadro que la arquitectura ilustra de sí misma, la representación imaginaria –aunque real en sus efectos– que los arquitectos construyen respecto de las condiciones materiales-sociales que los constituyen y en las que operan.

Pretendo describir, de manera bastante libre, ciertas apreciaciones sobre la categoría “sujeto-arquitecto”. Entiendo por “sujeto” algo que trasciende a las conciencias individuales y que es un producto social e histórico. Son sujetos los profesores, los jóvenes, los trabajadores, etc. No así Juanita Pérez, una ONG, la clase “alta” o “media”, etc. que corresponden a individuos,  grupos de individuos, o estratos sociales, respectivamente. Me referiré más bien al arquitecto como función social, como forma de conciencia, histórica e institucional, más que a arquitectos, grupos, escuelas, o prácticas profesionales particulares. La propuesta es simple: entender de qué manera el arquitecto chileno es un sujeto alienado. Con esto no me refiero a una condición psicológica o moral –a menudo asociada al concepto de alienación– sino más bien a una situación práctica y objetiva que deriva en ciertas formas de conciencia sobre su función en lo social y sobre sí mismo. No me interesa, por tanto, meramente contemplar o criticar estas formas, sino más bien, exponer sus raíces sociales. Planteo que esta situación, aparte de seguirse de condiciones sociales generales, es particularmente consecuencia de dos hechos: el carácter de su formación doctrinal o disciplinar, y la forma que toma su práctica profesional. El primero se debe principalmente a una extrema burocratización y profesionalización de la enseñanza en general y de la arquitectura en particular. El segundo se debe a la inhabilidad del arquitecto (consecuencia de su formación académica) para relacionarse crítica y auto-críticamente (en teoría y práctica) con la realidad social de la que es parte integrante.

Pero estas afirmaciones descansan sobre ciertas premisas que conviene explicitar. Primero, supongo que el arquitecto, en tanto sujeto e individuo, es un producto social de las condiciones materiales existentes en las que desenvuelve su práctica, y no a la inversa. Segundo, que su actividad y su conciencia están determinadas por el modo de relación que establece con dichas condiciones. Tercero, que esta relación queda fijada por la modalidad de práctica arquitectónica en la que efectivamente se desenvuelve, y no por la conciencia que tenga o crea tener de esa práctica (imaginario como ideología). Cuarto, que es arquitecto no el profesional o el académico de arquitectura, no el que realice muchos proyectos u obras (relevantes o no), ni siquiera el que sea reconocido como tal por la sociedad o institución en la que opera, sino quien sea capaz de realizar, colectivamente, la acción arquitectónica fundamental que es transformar al individuo en objeto de la obra de arquitectura, pasando ésta a jugar el rol de sujeto activo y determinante. No me detendré en la evidente elaboración que requiere este último punto.

Para entender el sentido del concepto de alienación es necesaria una mínima comprensión de otros conceptos asociados como objetivación, extrañamiento, enajenación, cosificación, reificación, fetichismo.[1] Como dije, no me detendré en explicaciones generales y pasaré a ejemplificar directamente en el campo de la arquitectura. Si pensamos en la relación entre realidad social y academia,  son relevantes dos tendencias generales que se expresan de manera particular en la enseñanza de la arquitectura: la “burocratización” y la “profesionalización” del conocimiento.[2] Por burocratización, entiendo al proceso mediante el cual la producción de conocimiento es sistemáticamente transformada y legitimada como un fin en sí mismo, es decir, como un mero instrumento de la reproducción académica, un instrumento de legitimación de conocimientos más que de su generación. O bien, esta producción es instrumentalizada hacia un fin ajeno a su propia naturaleza –que no es la erudición, sino que los nuevos conocimientos sirvan para vehiculizar una práctica concreta. Este segundo caso da paso a la profesionalización del conocimiento, o su instrumentalización en un saber tecnocrático o pretendidamente pragmático, funcional al poder político y/o económico.

Ambas tendencias apuntan hacia una creciente “cosificación” del conocimiento. Esto quiere decir que los conceptos pasan a ser entendidos como “cosas” autónomas y no como relaciones, hecho del que se siguen consecuencias teóricas y prácticas. Un ejemplo de esto podría ser la fuerte concepción “espacialista” que domina la formación del arquitecto chileno –herencia de las teorías de la arquitectura moderna derivadas de la psicología experimental, como también el creciente uso acrítico de medios digitales. Bajo esta noción, el espacio se entiende simplemente como cosa, como volumen o vacío neutral, pasivo, dado, visual y apolítico, divorciado de las prácticas sociales que lo producen –es decir, independiente del acto de la producción, o el trabajo como la constante histórica constitutiva del ser humano y su mundo. Este hecho lleva a entender la arquitectura no como una relación de mediación entre el organismo humano y su medio circundante, sino como un mero “soporte de actividades” sobre el cual la vida “sucede”. Esta base epistemológica se puede pensar como análoga a la de las ciencias sociales y la economía “convencionales” –por contraposición a su concepción “política”. La teoría es entendida aquí como externa y autónoma de la realidad social, produciendo una escisión insalvable entre el sujeto o individuo que conoce y el objeto conocido. La realidad social adquiere así un carácter de cosa –simple o compleja– pero más bien dada y naturalizada. Si la realidad es dada y no producida socialmente, se sigue que no es posible ni necesario conocerla para transformarla de manera práctica, sino que sólo interpretarla de manera teórica.

Pero el fenómeno de la “cosificación conceptual” solo puede explicarse como consecuencia de la cosificación de la realidad misma, y ésta, a su vez, como efecto de la enajenación que implica el sistema de trabajo asalariado (extracción de la plusvalía producida por el trabajador directo, presentada como un intercambio válido y “equivalente”). Los arquitectos producen representaciones de objetos o “diseños” que pueden o no ser construidos por otros, y su formación se centra en este hecho. Si entendemos que “el producto del trabajo es trabajo encarnado en un objeto y convertido en cosa física” y que “la realización del trabajo es, al mismo tiempo, su objetivación”[3], tenemos que el arquitecto objetiva, es decir, convierte su trabajo subjetivo –concebir proyectos– en un objeto. La forma particular que toma la objetivación en una sociedad capitalista globalizada como la nuestra, es una en que el objeto producido (mundo humano) se vuelve ajeno y extraño al sujeto que lo produjo, a tal punto, que es dominado por éste como un “poder objetivo”: las mercancías. La objetivación, la producción humana encarnada en los objetos que produce, se convierte entonces en enajenación: el producto es apropiado precisamente por el sujeto que no lo produjo, pero que sin embargo controla la producción y distribución del producto. En el caso de la arquitectura, la enajenación consiste principalmente en dos aspectos: enajenación del producto y enajenación de la práctica del arquitecto. En el primer caso, el objeto producido por el arquitecto es subordinado a motivos y fuerzas completamente ajenas a su quehacer, haciéndolo aparecer como autónomo respecto de las relaciones sociales. En el segundo, la propia actividad productiva del arquitecto es entendida como un requerimiento externo al cual se le debe dar “solución arquitectónica”, por lo que la arquitectura es concebida no como causa de su que-hacer reflexivo y práctico, sino más bien como una consecuencia, algo a lo que se debe “llegar”.

El primer punto implica que el sujeto-arquitecto es impedido de reconocerse en su propia creación, por el hecho de que ese producto –en tanto mercancía elaborada para su intercambio en el mercado– escapa a su voluntad y lo niega al pertenecer a una estructura social de clases a la que el arquitecto no puede hacer nada más que subordinarse. Los proyectos deben “responder” a demandas de diverso tipo, a menudo presentadas como “necesidades” naturales o morales que, sin embargo, terminan siendo ajenas al cumplimiento de lo propio del arte de la arquitectura: articular la relación entre el organismo humano y su medio circundante de manera determinante y activa. La obra arquitectónica, en lugar de ser entendida desde la humanidad que contiene (el trabajo de todos los involucrados en su producción, incluyendo al arquitecto), se cosifica como un objeto en sí mismo, un mero “soporte” o “contenedor”, velando el hecho de que la “cristalización” del trabajo humano que da como resultado esa obra es, de hecho, el proceso vital que la constituye socialmente. El arquitecto pierde así el control sobre su propia creación y, peor aún, no sólo él debe vivir con este hecho, sino que el resto de la humanidad experimenta su medio como algo ajeno y mas allá de su control. Producimos un mundo humano (compuesto de relaciones productivas, de intercambio, instituciones sociales, y entornos físicos correspondientes) que experimentamos como dado e inamovible, como natural. Nuestro mundo parece determinado por fuerzas impersonales –mercado, capital, dinero, estado, etc.– sobre las que no tenemos incidencia alguna, a pesar de que son sólo el producto de nuestra propia actividad.

Dado que nos interesa por sobre todo la situación objetiva de la alienación –y no como fenómeno psicológico– la enajenación y cosificación del proyecto/obra sólo pueden comprenderse sobre la base social de una práctica enajenada de la arquitectura. Esto quiere decir, que la relación del sujeto-arquitecto con su propia práctica profesional es experimentada como ajena a su control. La práctica arquitectónica es entendida como un mero “servicio”, como la satisfacción de necesidades y/o carencias sociales. Esto se da a tal punto que se entiende como algo obvio y por ende, incuestionable. Sin embargo, hasta el más incipiente análisis que considere la práctica efectiva de la arquitectura –y no simplemente su apariencia ideológica– revela el hecho de que los proyectos/obras son concebidos primariamente para ser transados en el mercado en la forma de renta de bienes inmuebles, y sólo como consecuencia de este hecho poseen un valor de uso. La actividad del arquitecto resulta así en una inversión de los términos, en la cual el sujeto creador no utiliza los medios y condiciones de trabajo a su voluntad, sino al contrario, éstos lo utilizan a él. El sujeto es convertido en objeto de las condiciones sociales en las que se desenvuelve, es objetivado y luego cosificado, producido por condiciones que escapan a su voluntad. Al mismo tiempo, estas condiciones, que son el producto de su actividad, son subjetivadas, personificadas como si fueran autónomas y contaran con un poder intrínseco.

Operando en esta sociedad, y dejando de lado los idealismos románticos y éticas ilustradas que caracterizaron a la arquitectura del siglo XX, el arquitecto es básicamente un productor de mercancías. Deslumbrado por ilusiones estéticas convertidas en fetiches que adornan las publicaciones especializadas con un aire de autocomplacencia, el arquitecto concibe su actividad como la de un creador libre y autónomo, un sujeto pretendidamente culto y crítico. Sin embargo, la práctica concreta lo revela como un sujeto totalmente subordinado a las disposiciones de un espacio determinado por la clase social que posee control absoluto sobre la división del trabajo y, por ende, libre usufructo sobre la propiedad privada de los instrumentos de trabajo (máquinas, fábricas, oficinas, etc.). Hay que aceptar fría y lúcidamente el hecho de que el arquitecto no produce para sí mismo ni para el “ser humano” en general, sino que para una clase social en particular, y sus proyectos/obras reflejan esta situación.

La alienación objetiva del arquitecto consiste en que durante su propia actividad productiva, y como resultado de ésta, él mismo resulta cosificado, es decir, auto-enajenado. Incapaz de hacerse responsable de sus actos, queda fuera de sí, alejado de su propio ser, subordinado a fuerzas que no comprende y, peor aún, no sabe que no comprende. Pero esta conclusión depende de una premisa que no muchos están dispuestos a aceptar: el hecho objetivo de que las sociedades capitalistas se han constituido y se constituyen de manera violenta, sobre una relación de explotación que genera una estructura de clases sociales con intereses contradictorios, y la producción de la arquitectura juega un rol no menor dentro de este proceso. La arquitectura es parte de esta violencia estructural e institucionalizada: la violencia de la vivienda social, de los proyectos inmobiliarios que destruyen impunemente barrios enteros, de mega inversiones privadas o públicas concebidas únicamente a partir de criterios de rentabilidad económica o cultural. De esta manera, el arquitecto chileno parece distribuirse sobre distintas opciones: en el mejor de los casos se retrae hacia un fenomenologismo reaccionario y pretendidamente autónomo, o bien hacia la impotencia de nuevas formas de moralidad que se asemejan a una “ética de negocios” (construcción “responsable”, sustentable o ecológicamente “respetuosa”); y, en el peor, se subordina a las necesidades creadas de una industria cultural multinacional (bajo pretextos autorreferenciales), o bien se resigna con descaro ante los dictados de la especulación inmobiliaria.

Esta situación de alienación da lugar a una forma de conciencia fundamentalmente cínica. El mundo académico es especialmente susceptible a desarrollar ésta en base a una actitud “hipercrítica” donde se pierde contacto con la realidad social y donde la crítica misma se “academiza” en estériles debates pseudo-filosóficos que sirven meramente para glorificar autores o ideas en sí mismas, desplazando y ocultando la situación real de la arquitectura. Argucias retóricas o estéticas que defienden el bien común al interior de las universidades mientras lo destruyen en las prácticas profesionales. Este cinismo se presenta a veces como un nihilismo radical y paralizante, un desencanto general hacia la posibilidad de transformación de las condiciones materiales-sociales de la práctica arquitectónica. Si la relevancia social de la arquitectura es inversamente proporcional a su abstracción, su academización, y su mercantilización, ¿a qué puede aspirar realmente ésta en una sociedad capitalista globalizada, más que a subordinarse servilmente a ilustrar el imaginario de las clases dominantes, capitalista o burocrática?

La práctica enajenada de la arquitectura sólo puede superarse a partir de la práctica misma, y no desde una teoría o un “cambio” en la conciencia. La reducción de la obra de arquitectura a un problema puramente estético, funcional, constructivo, sensorial, o cultural cumple la función política de ocultar su origen socialmente producido e históricamente situado. El campo de actuación de la arquitectura no puede reducirse entonces a lo puramente material o perceptual, la obra actúa fundamentalmente a un nivel social o colectivo, es producto e instrumento de la práctica social. La condición alienada del arquitecto chileno, que se deriva de la burocratización de su formación disciplinar y la enajenación de su práctica profesional, solo puede ser superada por medio de la transformación radical de la práctica arquitectónica, entendida ésta como un determinado modo de relación que el arquitecto establece con las condiciones materiales-sociales en las que se encuentra inmerso. Salir de la situación de alienación y enajenación sólo puede ser un proceso fundamentalmente político y social.  La acción política en arquitectura debe tener lugar primero al nivel de sus métodos de producción y debe necesariamente ir más allá de los límites de la propia disciplina.

Sin renunciar a su autonomía, la arquitectura debe salir de sí misma para desentrañar las condiciones materiales de su propio proceso social de producción, no sólo con el objeto de comprenderlo teóricamente, sino de transformarlo prácticamente, orientándolo de manera estratégica hacia un horizonte de superación del capitalismo y sus prácticas arquitectónicas enajenadas; abriendo así la posibilidad a una sociedad en que la explotación y la lucha de clases no determinen la producción y reproducción de la vida, en que la división social del trabajo sea superada y el producto social sea administrado por sus propios productores, dando lugar a una arquitectura que no sea determinada por los requerimientos abstractos del capital, la renta, o la burocracia encubiertos bajo esteticismos triviales y falso confort programado.

Notas

[1] La diferencia conceptual entre estos conceptos no ha sido hasta ahora tratada de manera sistemática en la tradición del pensamiento marxista. Estos se derivan de los conceptos hegelianos de Entäusserung (exteriorización) y Entfremdung (extrañación). Me apoyo en las aclaraciones que hacen al repecto Bertell Ollman, Carlos Pérez Soto, y Henri Lefebvre.

[2] Utilizo aquí la distinción que Lefebvre hace entre saber (savoir) como una mezcla entre conocimiento, ideología y poder; y conocimiento (connaissance) como práctica intelectual autocrítica, global e histórica. Ver: Henri Lefebvre, The Production of Space, trans. Donald Nicholson-Smith. (Oxford: Blackwell Publishing Ltd, 1991), 367-68, 10n16.

[3] Karl Marx, “Manuscritos Económico-Filosóficos”, en Marx y su Concepto del Hombre, por Erich Fromm. México Fondo de Cultura Económica, 1970), 105.

Referencias

García, Hugo  y Carlos Jiménez. Del Espacio Arquitectónico a la Arquitectura como una Mercancía. Cali: Universidad del Valle, 1972.

Lefebvre, Henri. Espacio y Política: El Derecho a  la Ciudad II. Barcelona: Península, 1972.

Lefebvre, Henri. The Production of Space. Traducido por Donald Nicholson-Smith. Oxford: Blackwell Publishing Ltd, 1991.

Marx, Karl. Manuscritos Económico-Filosóficos. En Marx y su Concepto del Hombre, por Erich Fromm. México Fondo de Cultura Económica, 1970.

Ollman, Bertell. Alienation: Marx’s Conception of Man in Capitalist Society. Cambridge, MA: Cambridge University Press, 1996.

Pérez Soto, Carlos. Para una Crítica del Poder Burocrático: Comunistas Otra Vez. Santiago: LOM, 2008.

Pérez Soto, Carlos. Proposición de un Marxismo Hegeliano. Santiago: Arcis, 2008.

Acerca de patriciodestefani

My main focus is on the role of architecture within capitalist society and the search for a radical alternative practice. https://artificialorder.wordpress.com/
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