La Producción Social de la Arquitectura en Lefebvre

*Ponencia presentada en Seminario “Reapropiaciones de Lefebvre. Crítica, Espacio y Sociedad Urbana”.

Por Patricio De Stefani

Henri Lefebvre "El Marxismo" (1948)

Henri Lefebvre “El Marxismo” (1948)

Resumen

El espacio abstracto nace de la acumulación primitiva, el establecimiento del Estado moderno y la violencia estructural legitimada. Esencial a su desarrollo fue la creciente urbanización en la expansión de los mercados europeos durante el paso del feudalismo al capitalismo. Hacia fines del siglo XIX, psicólogos, historiadores del arte y teóricos de la arquitectura desarrollaron el concepto moderno de espacio. Este concepto presenta al espacio como un vacío/volumen neutral y autónomo, divorciado de las prácticas sociales y políticas que lo producen. La reducción del espacio a este estado apolítico-visual-estético, o puramente empírico, cumple una nueva función social: garantizar la reproducción de las relaciones sociales de producción. Sin embargo, las contradicciones internas al desarrollo del capitalismo moderno se incrementan al nivel espacial como una tendencia simultánea hacia la homogeneización y fragmentación. El espacio y la arquitectura se convierten así en abstracciones concretas, en objetos aparentemente autónomos y racionales, que aspiran a homogeneizar todo lo que se ponga en el camino de las fuerzas de la acumulación, paradójicamente, a través de su extrema fragmentación. Si el espacio puede servir a fines políticos y económicos mediante la reproducción de las relaciones de producción, ¿podría servir como un dispositivo para confrontarlas?

Palabras clave: espacio abstracto, capital, abstracción concreta, producción de la arquitectura moderna.

Introducción

El impacto de la teoría de la producción social del espacio, que Henri Lefebvre expusiera más de cuarenta años atrás, sobre las ciencias sociales y particularmente sobre la arquitectura y el urbanismo no ha logrado aún ser dimensionado y se encuentra todavía lejos de ser asimilada dentro de estos campos disciplinares. Pretendo centrarme particularmente en las implicaciones que esta teoría tiene para la disciplina y la práctica de la arquitectura.

De manera más bien regular, Lefebvre nos recuerda que no hay conocimiento posible sin la crítica del conocimiento mismo, y que dicha crítica es siempre una crítica del mundo existente. En consecuencia, su visión sobre la arquitectura y la actividad de los arquitectos se construye sobre una crítica radical y desmitificadora, que apuntaba a exponer las raíces materiales y objetivas de su producción bajo los requerimientos abstractos del capital, abriendo así la posibilidad a un hábitat humano que supere ese estado de cosas, restaurando al cuerpo humano como productor consciente de su propio espacio.

A mi parecer, hay dos transformaciones ontológicas[1] clave que nos permiten comprender la teoría de la producción del espacio de Lefebvre, y que al mismo tiempo definen la base epistemológica de su trabajo. La primera tiene que ver con la ontologización marxiana de la producción humana, es decir, una concepción de la historia en que la práctica de la producción de la vida material coincide con la constitución de los seres humanos en cuanto tales. La segunda, consecuencia del anterior, es que el espacio es una relación social y no simplemente un objeto o un soporte de relaciones sociales. Bajo esta perspectiva, el espacio sería un momento de la práctica social que es la objetivación, y su conocimiento sería inseparable de la praxis del trabajo como el modo de ser específicamente humano.

El espacio social, y la arquitectura en particular, son para Lefebvre la condición y el resultado del intercambio orgánico (de energía y materia) entre los seres humanos y su medio circundante. Este intercambio, el trabajo humano, es la práctica social efectiva y constitutiva tanto de los seres humanos como de su medio. Bajo esta lógica, no es que los seres humanos transformen la naturaleza por medio de su trabajo –como si fueran entidades preexistentes–, sino que el acto mismo de la transformación produce a ambos términos. Siguiendo a Hegel y Marx, para Lefebvre la actividad humana es propiamente el ser de los humanos. Ni los seres humanos ni su medio preceden a su relación, sino que es precisamente la modalidad material, social e histórica de dicha relación la que los constituye en cuanto tales.

Sobre estas premisas, propongo a continuación una lectura histórica sobre el proceso de abstracción del espacio teorizado por Lefebvre, un proceso en el que la arquitectura es subordinada –de manera cada vez más eficiente– a los requerimientos de producción, circulación y acumulación de capital durante el surgimiento de la sociedad burguesa. Posteriormente me detendré en la función social que la arquitectura ocupa en el capitalismo y sus implicaciones políticas. El interés radica no sólo en determinar diversos modos de relación entre espacio, arquitectura y capital, sino en demostrar su interdependencia interna y estructural de manera de vislumbrar una posibilidad efectiva para la transformación de dicha relación –y no apelar meramente a la retórica bienintencionada o a ideales éticos, tan comunes en el discurso de la arquitectura. Sólo comprendiendo hasta qué punto el capital está integrado en la producción social de la arquitectura, una manera de desafiar esta relación puede ser pensada.

La emergencia del espacio abstracto

La investigación histórica sobre el espacio y su producción condujo a Lefebvre a la conclusión de que los primeros indicios de un espacio abstracto “realmente existente” se encontraban en la Europa medieval del siglo XII (Lefebvre, 1991, p. 263). Bajo esta periodización, lo que precede a la abstracción del espacio es el espacio absoluto de la antigüedad, que era político-religioso y experimentado como divino, simbólico y trascendente.

La emergencia del espacio abstracto fue correlativa con el proceso de abstracción del trabajo humano, o aquel período que, desde Smith y Marx, es conocido como acumulación previa (Smith, 2007, p. 175), o primitiva u originaria (Marx, 2011, p. 786). En un intento por llenar los vacíos en la teoría de Marx, Lefebvre (1991) inicia un análisis de la larga transición desde el espacio absoluto y simbólico de las sociedades griega y romana hacia el espacio relativo o histórico de la acumulación originaria. Este proceso corresponde a la transición histórica del feudalismo al capitalismo, lo que significó el despojo de los productores directos (principalmente campesinos) de sus medios de producción y subsistencia (principalmente tierras) y su posterior transformación de siervos en trabajadores libres o asalariados (Marx, 2011, p. 786). Lefebvre (1991)caracteriza a este período a partir del creciente dominio del “efecto urbano” durante los siglos XV y XVI: “La mediación histórica entre el espacio medieval (o feudal) y el espacio capitalista que fue el resultado de la acumulación se encuentra en el espacio urbano –el espacio de los ‘sistemas urbanos’ que se establecieron durante la transición” (p. 268).

A medida que la ciudad medieval –desarrollada a través del comercio– dio paso a redes de intercambio cada vez mayores, culminando en vastos sistemas urbanos que abarcan toda Europa y las colonias de América, la ciudad alcanzó su máxima expresión y unidad durante el Renacimiento (Lefebvre, 1991, p. 271). Paradójicamente, este proceso coincidió con la destrucción de la ciudad amurallada por la proliferación de las redes urbanas y las guerras. Más tarde, en el siglo XVIII, el surgimiento del Estado moderno sellaría el destino de ésta forma de ciudad mediante la creación de un espacio urbano universal.

Siguiendo a Marx, Lefebvre (1991) critica a los economistas e historiadores burgueses por su creencia apologética en que esta transición histórica se podría haber logrado sin grandes conflictos, oponiendo un “pacífico” desarrollo económico a la violenta destrucción de las guerras. El hecho es que la acumulación primitiva fue llevada a cabo sobre la destrucción de toda forma previa de producción. A partir del siglo XVI, las guerras –libradas sobre nuevos territorios abiertos a potenciales inversiones– asumieron un rol económico, dado que permitieron el progresivo desarrollo de las fuerzas productivas, expandiendo, por lo tanto, la acumulación a través del colonialismo y, más tarde, el imperialismo. Para Lefebvre (1991), hay una correlación entre la violencia necesaria para implementar las exigencias espacio-temporales de la circulación de mercancías y el creciente desarrollo urbano: “El espacio y el tiempo se urbanizaron –en otras palabras, el tiempo y el espacio de las mercancías y los comerciantes se hizo predominante” (p. 277).

Paralelo e integral al rol de la violencia en el proceso de acumulación fue la creación y la institución del Estado burgués. En el relato de Lefebvre, el espacio de la acumulación fue la “cuna” del Estado. El Estado-nación moderno es entendido como un marco que garantiza que los intereses de la clase dominante (burguesía) prevalezcan. Lefebvre (1991) nos alerta sobre el peligro de teorías liberales (“bien común”) y autoritarias (“voluntad general”) del Estado, que no logran comprenderlo como un marco espacial que procede de acuerdo con el llamado principio de soberanía y unificación, pero que, al mismo tiempo, recurre a la fragmentación violenta del espacio con el fin de controlarlo.

¿En qué sentido preciso entonces podemos hablar de espacio abstracto o abstracción del espacio? ¿Cuáles son sus rasgos característicos? El sentido dado aquí a la noción de  abstracción debe ser cuidadosamente examinado. Lefebvre tiene en mente un concepto análogo al de trabajo abstracto –es decir, una abstracción que existe como una relación social:

El espacio abstracto sólo puede aprehenderse abstractamente mediante un pensamiento que separa la lógica de la dialéctica, que reduce las contradicciones a la coherencia (…) Este mismo espacio corresponde a la ampliación de la práctica (social) que engendra redes cada vez más vastas y densas por la superficie terrestre y por debajo y por encima de ella. Pero se corresponde también con el trabajo abstracto (…) Ese trabajo abstracto no tiene nada de abstracción mental, ni de abstracción científica en sentido epistemológico (…) Tiene una existencia social como el valor de cambio y la forma del valor en sí mismo. (Lefebvre, 2013, p. 343)

Una abstracción real o concreta es, entonces, algo muy distinto de una abstracción conceptual. Marx pretendió demostrar que las abstracciones concretas son productos históricos y, al mismo tiempo, la base objetiva sobre la que se construyen las abstracciones mentales (o ideologías) –por ejemplo, el concepto general de trabajo en la economía política clásica. Tal y como Sohn-Rethel (1978) afirma, hablar de una abstracción que es concreta parecería una contradicción lógica, por lo que este concepto sólo tiene sentido desde una realidad constituida a partir de contradicciones sociales reales y una concepción dialéctica que permita comprender dichas contradicciones.

Si la abstracción del trabajo se caracteriza por la reducción de las formas concretas del trabajo al dominio indiferenciado del trabajo en general (abstracto), entonces la abstracción del espacio se identifica por la reducción de los lugares concretos y particulares al ámbito homogéneo de un “espacio universal” –es decir, la res extensa cartesiana (Lefebvre, 1991, pp. 296-97). Sin embargo, Lefebvre (1991) cuestiona esta aparente homogeneidad del espacio abstracto: “espacio abstracto no es homogéneo, sino que simplemente tiene la homogeneidad por su meta, su orientación, su ‘objetivo’ (…) Pero en sí es multiforme” (p. 287). De hecho, uno de los objetivos centrales de Lefebvre fue delinear una “teoría del espacio contradictorio” –un espacio que produce contradicciones y al mismo tiempo es producido por las contradicciones del capitalismo. Como Stanek (2011) señala, para Lefebvre el espacio es a la vez concreto y abstracto, heterogéneo y homogéneo. Es sólo en el capitalismo que este último aspecto comienza a predominar cada vez más sobre el primero:

La oposición paradigmática (…) entre el cambio y el uso, entre los circuitos globales y los lugares específicos de producción y consumo,  se torna aquí en contradicción dialéctica y se espacializa. El espacio así definido posee un carácter abstracto y concreto: abstracto en la medida en que no tiene existencia sino por la intercambiabilidad de todas las partes que lo componen; concreto en tanto que es socialmente real y está localizado como tal. Se trata, pues, de un espacio homogéneo y sin embargo fragmentado. (Lefebvre, 2013, p. 375)

Para Lefebvre, el hecho de que el espacio moderno se presente como homogéneo, objetivo, neutral, técnico o científico, es una señal de que sus contradicciones han sido “ocultadas” de manera ideológica –al igual que Marx vio la forma en que el mercado se presenta a sí mismo como la realización de un fetichismo que enmascarara sus propias contradicciones. Por lo tanto, el espacio abstracto es un espacio falso-pero-real, un espacio fetiche, que se ve a sí mismo como una cosa formal y autónoma, independiente de cualquier contenido social –es decir, como un objeto vacío, puramente visual y empírico, transparente y legible, coherente y unificado (Lefebvre, 1991).

Dado que el espacio es a la vez un producto de las relaciones sociales y el productor de ellas, un doble conjunto de características puede distinguido: como producto, es cuantitativo y cualitativo, abstracto y concreto, homogéneo y fragmentado. Como productor (o instrumento), el espacio abstracto posee dos funciones principales: es un medio de intercambio (para el mercado y la clase capitalista) y un instrumento político (para el Estado y la clase burocrática) –es “el espacio en que se despliegan las estrategias” (Lefebvre, 2013, p. 343).

En consecuencia, el proceso de abstracción del espacio –su transformación para servir al propósito de la acumulación primitiva de capital, y más tarde de su expansión hacia el mercado mundial a través de la exponencial urbanización del mundo– establece las condiciones para la progresiva abstracción de la arquitectura, primero a través de la industria de la construcción en relación a los cambios globales en la producción, y más tarde en las teorías modernas de las vanguardias artísticas y arquitectónicas, que reflejaron esta realidad y cuyas concepciones influyeron de manera decisiva en la producción del espacio durante el siglo XX.

La abstracción de la arquitectura y sus límites en el Capitalismo

La contradicción central del espacio abstracto es que es (o aspira a ser) al mismo tiempo homogéneo y fragmentado –universal, pero implacablemente subdividido. Debe tenerse en cuenta que estas no son propiedades formales intrínsecas al espacio, sino más bien el resultado de una práctica espacial –una práctica que produce el espacio, literalmente, homogeneizando y fragmentándolo (Lefebvre, 1972, p. 42). Lefebvre señala algunas de estas conclusiones a partir de sus primeros análisis del urbanismo francés de los grands ensembles (conjuntos habitacionales) y las villes nouvelles –tales como Mourenx al sur de Francia– durante los años 50 y 60. Estos análisis criticaron la abstracción de la planificación urbana administrada por el Estado, y plantearon el problema de “la contradicción entre la racionalidad abstracta del urbanismo y la racionalidad concreta de las prácticas de habitar” (Stanek, 2011, p. 145), o dicho de otra manera, entre la lógica abstracta y cuantitativa de espacio capitalista frente al espacio cotidiano de las personas. En palabras de Lefebvre (2011):

En Mourenx, la modernidad me abre sus páginas (…) Leo los temores que la modernidad puede llegar a despertar: la abstracción que pisotea la vida cotidiana – el análisis debilitante que divide, corta en pedazos, separa – la síntesis ilusoria que ha perdido toda capacidad de reconstruir algo activo – las estructuras fosilizadas, impotentes para producir o reproducir cualquier cosa viviente, aunque sigan siendo capaz de suprimirlo (…) Por un lado, la tendencia a la totalización y la “integración” (…) no nos deja ver lo desarticulado que se está volviendo todo. Por otro lado, la fragmentación de la vida cotidiana (…) nos impide darnos cuenta de que la unificación se impone desde arriba, y que se están eliminando todas las diferencias originarias. La verdad se encuentra en el movimiento de totalización y fragmentación como un todo. Esta es la verdad que leemos en aquel texto oscuro y legible: la nueva ciudad. (pp. 119-20-21)

El espacio social siempre ha sido el producto de la actividad humana, pero la conciencia de que ha entrado de lleno en la producción de mercancías, sólo surge en los albores del mercado mundial, durante la Primera Guerra Mundial (Lefebvre, 1991). Los artistas y arquitectos de las vanguardias promovieron la idea de que el arte y la arquitectura debían producir un nuevo espacio y no simplemente representar o reproducir el espacio existente (de Solà-Morales, 2003, pp. 169-173). Debido a su condición “práctica”, las contradicciones en la arquitectura fueron más pronunciadas que en el resto de las artes. Bajo la dirección de Hannes Meyer, por ejemplo, la Bauhaus proclamó liderar una revolución anti-burguesa en el diseño mediante la fusión de los requisitos funcionales del Estado capitalista con una ideología proletaria (Lefebvre, 1991, p. 304). El resultado sería, como afirma (Stanek, 2011), que “los nuevos procedimientos de la planificación y los nuevos sistemas de representación del espacio introducidos por las vanguardias arquitectónicas fueron esenciales para el desarrollo del capitalismo” (p. 148). Sin embargo, esto no significa que los intentos de los arquitectos por desafiar el espacio capitalista fueron inútiles, sino que pone en evidencia cómo las contradicciones espacio-temporales del capitalismo se desarrollan a través de la arquitectura y la producción del espacio.

El paralelo que Lefebvre establece entre trabajo abstracto y espacio abstracto le llevó a rastrear el momento histórico específico en el que el concepto moderno del espacio comenzó a ser formulado sobre la base objetiva de las nuevas relaciones de producción impuestas por el capitalismo moderno (Stanek, 2011, p. 146). Con el surgimiento de la Bauhaus, luego de la derrota de la revolución alemana y el establecimiento de la República de Weimar en la década de 1920, los artistas y arquitectos de la vanguardia formularon un concepto universal de espacio y establecieron una relación directa entre industria y desarrollo arquitectónico y urbano (Lefebvre, 1991, p. 124). A pesar de que el espacio ha sido objeto de la filosofía y la ciencia desde la antigüedad, su conciencia como un problema estético y práctico sólo data de la segunda mitad del siglo XIX. Como Morales (1969, p. 140) afirma, Hegel fue uno de los primeros en pensar la arquitectura específicamente como el arte de encerrar el espacio (Hegel, 1975, p. 633). La influencia que la psicología experimental –Stumpf y la Gestaltpsychologie, por ejemplo– tuvo en historiadores del arte como Semper, Schmarsow, Riegl, Fiedler y Wölfflin (Vischer, Fiedler, Wölfflin, Goller, Hildebrand, & Schmarsow, 1994) se reflejó en sus respectivas teorías que enfatizaban un enfoque formalista y visualista del arte y la arquitectura, principalmente influenciado por el kantismo (Montaner 2002, pp. 24-30; Stanek 2011, p. 147).[2] Según Stanek (2011), la crítica de Lefebvre (1991) del concepto de “espacio arquitectónico” entendido como “esencia” de la arquitectura (Schmarsow) o su característica específica (Zevi, 1981), tuvo como objetivo mostrar que el concepto de espacio trabajado por los psicólogos, los historiadores del arte, y más tarde los pintores y arquitectos, era fetichista (ideológico) desde sus comienzos. Efectivamente, este concepto no fue más que la manifestación –invertida en la teoría– de las contradicciones reales de la producción (social) del espacio y la ciudad. Por ende, al definir el espacio como un vacío neutral pre-existente a la espera de ser “ocupado” por las prácticas sociales (Zevi 1981; Giedion 1980), los arquitectos oscurecieron el proceso real de producción de la arquitectura bajo el capitalismo.[3]

A un nivel estratégico, el espacio abstracto parece ser desplegado simultáneamente desde “arriba” (el Estado) y desde “abajo” (la producción y el mercado). Ambas fuerzas movilizan el espacio de una manera contradictoria, fragmentándolo para fines de intercambio y gestión, para luego unir las piezas a la fuerza. Según Lefebvre (1991) lo que esta contradicción revela es que este espacio es un instrumento homogeneizador en lugar de ser homogéneo en sí mismo. No logra conseguir la homogeneidad y la totalización que predica.

Una vez que el espacio abstracto se abrió camino en la teoría arquitectónica y fue levantado como su principal grito de guerra, los arquitectos modernos desarrollaron nuevas formas de representar su trabajo –por ejemplo, vistas axonométricas, diagramas funcionales y solares, etc. Sin embargo, este nuevo “código” es derivado de un espacio concebido como categoría mental –es decir, de las representaciones de la filosofía, la lógica y las ciencias empíricas. Por ende, la práctica arquitectónica abordó las contradicciones sociales reduciéndolas y ocultándolas bajo la “bandera del positivismo” (Lefebvre, 1991, p. 308). La noción, supuestamente específica y evidente, de un “espacio arquitectónico” sirvió para abstraer y separar aun más el espacio de las relaciones sociales reales que lo producen. Bajo esta concepción, el arquitecto se presenta a sí mismo como un “productor del espacio”. Sin embargo, la abstracción implicada en las proyecciones y planos arquitectónicos nunca se reconoce como tal, sino que se asumen en estricta correspondencia con la “realidad empírica” –paradójicamente negando su propio carácter abstracto como una representación del espacio entre otras. Como Lefebvre (2000) afirma:

El arquitecto no puede, como fácilmente tiende a creer, localizar su pensamiento y sus percepciones sobre la mesa de dibujo, visualizar las cosas (necesidades, funciones, objetos) proyectándolas. Confunde proyección y proyecto en una idealidad confusa que él cree que es “real” (…) El papel a la mano, a la vista del dibujante, es tan blanco como es plano: Él lo cree neutral. Cree que este espacio neutral, que recibe pasivamente las marcas de su lápiz, corresponde al espacio neutral que está en el exterior, que recibe las cosas, punto por punto, lugar por lugar. En cuanto al “plan”, no se queda inocentemente sólo en el papel. En el terreno, la retroexcavadora realiza los “planes”. (p. 191)

El espacio concreto que resulta de este proceso implica reducciones en varios niveles. La reducción de la forma a la figura (del volumen a la superficie), por ejemplo, es una señal clara de la violencia que estos procedimientos imponen al espacio social –que está lleno de diferencias y particularidades locales, y es a menudo indistinguible de las prácticas que tienen lugar en él . Se trata de un espacio mental que puede parecer geométricamente consistente, pero que no logra llegar hasta la realidad (perceptual y social) de los cuerpos, por lo tanto, un espacio idealizado e “incompleto”. Es un espacio altamente abstracto ya que es concebido más en consonancia con una “idea” o “representación” que con la propia realidad, se trata de un espacio “literalmente aplanado, confinado a una superficie, a un sólo plano” (Lefebvre, 1991, p. 313). Como consecuencia, todos los elementos arquitectónicos se reducen sistemáticamente a este esquema mental, “El muro se redujo a una superficie y ésta, a su vez, a una membrana transparente (…) La materia ya no sería sino una envoltura del espacio” (Lefebvre, 2013, p. 339). Los términos retóricos en que este hecho fue formulado como la “superación de la división entre el interior y el exterior”, fueron utilizados para ocultar los procedimientos reduccionistas con los que se llevo a cabo. Paradójicamente, esta “nueva transparencia” ocultaba su verdadero propósito: oscurecer las contradicciones de la producción del espacio y hacerlas aparecer como claras y legibles; por ende, esta nueva tectónica era transparente sólo en apariencia. A partir de esta idea, un nuevo formalismo autorreferencial comenzó a surgir durante la época de las vanguardias –por ejemplo, el neoplasticismo holandés y ciertas tendencias del constructivismo soviético– y que fetichizó aún más el concepto de espacio al concebirlo como el resultado de la experimentación formal abstracta.

Lo que puede concluirse de estas críticas es la puesta en marcha de un “círculo vicioso” ideológico: primero, el arquitecto tergiversa la realidad al reducirla a una abstracción vacía que se hace pasar por concreta y evidente, y luego, proyecta sobre la realidad un objeto concebido a partir de esta distorsión inicial (Elden, 2004, p. 189). El resultado es una realidad “invertida” que fomenta aun más equívocos teóricos. Sin embargo, esta concepción inicial no es más que la “teorización” de una realidad fetichizada que, evidentemente, es anterior y supera los ámbitos de la disciplina arquitectónica. Lefebvre (2013) desnaturaliza al espacio arquitectónico al mostrarlo simplemente como el resultado histórico de la imposición de una clase social sobre otra:

La parte de espacio otorgada al arquitecto (…) nada tiene de inocente: está al servicio de tácticas y estrategias particulares; no es sino el espacio del modo de producción dominante, el espacio del capitalismo, administrado por la burguesía. Consiste en “lotes” y se organiza represivamente en función de los puntos fuertes de los alrededores. (p. 393)

El idealismo y la utopía de la arquitectura moderna tienen su reverso en los procedimientos reales y efectivos de la producción del espacio. La ilusión del arquitecto como maestro y productor de un espacio prístino y autónomo se desmorona tan pronto como la arquitectura se entiende como producto de las relaciones sociales. ¿Cuáles son las consecuencias sociales del desarrollo de este tipo de espacialidad en el capitalismo? Si la arquitectura ha encarnado el espacio que el capitalismo ha generado ¿Cuál ha sido su lugar y función específica al interior de las fuerzas sociales que han dado forma al mundo desde el siglo XVIII?

La arquitectura como medio de producción

Una de las primeras cosas que distingue el concepto de espacio introducido por Lefebvre del resto de las ciencias –que en mayor o menor grado lo han tomado como objeto de estudio– es su inseparabilidad con el concepto de producción: el espacio es siempre un producto social, por lo que, paradójicamente, “el concepto de espacio no está en el espacio” (Lefebvre, 1991, p. 299). El espacio como una abstracción vacía y homogénea, como vacío o volumen neutral, es reemplazado por la noción de espacio social. Este carácter le da una función fundamental dentro de la sociedad: no sólo es un producto social, sino una condición básica para la producción misma, es “a la vez resultado y causa, producto y productor” (Lefebvre, 1991, p. 142). Si la producción es lo que da a la idea de espacio su significado social, la propia actividad productiva, a saber, la práctica social del trabajo, está en el núcleo de la comprensión del espacio social: es la praxis humana la que constituye la raíz de nuestro entorno humano objetivo. Por consiguiente, la producción posee al mismo tiempo un sentido amplio (producción material de la vida) y uno acotado (producción de bienes manufacturados). Siguiendo el concepto de Hegel a Marx y Engels, Lefebvre nota cómo éste posee una mayor universalidad incluso que la noción de trabajo. Sin embargo, al mismo tiempo, es un concepto concreto, ya que sólo tiene sentido en la medida en que nos podemos preguntar “qué se produce” y “cómo se produce”: la producción es, entonces, una abstracción concreta o sensible (Lefebvre 1991, p. 69; Marx 1859, p. 113). La producción va más allá de la fabricación de bienes manufacturados, ya que incluye la producción y reproducción de relaciones sociales (Fine 2001, 448).

El concepto de ritmo de Lefebvre es especialmente pertinente en este caso, ya que no sólo se relaciona con los ritmos biológicos o cíclicos del cuerpo humano, sino con su “colonización” a través de los gestos artificiales y lineales del trabajo, a saber: los  ritmos sociales (Lefebvre 2004, p. 8). Los ritmos del cuerpo humano están directamente relacionados con sus capacidades fisiológicas, con su fuerza de trabajo. La capacidad de realizar una actividad productiva es uno de los tres factores básicos del proceso de trabajo –el trabajo, los instrumentos, y la materia prima. Estos apuntan a diferentes dimensiones: la actividad del trabajador, junto a su ritmo, que es la fuerza motriz de la producción; los instrumentos y la tecnología (incluyendo el conocimiento y las técnicas) que son una extensión de esta fuerza; y la materia prima que son el objeto trabajado y transformado en producto por la actividad humana. Estos dos últimos forman lo que conocemos como los medios de producción –es decir, las condiciones necesarias para la puesta en marcha del proceso de (Marx, 2011, pp. 200-201). Instrumentos tales como las herramientas manuales, máquinas, equipos, técnicas, métodos, y similares, sirven directamente en el proceso de producción, mientras que otro tipo de instrumentos universales –a menudo no considerado como tal– que se utilizan indirectamente como el lugar en que el proceso se lleva a cabo, y cuya condición previa es la existencia de la naturaleza como tal:

Una vez más nos encontramos con que la tierra es un instrumento universal de este tipo, ya que proporciona una legitimación activa para el trabajador y un campo de trabajo para la actividad. Entre los instrumentos que son el resultado del trabajo anterior, y que también pertenecen a esta categoría, encontramos talleres, canales, caminos, etc. (Marx, 2011, p. 201)

Podemos pensar a la arquitectura, entonces, dentro de esta categoría general. ¿Se limita simplemente a las fábricas y talleres? No. Obviamente, el trabajo productivo –trabajo que produce valores de uso– no sucede sólo en las fábricas, sino que las oficinas e instalaciones de todo tipo deben ser incluidos en éste. Sin embargo, el papel que juega la arquitectura como medio de producción es más amplio. La arquitectura es a la vez un medio de subsistencia y de producción, incluso si no sirve a este último fin directamente, por ejemplo, como medio de reproducción de la fuerza de trabajo en los asentamientos de vivienda. A este respecto, Lefebvre (1991) expande concepto marxiano de producción para incluir no sólo las cosas en el espacio, sino el espacio mismo como el más general de los productos humanos (p. 219), y ya que los productos pueden ser también medios o instrumentos, el espacio también es la “más general de las herramientas” (p. 289).

En un sentido acotado, la arquitectura sólo sirve indirectamente en la producción como el lugar del proceso de trabajo. Sin embargo, el espacio social de la ciudad y la arquitectura han tenido históricamente un papel activo en dicho proceso. Para Lefebvre “la producción del espacio” es también un concepto que tiene un origen histórico determinado. Representa una nueva etapa (global) en el desarrollo del capitalismo en que la inversión en el espacio (sector inmobiliario) ha ido ganando cada vez más terreno a la inversión en la producción industrial clásica. Lefebvre (1991) sitúa esta transición como la consecuencia de un “salto cualitativo” en las fuerzas productivas de la sociedad, comenzando a partir del siglo XX (pp. 357-358). Este “salto adelante” de la tecnología, el conocimiento, la relación con la naturaleza y la organización del trabajo, ha abierto el camino para un desplazamiento desde la producción de cosas en el espacio (o mercancías) a la producción del propio espacio como una mercancía de vastas proporciones (Lefebvre, 1991, pp. 62-63). ¿Cómo y por qué esta importante revolución de las fuerzas productivas no se vio limitada por las relaciones de propiedad existentes y su superestructura (el Estado)?

Una posible respuesta tendría que ver con el llamado circuito secundario del capital,[4] “un circuito que corre paralelo al de la producción industrial, que sirve al mercado de bienes no durables, o al menos a aquellos que son menos durables que los edificios” (Lefebvre, 2003, p. 159). Este cambio se introduce, entre otras cosas, para hacer frente al estancamiento del circuito primario:

En esas condiciones tiene lugar un proceso “económico” que ya no responde a la economía política clásica y que altera las suposiciones de los economistas. Lo “inmobiliario” (junto con la “construcción”) deja de ser un circuito secundario, una rama anexa y rezagada del capitalismo industrial y financiero (…) El capitalismo ha tomado posesión del suelo; lo ha movilizado de tal modo que el sector pasa a ser central. Al tratarse de un sector nuevo se ve menos sometido a las diferentes trabas, saturaciones y dificultades que frenan las industrias tradicionales. El capital, pues, se precipita en la producción del espacio, abandonando la producción de tipo clásico referida a los medios de producción (máquinas) y bienes consumo. Este proceso se acelera al menor indicio de repliegue en los sectores “clásicos”. (Lefebvre, 2013, p. 369)

Siguiendo las ideas de Marx y Lefebvre, David Harvey (1985, p. 6; 2006, pp. 232-35) introdujo la idea de un entorno construido para la producción y otro para el consumo. El primero está compuesto por el capital fijo que puede ser un instrumento directo en el proceso de producción (bienes de producción durables, maquinaria, etc.) o la infraestructura física (condición previa) que hace posible el proceso productivo –que Harvey (2006) denomina como “capital fijo de tipo independiente” (fábricas, oficinas, talleres, etc.). El entorno construido para el consumo consiste en un fondo de consumo, que está compuesto por mercancías que son una ayuda para el consumo directo; pueden ser bienes de consumo durables (electrodomésticos, muebles, automóviles, etc.) o el marco físico en el que tiene lugar el consumo (casas, edificios, calles, etc.). A pesar de las objeciones que se han hecho a la reducción de Harvey del espacio social de la noción limitada de “entorno construido” (Gottdiener 1985, pp. 185-86), esta categorización permite una mejor comprensión del rol de la arquitectura en la producción del espacio. En este, parece inequívoco que la arquitectura es una forma de capital fijo (tipo independiente) o del fondo de consumo, sin embargo, la definición de la primera requiere mayor aclaración.

En el segundo volumen de “El Capital”, Marx introduce las categorías de capital fijo y capital circulante con el fin de entender los problemas asociados a la circulación de capitales en el proceso de producción, mientras que los conceptos de capital constante y capital variable los desarrolló para estudiar la producción de plusvalía (Harvey, 2006, pp. 207-8). Sin embargo, capital fijo y circulante no son tan evidentes como su nombre podría dar a entender. El capital fijo corresponde a la porción de capital constante (medios de producción) en el que una fracción de su valor permanece fija luego de terminado el proceso de producción, en lugar de transferirse al producto. El capital circulante es la parte del capital que transfiere todo su valor al producto en el curso de la producción (por ejemplo, las materias primas y auxiliares, la fuerza de trabajo, etc.) Como Marx (2008) señala:

[El capital fijo] no circula en su forma de uso, sino que solo circula su valor, y lo hace paulatinamente, de manera fragmentaria, a medida que pasa de esa parte del capital al producto que circula como mercancía. A lo largo de todo el tiempo en que estos medios están en funcionamiento una parte de su valor queda siempre fijada en ellos, autónoma frente a las mercancías que ayudan a producir. Por esta peculiaridad, esta parte del capital constante recibe la forma: capital fijo. En cambio, todas las otras partes constitutivas materiales del capital adelantado en el proceso de producción constituyen, por oposición a aquél, capital circulante o fluido. (p. 191).

Marx (2008) fue enfático en demostrar que estas dos categorías eran relativas a la función específica realizada por estos factores de la producción, y no propiedades de sí mismos; no coinciden precisamente con el carácter inmóvil o móvil de las mercancías: “Una casa, por ejemplo, cuando está funcionando como local de trabajo, es parte constitutiva fija del capital productivo; cuando lo hace como vivienda no es en absoluto forma del capital” (p. 246). Esto nos lleva de nuevo al problema del espacio abstracto. Si la arquitectura puede ser parte de los circuitos de capital, ya sea directamente (capital fijo) o indirectamente (fondo de consumo), ¿ocurre su proceso de abstracción de la misma manera en estos dos casos? A primera vista, no. Sólo la arquitectura que es capital fijo se encuentra restringida a los requerimientos espacio-temporales de la producción. Sin embargo, la arquitectura a menudo puede ser al mismo tiempo un medio de producción y un medio de consumo:

No es necesariamente el caso de que el capital fijo es capital que, en todos sus aspectos, no sirve para el consumo individual, sino sólo para la producción. Una casa puede servir tanto para la producción como para el consumo; del mismo modo todos los vehículos, un barco y una camioneta, pueden servir para excursiones recreativas, así como medios de transporte; una calle como medio de comunicación para la producción adecuada, así como para pasear etc. (Marx, 1973, p. 368).

Este doble aspecto fue dramáticamente acentuado por la arquitectura moderna. Un ejemplo concreto es la conexión entre las técnicas de gestión científica (taylorismo) y la arquitectura realizada por Christine Frederick (1923). A la manera de un funcionalismo avant la lettre, Frederick propuso una “agrupación eficiente” para un plan de cocina en la que todos los equipos se organizan de acuerdo con un orden secuencial del proceso de cocina para así ahorrar tiempo, imitando el modelo de la cadena de montaje popularizado por Henry Ford. Bajo la supervisión de Ernst May, la arquitecta austriaca Margarete Schütte-Lihotzky aplica este modelo a varios proyectos de vivienda social en Frankfurt en la década de 1920. Este tipo de estudios se hizo común en la Bauhaus. La gestión o administración científica implicó la racionalización y el disciplinamiento del proceso y la fuerza de trabajo. Junto con la subdivisión de este proceso en tareas simples y repetitivas, la arquitectura fue en consecuencia subdividida en sus diferentes funciones que reflejaban la división técnica del trabajo. Según Lefebvre (1991) la subordinación de la totalidad del espacio/arquitectura a las exigencias del capitalismo también exige la intercambiabilidad de todos sus componentes, por lo que la arquitectura comenzó a ser cada vez más estandarizada (p. 337).

A medida que la lógica abstracta del capital sale de la esfera de la producción y comienza a determinar todos los aspectos de la vida humana en los espacios cotidianos de la ciudad (con la ayuda de la arquitectura moderna), una lucha constante y constituyente se desarrolla “entre los intereses organizados en torno a un espacio social, como el sitio de los valores de uso sociales y el despliegue de relaciones comunitarias en el espacio, y en torno al espacio abstracto como el espacio del desarrollo inmobiliario y la administración pública –la articulación conjunta entre los modos económicos y políticos de la dominación” (Gottdiener, 1985, p. 163). Como veremos, esta lucha es más compleja que el modelo marxista simplificado de la lucha de clases derivado de la contradicción entre el capital (burguesía), el trabajo (proletariado) y la tierra (propietarios). En consecuencia, la cuestión del rol de los arquitectos en este proceso es crucial para entender la dimensión política de la arquitectura.

Tanto para Lefebvre (1991, p. 324n11) como para geógrafos como Edward Soja (1996), si la teoría marxista clásica de la transición de un modo de producción a otro no es suficiente para explicar la supervivencia del capitalismo, se debe a la indiferencia histórica y discursiva hacia el concepto de tierra (y por ende, el de espacio social) –una de las claves de la fórmula trinitaria de Marx.[5] La noción marxista clásica de las contradicciones sociales (esencialmente temporales) entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción, entre base y superestructura, o en términos generales, entre transformación y conservación, que bajo el capitalismo son aparentemente superadas, se extrapolan desde el nivel de las mercancías en el espacio a la mercantilización del espacio en su conjunto (Lefebvre, 1991, pp. 62, 357). Esto significa que la única manera en que las instituciones burguesas han logrado desarrollar las fuerzas productivas sin cambiar sustancialmente las relaciones de producción (y de propiedad) ha sido desplazando las contradicciones temporales y las crisis hacia el ámbito espacial como un “arreglo espacial” (Harvey, 1985, pp. 51-59).

Lefebvre sugiere que este paso de la producción clásica a la producción del espacio es lo que permite que las relaciones de producción puedan ser reproducidas a través del tiempo y el espacio en lugar de ser transformadas de manera fundamental (Lefebvre 1991, p. 325; 2003, pp. 20-21). Al expandir geográficamente el mercado a través de la inversión en urbanización y las exportaciones de capital, el capitalismo es capaz de superar temporalmente su tendencia intrínseca hacia la sobreacumulación, y por tanto aplazar las crisis (Harvey, 1985, pp. 8-10, 55-56). Este hecho se confirma, por ejemplo, en la función que los medios de transporte y comunicaciones han desempeñado en el capitalismo. Los capitalistas están interesados ​​en reducir el tiempo de producción, intercambio y consumo a fin de realizar ganancia en el menor tiempo posible. Para reducir los costos de circulación de las mercancías –y por tanto el tiempo de rotación del capital[6]– las tecnologías de transporte deben revolucionarse permanentemente, deben aumentar continuamente su velocidad y reducir su costo (Harvey, 1985, p. 36). Siguiendo las ideas de Marx (1973, p. 330), Harvey (1985) explica cómo los requerimientos temporales de la circulación de capital tienden a “aniquilar el espacio por medio del tiempo” (p. 37) –es decir, reducir las barreras espaciales a la circulación y así reducir el tiempo de producción e intercambio. Sin embargo, una gran contradicción surge cuando la única manera de hacerlo es, precisamente, mediante la expansión de la producción del espacio en forma de la infraestructura requerida por los nuevos medios de transporte. Así, para Harvey (1985), la tendencia a superar las barreras espaciales mediante la producción de nuevas y mejores infraestructuras se convierte en el último obstáculo: “el espacio sólo puede superarse a través de la producción del espacio” (p. 60). El capitalismo debe entonces necesariamente “destruir una parte de sí mismo para sobrevivir” (p. 60) y abrir nuevos canales para una mayor acumulación.

Además de esta contradicción central, Harvey identifica una tensión entre las fuerzas de la acumulación que tienden hacia la concentración de capital en la forma de vastos centros urbanos, y aquellas que tienden hacia la dispersión y la fragmentación. El primer caso es consecuencia de la creciente racionalización de la producción y la innovación tecnológica que permite liberar a la industria del anclaje a las fuentes directas de energía y materias primas y así reducir los costos derivados del comercio a largas distancias (Harvey, 1985, p. 40). El segundo surge de la naturaleza auto-expansiva del capital que tiende necesariamente hacia el intercambio universal en el contexto de un mercado mundial e interconectado. Por lo tanto, la concentración actúa como medio de racionalizar y reducir el tiempo de rotación del capital mediante la superación de las barreras espaciales y las distancias, mientras que la dispersión geográfica procede por expansión de los mercados, revolucionando constantemente el paisaje urbano (Harvey, 1985, pp. 41-42). Los espacios humanos y la arquitectura se convierten así de forma simultánea en las condiciones y la barrera a la acumulación de capital:

El paisaje geográfico producido y constituido por capital fijo e inmóvil [entorno construido] es a la vez la joya que corona el pasado del desarrollo capitalista y una prisión que inhibe el ulterior progreso de la acumulación precisamente porque crea barreras espaciales donde antes no había ninguna. (Harvey, 1985, p. 43)

Por lo tanto, las contradicciones temporales no son simplemente transferidas al espacio. La compleja dinámica espacio-temporal del capitalismo genera contradicciones a partir del espacio mismo, que no necesariamente se derivan de las temporales (Lefebvre, 2003, p. 19; 1991, pp. 331, 333). Por lo tanto, al hablar de una “teoría de las centralidades”, Lefebvre (1991) distingue entre las contradicciones en el espacio (históricas) y las contradicciones del espacio (p. 334).

Uno de los conceptos fundamentales para entender las contradicciones espaciales es el de renta del suelo. Marx (2009) definió la renta, en general, como “la forma económica específica, autónoma, de la propiedad de la tierra sobre la base del modo capitalista de producción” (p. 804). Según Gottdiener (1985), para Marx la renta es un “retorno a un factor de producción (la tierra o el suelo)” (p. 162), que no se corresponde con sus propiedades naturales o intrínsecas, sino con la manera en que las relaciones de propiedad privada funcionan al interior de una sociedad de clases. Más específicamente, Harvey (1985) define la renta monopólica (suelo urbano) como “el cobro realizado a través del poder monopólico sobre la tierra y los recursos conferido por la institución de la propiedad privada” (p. 63).

En su expresión más extrema, los arquitectos modernos intentaron “liberarse” de las restricciones específicas del suelo, elevando los volúmenes edificados por encima del suelo sobre lo que se conoce como pilotes (pilares), reforzando así la preservación de la declarada autonomía del nuevo espacio (Jameson, 1998, p. 30). Los arquitectos han desarrollado desde entonces diversas estrategias formales que, a pesar de los pretextos, tenían como objetivo final ocultar las limitaciones impuestas por la propiedad privada del espacio y la renta del suelo como “fórmulas que ocultan el problema detrás de cortinas de humo estético” (Tafuri y Sherer, 1995, p. 47). Lefebvre (2013) es lapidario en su apreciación del carácter ilusorio de estas estrategias formales:

A pesar de la objetividad aparente de los proyectos arquitectónicos, y a veces de la buena voluntad de los productores del espacio, los volúmenes se tratan objetivamente de una manera que reduce el espacio al suelo, a ese suelo poseído privativamente, del que el espacio construido no se emancipa sino aparentemente. Al mismo tiempo, este espacio es tratado como abstracción vacía, geométrica y visual a la vez. Ese vínculo (…) es una práctica y una ideología: una ideología de la que sus practicantes no son conscientes y que concretan en cada gesto que efectúan. Así pues, las pretendidas soluciones de la ordenación urbana imponen a la vida cotidiana las obligaciones de la intercambiabilidad, presentadas como exigencias naturales (normales) y técnicas, a menudo como necesidades morales (los requerimientos de la moralidad pública). (p. 372)

La arquitectura como ideología objetiva

Si nos atenemos a las tesis de Lefebvre, no tenemos más remedio que aceptar que la arquitectura es un producto social. Sin embargo, no es la mera invención de un individuo o grupos de individuos. No sólo es socialmente producida, sino que es la condición básica de su propio proceso de producción. Pero además esto: no sólo es condición de la producción social, sino que las relaciones sociales implicadas en el proceso constituyen tanto a los sujetos como al producto de su trabajo, los objetos.

La arquitectura es a la vez un producto de fuerzas materiales e ideológicas. Pero sería demasiado simple declarar que es el producto de la ideología de los arquitectos. Por el contrario, lo que el problema parece plantear es un proceso de doble ocultación, una que es prácticamente y materialmente real (intercambio mercantil), y otra que refleja esta realidad en el pensamiento, reforzándola, instituyéndola y naturalizándola. Esta doble ocultación de las relaciones de explotación (o relaciones de clase) asegura efectivamente la reproducción continua de sus condiciones materiales, asegurando la posición de la clase dominante y su control sobre los medios y los productos del trabajo.

La arquitectura se encuentra en un lugar extraño respecto a esta estructura social. Por un lado, es producto y condición del sustento de la vida y el trabajo humanos –y como tal, está sujeta al fetichismo de la sociedad burguesa, bajo la cual aparece como un objeto pasivo, neutral y puramente visual-espacial. Por el otro, es producida en concordancia con esta misma “realidad ilusoria” o fetichista que las instituciones y las industrias de la construcción internalizan en sus ideologías y representaciones, impactando así de nuevo sobre la producción material. Un edificio oculta el hecho de que es la objetivación de relaciones sociales, y su propio diseño reproduce y oscurece este hecho. Por lo tanto, el dilema está lejos de ser uno entre verdad o falsedad. La ideología no tiene su origen en la mente de los individuos, sino en sus relaciones sociales reales. En consecuencia, no puede entenderse simplemente como algo “impuesto” por instituciones superestructurales como el Estado, los medios de comunicación, las escuelas o universidades, sino que se deriva a partir de la forma básica en que la producción y el intercambio se organizan en el modo de producción capitalista. Este es justamente el terreno crucial en el que debe confrontarse, y no sólo al nivel de las “ideas”. Para ello, es fundamental no prestar mucha atención a los  discursos ideológicos de la arquitectura, que actúan como soluciones imaginarias de contradicciones reales o, como Tafuri señalara, como “fórmulas que ocultan el problema tras cortinas de humo estético” (Tafuri & Sherer, 1995, p. 47).

Tanto Lefebvre (1991, p. 54) como Allen (1999, p. 102) reconocen que no existe una correspondencia simple entre arquitectura y política, no existe una arquitectura intrínsecamente fascista o socialista, ni una arquitectura liberadora o represiva en sí misma. La arquitectura no puede ser ni política en sí misma, ni puede serlo a causa de sus usos políticos cambiantes. Pensar la arquitectura en términos de la “proyección” de una ideología en el espacio no sólo es desorientador sino que contribuye a una comprensión limitada y parcial de la dimensión política de la misma, reforzando así su rol establecido en el capitalismo. A este respecto, Lefebvre apunta directamente a la naturaleza política del espacio, y por lo tanto, de la arquitectura:

El espacio no es un objeto científico descarriado por la ideología o por la política; siempre ha sido político y estratégico (…) El espacio ha sido formado, modelado, a partir de elementos históricos o naturales, pero siempre políticamente. El espacio es político e ideológico. Es una representación literalmente plagada de ideología. Existe una ideología del espacio, ¿por qué motivo? Porque este espacio que parece homogéneo, hecho de una sola pieza dentro de su objetividad, en su forma pura, tal como lo constatamos, es un producto social. (Lefebvre, 1972, p. 46)

El hecho de que la arquitectura es objetivamente política desde el principio es innegable, pero necesariamente nos hace preguntarnos ¿cómo es política? ¿en qué términos? La declaración “es política” es problemática precisamente por estas razones, y necesita por lo tanto ser aclarada que de la manera más sintética posible. La arquitectura es tanto el resultado de, como la condición de las prácticas sociales, la vida social y la producción social. La práctica social es en sí misma política, ya que es un conjunto de relaciones sociales que organiza los individuos y grupos con el fin de producir la vida material. La arquitectura es la condición previa para que esto ocurra, y, al mismo tiempo, un resultado directo de la misma, por lo que controla y limita la forma en que estas prácticas funcionan y son organizadas. Se deduce entonces, que la acción política de la arquitectura reside tanto en la forma en que se produce y la forma en que se estructura y articula esa misma producción, ya sea directa o indirectamente –como medio de producción o medio de consumo. No hay duda de que todas las herramientas (incluido el espacio/arquitectura) poseen un carácter político. ¿Es político sólo su uso estratégico? No, son ellos mismos productos de la organización política y económica del trabajo muerto y vivo necesario para producirlos. Por lo tanto, la acción política del arquitecto depende en gran medida de las condiciones materiales que encuentra y que lo preceden y exceden su buena o mala voluntad, por lo tanto, su respuesta es limitada –aunque no agotada– por dichas condiciones, entre las que se incluyen las relaciones de producción, de propiedad y de clase.

Esta definición implica la refutación de los tres mitos: primero, que la arquitectura puede ser política en sí misma, aislada de la práctica social que la produce; segundo, que puede ser política sólo a través de su interpretación o utilización política; y tercero, que es la proyección o reflejo de algún sistema político o ideología –lo que deriva en la tautología de una “arquitectura política”.

Por su parte, Lefebvre (1976) descarta la eficacia social de la llamada superestructura cultural (filosofía, religión, estética, etc.) argumentando que las ideologías “prácticas”, que no se presentan como tales, son generalmente las más funcionales al sistema –por supuesto, se refiere al fetichismo de la mercancía (p. 12). Así, para Lefebvre (2013) el espacio no es simplemente el producto de la ideología:

¿Acaso el espacio suscita también una falsa conciencia? ¿Una ideología –o ideologías–? Podemos afirmar que el espacio abstracto, tomado junto con las fuerzas que operan en él, algunas de las cuales lo mantienen mientras otras lo modifican, implica efectos de falsa conciencia e ideología. Fetichizado, reductor de posibilidades, encubridor de los conflictos y las diferencias mediante la ilusión de la coherencia y la transparencia, el espacio abstracto opera ideológicamente. No deriva de una falsa conciencia o de una ideología, sino de una práctica. El mismo engendra su propia adulteración. (p. 423-24)

Finalmente, Lefebvre supo interpretar el aparente rechazo anti-utópico de Marx a toda prefiguración del comunismo que no se basara en el conocimiento científico del capitalismo, como un pensamiento utópico-dialéctico. Esto se comprueba en su idea de que la transición del capitalismo hacia la producción del espacio (moderno-capitalista) constituye la clave para el surgimiento de un nuevo modo de producción, y en última instancia, un nuevo espacio (y arquitectura):

Si es cierto que la producción del espacio se corresponde con un progreso de las fuerzas productivas (técnicas, conocimiento, dominación de la naturaleza), si por consiguiente, esta tendencia, llevada a su extremo (o dicho de otro modo, una vez franqueados ciertos límites), da lugar eventualmente a un nuevo modo de producción –que ya no sería el capitalismo de Estado, ni el socialismo de Estado, sino la gestión colectiva del espacio, la gestión social de la naturaleza, la superación de la contradicción naturaleza/antinaturaleza–, es obvio que ya no será posible hacer uso únicamente de las categorías “clásicas” -del pensamiento marxista. (Lefebvre, 2013, p. 158)

Si las bases de un nuevo espacio y arquitectura ya están presentes –en una forma alienada y fetichizada– dentro de la sociedad actual, entonces, se trata de ‘liberar’ ese potencial de la dominación de la división del trabajo y la propiedad privada capitalista. La tarea entonces, es descubrir en la producción actual de la arquitectura, en su práctica concreta, las semillas reprimidas de una nueva práctica arquitectónica, que será llamada a desafiar la producción capitalista del espacio y al mismo tiempo preparar el terreno para un nuevo espacio social, uno que no podrá fallar en transformar radicalmente las relaciones sociales, y viceversa.

 

Notas

[1] En su edición sobre “La producción del espacio”, Bo Grönlund (1993) conceptualiza dos transformaciones ontológicas del concepto de espacio en Lefebvre. La primera, conceptual, consiste en la triada de lo vivido, lo percibido y lo concebido, y la segunda, histórica, en el espacio absoluto, abstracto, y diferencial.

[2] He revisado estas teorías tempranas del espacio y su influencia en la teoría de la arquitectura moderna, ver (De Stefani 2009).

[3] Para una crítica desarrollada hacia este concepto de espacio desde la disciplina arquitectónica, ver (Morales 1969; Suárez 1986; Borchers 1968).

[4] Este circuito no debe ser confundido con aquel examinado por Marx en la Parte I del Volumen II de El Capital (capital dinerario, capital-mercancía, y los circuitos del capital productivo).

[5] Esta es la expansión de Marx sobre su modelo inicial del modo de producción capitalista (capital-trabajo) para incluir un tercer elemento, la tierra. La formula trinitaria comprende la tierra, el capital, y el trabajo. Lo que en su forma dineraria  corresponde a: renta, ganancia, y salario. Y en su forma de clase: terratenientes, burguesía, y proletariado. Ver (Marx, 2009, p. 1037)

[6] El tiempo de rotación del capital corresponde al tiempo de producción más el tiempo de circulación, ver (Harvey 1985, p. 36; Marx 1956, p. 90).

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Una respuesta a La Producción Social de la Arquitectura en Lefebvre

  1. Mario dijo:

    Hay que agradecer la publicación de esta ponencia, en primer lugar porque de otra manera jamás nos habríamos enterado de su contenido, y en segundo porque el desarrollo que hace de la teoría de «la producción social del espacio» de Henri Lefebvre deja ver las incongruencias de la misma. Lefebvre ha creído complementar y hasta actualizar a Marx, pero en realidad ni siquiera ha comprendido que la premisa de Marx no era una simple premisa lógica (es el mismo equívoco de Althusser). El error lefebvriano es evidente cuando supone que la realización de la filosofía consiste tan sólo en criticar radicalmente las categorías filosóficas. La crítica de todo lo existente de Marx, no es la crítica del conocimiento en tanto esfera autónoma, es la confrontación del mundo objetivo con las necesidades del hombre de carne y hueso, no con el hombre abstracto de la filosofía.

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